CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

Los ecos de una noche que duró doce años

Por: Erian Peña Pupo

2 de Marzo de 2021

Con esta primera colaboración del periodista Erian Pupo Peña, inauguramos un espacio de reflexión creativa en torno al cine latinoamericano y caribeño. El Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau desde su creación en 1996 se ha destacado en diversas labores artísticas incluyendo el séptimo arte, con la producción de más de diez documentales y la publicación de varios importantes libros sobre el cine cubano. La vocación de apoyo a la expresión testimonial y la relación de hermandad con la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL) son testigos de la colaboración de la institución al mundo del cine al igual que la participación en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano como jurado del Premio documental Memoria. Sirve esta nueva sección también como saludo a la reciente convocatoria de la Cátedra de Cine Latinoamericano y Caribeño de la FNCL y la Universidad de las Artes (ISA) con vistas a la primera Maestría en Cine Latinoamericano y Caribeño.

Erian Peña Pupo (Holguín, Cuba, 29 de noviembre de 1992).

Poeta, narrador, ensayista, crítico de arte y periodista. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Holguín. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) y de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica (ACPC). Graduado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Trabaja como periodista del Centro de Comunicación Cultural La Luz, de la Dirección Provincial de Cultura deHolguín; especialista en Comunicación del Consejo Provincial de las Artes Escénicas de Holguín, y profesor de la Universidad de las Artes-ISA, filial
Holguín.

Su ensayo “La mirada cubana de Henri Cartier Bresson” obtuvo el IV Premio de estudios e investigaciones Casa Víctor Hugo 2018-2019, auspiciado por la Casa Víctor Hugo de La Habana, la asociación Cuba Cooperación Francia y la Oficina del Historiador de la Ciudad, por el 500 aniversario de La Habana (publicado en el libro La Habana, puerto de paz. Puerta abierta al conocimiento y su difusión, por la editorial francesa L ´Harmattan. Tiene publicado el poemario Puertas para huir de la casa (Ediciones Santiago, 2015) y en proceso de edición Nomeolvides (infantil, Ediciones Luminaria) y Palabras de canje (poesía, Ediciones La Luz). Aparece en las antologías: Leer seduce (Ediciones La Luz, Holguín, 2015); Luz sin estribos: 35 poetas colombianos/35 poetas cubanos nacidos a partir de 1980 (Nuevas Voces Editores, Colombia, 2019); Impertinencia de las dípteras (Ediciones Exodus, Estados Unidos, 2019), y Post Judas. Antología de Poesía joven cubano-mexicana (Proyecto Literal, México, 2020).

Entre sus principales premios (tanto en investigación y ensayo como en narrativa y poesía) se encuentran los siguientes: Premio Literario Casatintas 2019 (Sancti Spíritus); Premio Cuentos Fríos (Uneac, Matanzas, 2018); Premio “Rosa del Desierto”, 2017 (Literatura infantil, España-Cuba); II Premio del XV Concurso de Ensayo “Viña Joven” (Santiago de Cuba, 2017); Premio Juegos Florales, Santiago de Cuba, 2014; Premio Memoria Nuestra 2014, Romerías de Mayo XXI; Premio Nuevas Voces de la Poesía (Holguín, 2014); Primer Premio del Concurso Nacional de Periodismo “Manolito Carbonell” (revista Alma Mater, 2016).

LOS ECOS DE UNA NOCHE QUE DURÓ DOCE AÑOS

Por Erian Pupo Peña

Y si este fuera mi último poema,

insumiso y triste,

raído pero entero,

tan solo una palabra escribiría:

compañero.

Mauricio Rosencof

El año 1973 marcó para Uruguay el inicio de “un vasto campo de tortura”, aseguró el escritor Eduardo Galeano. Con el golpe de estado, la dictadura cívico-militar, una de las más severas en la historia de América Latina, se extendió hasta febrero de 1985 y con ella un período en el cual el país estuvo marcado por la prohibición de los partidos políticos, la ilegalización de los sindicatos y varios medios de prensa, y la persecución, encarcelamiento y asesinato de opositores al régimen. Entre ellos, los dirigentes del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), conocidos como Tupamaros, en honor de Túpac Amaru, el líder andino que dirigió la rebelión indígena más importante en contra del imperio español en 1780; una guerrilla urbana de izquierda radical existente en el país en los años 1960 y principios de los 70, integrada luego a la coalición política Frente Amplio en 1989.

Los dirigentes tupamaros Raúl Sendic, Eleuterio Fernández Huidobro, Mauricio Rosencof, José Mujica, Adolfo Wasem, Julio Marenales, Henry Engler, Jorge Manera y Jorge Zabalza fueron apresados en calidad de rehenes y trofeos de guerra durante el tiempo que duró la dictadura militar. Recluidos en condiciones infrahumanas de continua tortura, en casi total incomunicación (comprobadas posteriormente por organismos como la Cruz Roja Internacional) y bajo la amenaza de ejecutarlos si alguna acción del MLN-T, cualquiera que esta fuera, tenía lugar, vivieron doce años que se extendieron como una larga y silenciosa noche.

