CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

Los olvidados del Plan Cóndor

Por: Erian Peña Pupo

29 de Septiembre de 2021

Por Erian Peña Pupo

Las estadísticas relacionadas con la Operación o Plan Cóndor –que unió en la coordinación de acciones y apoyo a las cúpulas militares de Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y esporádicamente, Perú, Colombia, Venezuela y Ecuador, con participación de los Estados Unidos, sobre todo en las décadas de 1970 y 1980– mencionan unas 50 mil personas asesinadas, 30 mil desaparecidos y más de 400 mil en prisión.

Con la mano de la CIA en los años de la Guerra Fría –incluso Henry Kissinger ha sido señalado como su autor e ideólogo–, las fronteras entre los países del Cono Sur dejaron de existir mediante este tratado secreto que permitía a los organismos de represión –las fuerzas militares junto a los grupos paramilitares de torturadores y asesinos– de las dictaduras de Augusto Pinochet (el articulador del plan), Hugo Banzer Suárez (Bolivia), Jorge Rafael Videla (Argentina), Alfredo Stroessner (Paraguay), Gregorio Álvarez (Uruguay) y João Baptista Figueredo (Brasil) moverse libremente en la zona.

El saldo en el tejido social del continente es inabarcable y empequeñece las cifras. El Plan reguló la vigilancia y detención, los interrogatorios y las torturas, los traslados y la desaparición y asesinato de aquellos, mayormente miembros de movimientos de izquierda con ideas socialistas, a quienes los militares catalogaban de subversivos. Los vuelos de la muerte, que transportaban a los prisioneros muchas veces drogados, para lanzarlos a los Andes o al Pacífico, oscurecían el cielo del Cono Sur enlutando la memoria.

Precisamente ese afán reivindicativo movió la realización de Olvidados, filme boliviano de 2013 dirigido por el mexicano Carlos Bolado y protagonizado por Damián Alcázar, Rafael Ferro y Carla Ortiz, quien la produjo y participó en el guion de esta candidatura de Bolivia, un país cuya filmografía no siempre conocemos, a los Premios Oscar de ese año.

La sinopsis es sencilla: José Mendieta –interpretado por un Damián Alcázar a quien el maquillaje, ya cuando anciano, no le queda para nada bien– es un general boliviano retirado, que después de sufrir un infarto y vivir atormentado por los recuerdos y un pasado que insiste en regresar de modo incriminatorio, decide contar a su único hijo, residente en los Estados Unidos, los secretos de su participación en el terrible Plan Cóndor.

Pero más allá de su necesaria intensión de denuncia, o precisamente por ella, Olvidados –cuyo nombre nos remite, con similar sentido de acusación, de defensa a los marginados, a los más oprimidos del sistema, al clásico mexicano de Luis Buñuel, de 1950– peca por excesos, digamos que por demasía y falta de contención. El uso de imágenes de archivo al inicio del filme, la articulación entre tiempos y espacios, donde confluyen pasado (los años 70) y presente (la Bolivia contemporánea) nos recalcan que “estas historias viajan por el continente, de un país a otro: ágiles y serviles, las imágenes ilustran el flujo y la consolidación de acuerdos, poderes y personas que sostuvieron el Plan Cóndor. La didáctica de este planteamiento es deducible e, incluso, aburrida: la idea parece ubicar al espectador en un terreno distante a la realidad que ve en pantalla y, de esta manera, presentar la trama sin cargas subjetivas que participen en la comprensión de las imágenes y las interfieran”, escribió Mari Carmen Molina.

Más allá del activismo (“¿Te atreves a recordar?” fue el eslogan con que se promocionó en cines bolivianos) y de la búsqueda de un renacimiento del cine nacional (como insistieron sus productores), Olvidados vuelve sobre un tema que sigue llagando la región, más cuando muchos de estos militares fallecieron sin condenas en la tranquilidad de sus casas. Aunque el personaje central del filme, sobre el que se sostiene el punto de vista, es el militar perseguido por sus crímenes (como vimos en otra película reciente: La llorona, de Jairo Bustamante). ¿El paso del tiempo lo ha hecho cavilar? ¿O no hay remordimiento –rara vez lo vemos vacilar cuando tortura o asesina, frente a la picana eléctrica, al dar la orden de fusilamiento, o al disparar a una mujer–, sino miedo a morirse sin contar el secreto, el de la verdadera paternidad, al hijo? (quizá el acto de salvación de la madre sea ese único atisbo de bondad). ¿Tenemos que creer que esta confesión, ese punto de vista en el filme, es el único? Por otro lado, está Lucía, la esposa embarazada de un periodista europeo relacionado con los grupos opositores socialistas, no una opositora en sí. Su mirada es lateral y esa ojeada ambigua conviene para la preservación del enfoque que busca la trama: En uno de los diálogos, en prisión, ella llega a comparar la criminalidad del régimen militar con la radicalidad de la oposición y la lucha por una utopía que solo les ha traído muerte. Incluso conocemos los detalles del Plan Cóndor, las maniobras de los militares, los culpables formados en la Escuela de las Américas, en Panamá, bajo la asesoría estadounidense, pero se nos escapan los movimientos sociales que reprimían, sus programas, objetivos… Sus miembros se nos presentan como rostros, cuerpos torturados que no se doblegan, piezas de un puzzle que no llegamos, no se nos deja, armar.

