LOS ABANICOS DE LA LOYNAZ

Por: Centro Pablo

4 de Enero de 2018

Trazados en el mapa / LOS ABANICOS DE LA LOYNAZ

Por: Isabel Cristina López Hamze

Hace unos días fui al Museo de Artes Decorativas, antigua casa de María Luisa Gómez-Mena, Condesa de Revilla de Camargo. La visita al lugar me abrió un montón de puertas a sitios desconocidos. Indagué en la familia Gómez-Mena y en el origen de su riqueza en el contrabando y la trata de esclavos. Recordé entonces una de mis novelas favoritas: Pedro Blanco el Negrero, de Lino Novás Calvo y se la conté en versión exprés a los amigos que andaban conmigo. Les dije que me gustaba mucho más que El siglo de las luces, y que, pese a la furia de los carpenterianos, yo prefería a Lino, antes que a Alejo.

Siguiendo el rastro del hermano de la Condesa y los hombres de la familia, encontré una referencia al libro Los propietarios de Cuba 1958 y fui tras él. Me costó 250 pesos que, por azares de la historia, me los habían regalado ese mismo día. También fui a la Manzana de Gómez, propiedad de esa familia y mis amigos, fascinados con la historia, me invitaron a un capuchino en el recién inaugurado superhotel.

Esos fueron los cruces que me facilitó la visita al museo con la historia, el comercio y la gastronomía. Pero lo más emocionante de la casa de 17 y E, en el Vedado, fue la colección de abanicos de Dulce María Loynaz.

Abanicos de todas las formas y colores. Abanicos de oro y plata, de perlas, de conchanacar, de madera, de papel, de plumas, de coral, de telas y texturas magníficas. Abanicos remotos, testigos de amores antiquísimos. ¿Cuántas miradas de expresiones innombrables se habrán asomado sobre ellos? ¿Cuántos gestos maravillosos habrán ocultado elegantemente sus finísimos dibujos? ¿Cuántas manos habrán danzado con sus hermosas filigranas?

Hacía días que nada me emocionaba tanto. Yo suelo conmoverme, asombrarme, emocionarme con muchas cosas. Unas veces con cosas feas, tristes, injustas, otras veces con cosas bellas, placenteras. Los abanicos de Dulce, me recordaron sus poemas, su Fe de Vida, su Jardín, pero me conmovió en primer lugar la imagen, más allá de las posibles conexiones intelectuales. Fue una especie placer visual, un llanto silencioso provocado por abanicos tras un cristal. Abanicos que parecían pajarillos presos, y así, tan hermosos, pero inalcanzables como se veían, se parecían un poco a mis sueños y a este poema de Dulce María:

Pajarillos de jaula me van pareciendo a mí misma mis sueños. Si los suelto, perecen o regresan. Y es que el grano y el cielo hay que ganarlos; pero el grano es demasiado pequeño y el cielo es demasiado grande…, y las alas, como los pies, también se cansan.

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