Precisamente el director uruguayo radicado en España Álvaro Brechner (Mal día para pescar, 2009; Mr. Kaplan, 2014) basó su tercer largometraje, La noche de 12 años (España, Argentina, Uruguay y Francia, 2018) en Memorias de un calabozo, libro escrito por Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández “Ñato” Huidobro, que relata las crudas experiencias del encierro vividas junto a Pepe Mujica, quien, luego de una amplia carrera política y con 75 años, fue presidente de la República Oriental del Uruguay entre 2010 y 2015.

El tema –sobre todo después de la embestidura de Mujica y la admiración que provocó su figura y su gestión presidencial en medio mundo; y aquí cabe destacar el documental de 2018 de Emir Kusturica El Pepe, una vida suprema– se prestaba con facilidad a la adaptación al cine, si bien es cierto que el efectismo y el aire ideologizante que poseen producciones de este tipo podría provocarnos cierta incertidumbre respecto al resultado final. Todo lo contrario ha ocurrido con el filme de Brechner, aplaudido en el Festival Internacional de Cine de Venecia y en el Festival de Cine de San Sebastián, y premiado en diferentes apartados (destaca casi siempre el de Mejor guion adaptado) en múltiples citas dedicadas al séptimo arte: el Goya, los Premios del Cine Europeo, el Festival Internacional de Cine de El Cairo, los premios Sur de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de Argentina, los de la Academia Brasileña de Cine, el Ariel en México a Mejor película Iberoamericana, en Huelva, Thesaloniki, Biarritz, Amiens, Friburgo, los de la Asociación de Críticos de Cine del Uruguay y, entre otros, en el Festival de Cine de La Habana, donde obtuvo Mejor sonido y Mejor montaje, el Glauber Rocha y el otorgado por Casa de las Américas.

En esto influye que la película es capaz de distanciarse del contenido panfletario para enfrentarse directamente al potente drama del encierro y la soledad. De la sobrevivencia y la esperanza. Del miedo y la vida. Es decir: La noche de 12 años es un filme político, si lo vemos desde el punto que aborda las memorias de prisioneros políticos en un momento de la historia de un país y un continente en donde esta lo permeaba todo, pero no está politizada. Más bien está atravesada por un matiz humanista que hace al tema universal siempre.

Brechnner aprovecha los espacios vacíos de las celdas –agónicos, estrechos, misérrimos– para realizar un ejercicio casi minimalista, que hace que el protagonismo resida en el lucimiento interpretativo de su reparto. Son precisamente las actuaciones las que nos proveen de una radiografía del enfrentamiento a la deshumanización. Antonio de la Torre es capaz de transfigurarse en un Pepe Mujica al borde de la locura en más de una ocasión, pero al que no pudieron doblegar. De la misma manera Alfonso Tort (Ñato) y Chino Darín (Rosencof) desbordan una credibilidad que se torna magnética y capaz de hacernos sino partícipes, al menos testigos de la larga lista de horrores que sacudió la libertad en el continente bajo la bota militar. Tal como ha reconocido De la Torre, Brechnner se interesó por la improvisación de los actores, sobreponiendo el talento interpretativo a la exploración técnica, a la búsqueda de matices y capacidades, lo que ayudó a reforzar el apartado rítmico y dramatúrgico de la cinta, que podía quedar desbalanceada ante la dificultad de mantener en vilo al espectador en una obra donde el silencio juega un papel clave.

Este juego de contrastes –la locura y la soledad y el asombroso espíritu de lucha– parece ser el tema central de una película que inicia con la detención y finaliza con la liberación de los presos políticos en 1985, aunque realiza varios flashbacks al pasado: cómo sus protagonistas son despojados de su humanidad y aun así, entre torturas y cambios constantes de sitio, entre el silencio, el miedo, la duda y la incomunicación, son capaces de no perder el fuego tenue pero persistente de la esperanza, y buscar alternativas, vías, para vivir (incluso el primer castigo al llegar, en busca de cierta animalización, es que nadie les hable).

Despojados no solo de las necesidades físicas más básicas, sino también de sus condicionantes sociales fundamentales, Ñato, Mujica y Rosencof serán puestos al límite una y otra vez. En estas situaciones fronterizas entre la locura y la realizad, Brechnner parece decirnos que el mensaje La noche de 12 años es eminentemente idealista y combativo. “Triunfar no es tener plata, es levantarse cada vez que uno cae”, dijo Pepe Mujica.

Por otra parte, Álvaro Brechnner aleja su narración del análisis contextual y sociopolítico; el país es la causa, es cierto, pero prefiere enfocarse en las personas, en estos héroes hoy no tan anónimos, pero sí ejemplos de miles que vivieron encierros, torturas y desaparición en el Cono Sur, en América. Lo fundamental de La noche de 12 años no radica tanto en el reflejo político de un momento o una lucha, como la de los Tupamaros, sino un espíritu de resistencia. Pues la cinta encarna una necesidad incluso más universal: Nunca hay que rendirse, nunca hay que dejar de luchar. Los únicos derrotados son los que bajan los brazos.

 

 

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