CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

Letras afines / LA MADRIGUERA

Por: Laidi Fernandez de Juan

12 de Enero de 2018

Letras afines /  LA MADRIGUERA

Por: Laidi Fernández de Juan

Del conocido narrador Milton Fornaro (Minas, Uruguay, 1947) nos llega una de las más apasionantes novelas que he tenido la oportunidad de leer en  los últimos años: La madriguera (Editorial Sudamericana Uruguay S.A.), cuya temática se basa en la vida de algunos judíos antes, durante, y después de la monstruosidad conocida como el Holocausto. La novela, meticulosamente elaborada, no deja nada al azar. Desde el título hasta en la última de las más de quinientas páginas que la conforman, Fornaro seleccionó el vocablo adecuado, el adjetivo preciso, sin descuidar  el más mínimo detalle.

El hecho de llamarse La madriguera da inicio al enfoque polisémico que no abandona la narración, siempre sostenida en la cuerda de determinada ambigüedad, con particular énfasis en los supuestos “buenos” de la historia. Ciertamente el cuento comienza con el descubrimiento de una madriguera, una cueva de ratas en el sótano de un edificio uruguayo, donde viven, entre otros inquilinos, el detective privado quien más tarde develará el misterio de una osamenta humana hallada por azar entre los nidos de roedores; familiares de un intrigante judío que sobrevivió de la peor manera posible a un campo de concentración, y alguna que otra mujer, inspiradora de sentimientos encontrados. Con puntería de relojero, el autor encabeza la obra con una cita de Primo Levi, el famoso escritor suicida, superviviente de Auschwitz: “Toda víctima (de los campos de concentración) debe ser compadecida, todo superviviente debe ser ayudado y compadecido, pero no siempre pueden ponerse como ejemplo sus conductas”.  De esta manera, comenzamos a adentrarnos en La madriguera con cierta suspicacia, la cual se incrementa poco a poco, hasta alcanzar la cima de una inmensa ola, cuyo rompimiento no llegamos nunca a presenciar, como si quedáramos suspendidos en una cresta diabólica. Luego de llevarnos por épocas disímiles (la actualidad, los momentos que antecedieron a la noche de los cristales rotos, lo peor de la segunda guerra mundial, la capitulación final, y el regreso al presente), Milton Fornaro comete la osadía literaria de solo permitirnos intuir el resultado de las investigaciones del detective, sin desmenuzarnos el cuento íntegro. No hace falta: los lectores, gracias a la destreza literaria del autor, sabemos quién, cuándo y de qué forma se llevó a cabo el asesinato de un joven en 1960, y los motivos de su enterramiento justo en el sótano del edificio en cuyo dintel comienza la novela. Como nota de particular intensidad y atractivo, aparece la captura en suelo argentino del asesino Eichmann, asi como su traslado clandestino hacia Israel, donde fuera juzgado y sentenciado a muerte. La acción de la captura, por manos de agentes del Mosad (exceptuando al personaje ausente-presente de la historia ficcionada, son reales los nombres, los personajes, los apodos, las funciones otorgadas a cada uno de los integrantes del comando de la llamada Operación Garibaldi, que consistió en la captura en 1960 de uno de los mayores criminales de guerra nazi), y que trajo duras consecuencias en Argentina y en Montevideo, no es aprovechada por Fornaro como elemento efectista, sino que encaja perfectamente con aquello que verdaderamente quiere contarnos, y que tiene relación directa con la despiadada condición humana.

Sin dicha anécdota, no hubiera sido posible el desencadenamiento del resto de los hechos, ni hubiera quedado oculta durante varias décadas la ausencia del joven cuyos huesos fueron a parar al sótano de una antigua casa de apartamentos de Montevideo. En más de un sentido, la novela es ejemplar, y sostengo la importancia innegable que representó para la justicia universal el apresamiento de un ser tan repugnante como Eichmann, y que Fornaro supo utilizar con precisión milimétrica, sin que se le fuera de las manos el objetivo primordial que lo compulsó a escribir La madriguera. La imagen del judío siempre sufriente, abusado y virginal, se empaña con aquello que ya Primo Levi había adelantado en sus dolorosísimos recuerdos. “No salimos mejores”, confesó una vez. Lejos de disminuir el sufrimiento de ese pueblo, el autor de esta novela humaniza a sus hijos, revierte la condición de mártires exclusivos entre ellos, para mostrarnos las debilidades correspondientes a todo género humano. Por la revelación de la historia, por la magistralidad de su hechura, y por la amena (a ratos incluso divertida) lectura que nos proporciona, La madriguera debe estar al alcance del público cubano. Esperemos que la probada generosidad de Milton Fornaro, y el interés de alguna editorial cubana (¿Arte y Literatura?) se conjuguen, y se logre la publicación en Cuba, para deleite de nuestro acervo cultural. Por lo pronto, vayan mi gratitud y mi admiración hacia tan exquisito narrador uruguayo.

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