CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

“LO QUE, VERDADERAMENTE, NOS SALVA ES LA CREACIóN”

Por: Estrella Diaz

5 de Marzo de 2021

Por Estrella Díaz

Queremos celebrar la vida: este 4 de marzo cumplió sesenta años y cuarenta y uno de ellos dedicado a la canción, Rita del Prado, trovadora que nos ha acompañado en estas más de dos décadas de duro trabajo en el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. La recuerdo en muchas, ¡muchísimas presentaciones!, en el patio de la institución, cantando acompañada de su guitarra y de otros músicos que, también, forman parte de esta suerte de “cofradía centropabliana”.

Pero Rita -en vez de nosotros regalarle- nos ha hecho una formidable canción: Tiempo de yagrumas, que es pretexto para acercarnos a su vida y obra y, sobre todo, a su futuro como creadora.

¿Por qué Tiempo de yagrumas?

Es la primera canción que nace en este extraño 2021, en medio de la pandemia. Muchas de las personas que conocen el Patio de las yagrumas, así llamado, justamente, por la presencia de esos míticos árboles, recordarán que en todos los conciertos han sido una especie de acompañantes silenciosas que lo mismo propician el trino de los pájaros, que la caída de las hojas, que la sombra y que daban un color especial a las tardes…  Al regresar de una larga estancia en Colombia, me llegué al Centro Pablo y al ver que ya no están las yagrumas me sorprendí, pero me explicaron que estaba peligrando el espacio físico y no hubo más remedio que retirarlas. Debo de confesar que me generó un poco de melancolía, pero me pareció que, por un lado, no se le puede ceder demasiado espacio a la melancolía y, por otro lado, hay que agradecer que estuvieron y, sobre todo, que la esencia del Centro Pablo no ha cambiado –con independencia de la pandemia y de que ya no están las yagrumas y que el paisaje ha variado. Las cosas están en una espiral de la vida y cambian y ascienden y cierran un ciclo y comienza otro.

Eres psicóloga de profesión, ¿cómo llegas a la canción?

La canción estuvo siempre y desde la adolescencia me acerqué a la guitarra. Mi padre, que era pediatra, también era un “trovadicto” y se rodeaba de cantores: era muy amigo de Carlos Puebla –de hecho era el médico de su hija- y  había otros compositores con esa estética trovadoresca que no eran muy conocidos porque tenían otros oficios –algo habitual entre los trovadores -, pero tenían una obra bellísima.  A mí nunca me fue ajena la trova, el cantar en los patios, en los portales… esa actitud maravillosa que me ha acompañado toda la vida: ese sonido en vivo, íntimo, compartido… en ese contexto mi padre compró una guitarra terrible que, creo, le costó ¡cinco pesos cubanos! y que tenía una sonoridad muy pobre. Aún hoy me pregunto cómo pude con esa guitarra dar mis primeros pasos.

Pero, ¿quién te enseño a tocar el instrumento?

Me acerqué de manera empírica. Primero por imitación observando a Silvio Rodríguez, que ha sido mi gran referente. Mientras que otras niñas imitaban a Rita Pavone y otras cantantes de moda –estamos hablando de los años sesenta- yo imitaba lo que recordaba. No olvido el documental del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, de Santiago Álvarez, en que Silvio canta desde una azotea… a mí esa imagen me impactó al igual que el tipo de canción que hacía… cuando aquello tendría unos nueve o diez años.

En aquel momento, alguien me enseñó un par de acordes, pero en realidad la guitarra ha sido un aprendizaje autodidacta. Estudié -ya en la adultez cuando consideré la música como mi camino profesional- en el Conservatorio Fernando Carnicer que funcionaba en la noche en la sede del Conservatorio Alejando García Caturla.

Hice un nivel elemental de clarinete, instrumento que nunca más ejecuté. Eso fue a finales de los ochenta e inicio de los noventa. Después tuve la gran suerte –algo que siempre agradeceré- de recibir unas clases maravillosas, una tutoría, de parte de la musicóloga, arpista, pianista y pedagoga María de los Ángeles Córdova, que es una de las personas con más conocimientos musicales de nuestro país. Ella fue quien me dijo: “¿Que tú haces estudiando clarinete? Tu concepto del sonido tiene más que ver con la guitarra”. Esa fue una de las grandes enseñanzas que me trasmitió. Y comenzó a darme clases. Me le aparecía en el ISA, el Instituto Superior de Arte, donde ella imparte clases y en los breves raticos libres que ella tenía, me reforzaba elementos de la armonía y el piano complementario. Esa ha sido la enseñanza.

La guarandinga por toda Cuba, fue un proyecto que te ha dado muchas satisfacciones…

La guarandinga ya tiene quince años y fue un proyecto compartido con el dúo Karma, integrado por Xóchitl Galán y Fito Hernández. La idea de la guarandinga es defender la identidad cultural cubana de manera divertida. Fue un proyecto que tuvo un largo momento de esplendor que incluyó varias giras, un Gran Premio Cubadisco, una peña y mucha presencia en los medios… Sin duda, ha sido un punto de giro muy importante en nuestras carreras.

Se te conoce mucho por tu trabajo relacionado con la música infantil, sin embargo tienes una línea dedicada a la canción para adultos… el CD Hebra de mar, es un excelente ejemplo.

Mi trabajo para la canción adulta comenzó primero. Desde mis tiempos de estudiante de sicología, cuando era parte del movimiento de aficionados de la FEU, la Federación Estudiantil Universitaria, comencé a componer para las obras de teatro que se montaban en la Facultad.

