CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

LETRAS AFINES/ POEMA A OTRO PABLO

Por: Laidi Fernandez de Juan

27 de Agosto de 2019

Por: Laidi Fernández de Juan

Hace más de medio siglo, moría en La Habana Pablo Hernández Balaguer con apenas treinta y ocho años de edad. Íntimo amigo de dos hermanos que vivían en su misma cuadra viboreña, llegó a ser un importante musicólogo, y en 1959 fue nombrado director del Archivo de Música de Oriente, en Santiago de Cuba, ciudad en la que había iniciado en 1956 sus investigaciones sobre la vida y la obra de Esteban SalasCratilio Guerra y Pedro Boudet, todos maestros de la Capilla de Música de la Catedral santiaguera, así como en torno a Laureano Fuentes MatonsSilvano Boudet y José Bisbé. Los hermanos a los que aludí se llamaban José Manuel y Roberto Fernández Retamar. El segundo de ellos dedicó a Pablo el poema que a continuación reproduzco, con el único propósito de honrar la memoria de ambos. Y porque me parece injusto que casi nadie recuerde al musicólogo cubano, quien además de legar sus estudios, llegó a componer varias obras: Lied, (para voz y piano), Madrigal, (para coro), Pastoral, (para piano), Divertimento, y Elegía, inspirada en la figura de Frank País.

 El privilegio de mirar morir

 

A la memoria de Pablo Hernández Balaguer

La amistad era pues esto.

Los sellos intercambiados, las bolas de vidrio

Pertenecientes a los dos, las peleas

Que uno podía pelear por el otro,

El descubrimiento luego de un libro solo para recitarlo

A quien había dado con un cuarteto

O una religión asiática;

Y las caminatas por el barrio, de noche,

Las conversaciones sobre aquella escalera abandonada,

El sentimiento confuso de vivir en un país lateral

Donde no habían nacido Leonardo ni San Juan;

Y la sobresaltada puta primera,

El olor de algunas calles olvidables,

El sueño de algo mejor, los letreros escritos entre dos policías,

Los periódicos vendidos, la custodia del local de la Juventud;

Y el establecimiento de un alfabeto privado

Hecho de cejas, muecas, encogeduras de hombros

Que bastaban para desencadenar la carcajada:

Todo eso era pues para tener el privilegio

De ser quien apretara la mano en la arrugada cama de hospital

Donde uno de los dos boquea intentando sonreír.

 

Roberto Fernández Retamar.

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