Por otra parte, la pretensión de fidelidad histórica encuentra una desafortunada ruta en la victimización constante, la cual es cierta, incluso fue peor; en la búsqueda del realismo de las secuencias que muestran las torturas que sufrieron los secuestrados y desaparecidos. Violencia y sangre excesivas, en atropello, en imágenes repetitivas que se agolpan (y golpean) en la pantalla, como si a mayor cantidad de golpes y sangre, mayor fuera la veracidad histórica de los sucesos que insiste en recordar, sobre todo a la sociedad y la juventud boliviana, que olvida o ve lejanos sucesos que ocurrieron hace apenas unas décadas. Olvidados se pertrecha de la intención de conocer el pasado para no volver a repetirlo… Pero cuando la violencia es, de alguna manera, gratuita y no restaurativa, cuando su realismo no responde a la condena sino al afán de la seducción del espectáculo, en “rescatar” el cine nacional llenando sus salas de espectadores (“¿Te atreves a recordar?”), el filme más que un alegato de denuncia, más que una obra de arte, se torna acto monocorde, una sinfonía que, por agotamiento, pierde. Incluso para muchos en Bolivia, Olvidados ha sido una forma de relativizar la injusticia y criminalidad de los hechos ocurridos durante el Plan Cóndor, a favor de quienes asesinaron impunemente y violentaron la realidad diaria en América Latina. Aunque no creo que sea del todo así, queda demostrado una vez más que las buenas intenciones, los deseos de denuncia explícita, no bastan a la hora de realizar un filme.

Lo mejor: Carlos Bolado (Colosio, el asesinato, 2012, y Tlatelolco, verano del 68, 2013) dirigió un elenco multinacional y contó con una producción para nada modesta, que le permitió recrear el contexto de los sucesos, buscando con ello resarcir o intentar que no se olvide un momento trágico de América Latina, que sigue lacerando. Es un filme que, sin exigirle demasiado, sirve para meditar, para recordar lo que a la vuelta de la esquina hemos vivido traumáticamente como región. La fotografía de Ernesto Fernández Tellería aporta también otro de los logros de un filme pretensioso desde su idea. Como detalle: “Ojalá” de Silvio Rodríguez en la reunión de amigos antes que los secuestren.

Lo peor: Los riesgos del tono panfletario o explícitamente denunciante, que hace que dediquen una buena parte del filme a reconstruir las torturas y los encierros en condiciones infrahumanas, al extremo de hacerlas redundantes y que rocen el regodeo, sin profundizar en más de una cuestión. Ese afán de “hacernos ver” para no repetir, y si no vemos, obligarnos a hacerlo, corre el riesgo de que tanto dolor, craso error, quede en la epidermis. Un guion donde los diálogos muchas veces se caen. Algunos momentos: las escasas cuatro o cinco hojas donde el militar anciano escribe la historia y que no son verosímiles para un relato tan largo, como tampoco la escena traída por los aires del diálogo del funcionario de inmigración en el aeropuerto de La Paz con el hijo ausente por años (al parecer las relaciones eran un poco distantes), que regresa al saber que el padre está moribundo en el hospital. Y una tendencia marcada a interpretar los personajes con el melodramatismo y el falsete de las telenovelas mexicanas que nos hacen pensar en un aire edulcorado, ausente de color. Quizá todo se resuma en las pretensiones, el guion, las formas de lograrlo y sobre todo el tono general.

COMENTARIOS

COVIDIANAS

EL REGRESO DEL JOVEN PABLO

BIBLIOTECA PABLO

PABLO Y NOSOTROS

LA MEMORIA DE VUELTA

LA CARABINA DE AMBROSIO

PALABRA VIVA

CONVERSANDO EN TIEMPOS DE …

BRUJAS : PROYECTO CULTURAL FEMINISTA

PODCAST

https://www.spreaker.com/show/al-oido