Eran los 80 y yo tenía unos diecinueve años y ese fue el momento en que empecé a hacer canciones con diversas temáticas, de pareja, canciones sociales, de dudas existenciales… y así me mantuve unos diez años sin abrir esa puerta de la canción infantil. En los noventa es que mi trabajo se proyecta como cantora de música infantil.

Aunque, ciertamente, se me vincula con la canción infantil, siempre me ha acompañado la creación de música para la vida adulta. Hebra de mar, lo grabé de manera independiente en Colombia, en el año 2006, reúne temas de distintas épocas porque habían muchas canciones que estaban pendientes de grabar y porque las oportunidades que aparecían eran para la canción infantil y éstas se iban como quedando.

Desde hace años mantienes una relación estrecha de trabajo en Colombia. Me viene a la mente ahora el tema Raspadura y panela. Cuéntanos que tienes en planes luego que salgamos de esta pandemia que azota hoy al mundo…

Raspadura y panela es el título de una canción –que es una especie de diccionario cubano-colombiano- a partir de mi identificación cultural con ese país. Siempre digo que Colombia es mi hogar paralelo. Y también, Raspadura y panela fue el nombre que le di a una obra de teatro que compartió el grupo infantil de teatro La Colmenita, de Cuba, con Cantoalegre, que es la Corporación de Investigación, Montaje y Educación Musical con la que tengo lazos desde hace muchos años, en Medellín.

Ligado a Cantoalegre está, también, otra institución que se llama Fundación Integrar de Medellín que trabaja con niños y jóvenes con la condición del trastorno del espectro del autismo. Ambas instituciones están muy ligadas porque todos los años se monta una obra de teatro con un equipo multidisciplinario en el que participan estudiantes de música de Cantoalegre, actores profesionales, gente de teatro y terapeutas. Mi desempeño en este proyecto es escribir el libreto y hacer la música. Es un trabajo precioso y que me encanta, sobre todo, por la humanidad que encierra.

Sé que Teresita Fernández y tú tuvieron una relación particularmente especial, ¿cómo evocas a esa grande de la canción infantil cubana y latinoamericana?

A Tere la conocí como parte del público de niños cubanos. Y siempre me llamó la atención su peculiar manera de cantar, la simpatía de sus personajes. Cuando era niña existía un programa de radio que ponía canciones de Teresita, de María Elena Walsh y de Gabilondo Soler: y esos fueron mis primeros grandes referentes.

Con el transcurso del tiempo me fui acercando al público que acudía a las peñas y presentaciones de Teresita, hasta un buen día que coincidimos en una feria que se realizaba en san José de las Lajas: compartimos escenarios por primera vez. De ahí, surgió una amistad caracterizada por mucha empatía. Ella nunca se mostró como una figura en otro nivel, alejada, que tuviera la última palabra. No, siempre me trató como de igual a igual. Recuerdo que en esa ocasión descubrí su manera de comunicarse con las personas, de su calidez con la gente de San José, sitio al que había ido otras tantas veces y en el que era muy querida. Ese día nació una amistad muy peculiar.

Tuve la gran fortuna de poderla visitar en su casa de la calle Clavel, antes de que se mudara para el edificio de Infanta y Manglar donde vivió hasta su fallecimiento. Su casa de Clavel era emblemática porque allí estaba la palangana vieja y el coralillo, que fueron motivos de sus más conocidas canciones. Me di cuenta que para Tere no había fronteras entre la vida y la obra.

Habaneros del Prado, es tu más reciente proyecto, aún en crecimiento. Cuéntame.  

Esto fue una de las tantas deudas que tenía con La Habana: quería hacerle varias canciones y no una sola porque cada vez me inspira más esta ciudad. Tengo una raíz muy profunda con la Habana, con independencia de mi vocación de vuelo, que es incurable.

Mi hermano, que es arquitecto de profesión y que trabaja en la Empresa Restaura de la Oficina del Historiador de la Habana, tiene un vasto conocimiento de la Habana patrimonial y de la Habana en general. Cuando se acercaba el Aniversario 500 de la fundación de la villa de san Cristóbal de La Habana, le propuse unir nuestras miradas en una especie de conferencia concierto en la que cada uno aportara sus saberes, sus fortalezas: el objetivo era hacerle un regalo a la ciudad.

Así nació Habaneros del Prado que incluye trece canciones y que, afortunadamente, fue elegido por la Fundación SGAE, en su convocatoria de 2019 para recibir ayudas a la creación de músicas populares. Eso me permitió poder investigar sobre muchos de los secretos y de la historia de La Habana.

Es un proyecto didáctico. Tuve la suerte de  asistir a una de las pocas veces que se realizó y fue en diciembre de 2019 aquí, en el Centro Pablo. Tu hermano, como arquitecto va desandando la ciudad y tú te inspiraste en diversos lugares de La Habana vieja y compusiste temas, específicamente a esos lugares…

Él asegura que “cuenta la historia de La Habana que está escrita en las piedras”, es decir, la historia de las construcciones, los espacios urbanos, y yo lo que voy buscando son historias humanas que están detrás de las piedras, detrás de las construcciones, ligadas a los espacios urbanos. A veces son historias desgarradoras, otras simpáticas porque la historia de La Habana ha sido, también, mágica y repleta de anécdotas y leyendas.

Decías que Habaneros del Prado ya tiene trece temas, ¿continuará creciendo?

Por supuesto, es infinito. Lo que sucede es que había que hacer un primer cierre y esos temas son los que se incluirán en el disco Habaneros del Prado. Lo más importante es continuar creando pase lo que pase. Ahora enfrentamos la pandemia, pero antes –en los noventa- tuvimos un período especial que fue muy duro para todos los cubanos. Lo que, verdaderamente nos salva, es la creación.

 

 

 

 

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