CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

LOS SILENCIOS QUE NO MERECEMOS

Por: Centro Pablo

11 de Octubre de 2019

Por Raúl Escalona Abella, estudiante de cuarto año de Periodismo.

Ser niño es de cierta forma ser feliz. La mirada retraída, los pies desnudos que juegan con las yerbas del Parque Tulipán, y las parten con sus carreras, y las aplanan con la pelota de básquet descosida que se trasviste sin quererlo para jugar al fútbol de la manera más loca posible: sin equipos y sin porterías. Les gritábamos que se organizaran, que eligieran equipos, pero no lo hacían, preferían el caos. Luego entendí: la idea no era ganar, sino tumbarse, arrebatarse el balón, jugar. Inmediatamente me sentí un poco viejo, ya me demoro más en entender a los niños.

Silvio prueba el audio y ella gira a la par. Sus moños de pequeña vuelan al aire y depuran la libertad del ambiente. Silvio canta brevemente «la tatagua, la tatagua, la señora» y ella, quizás sin comprender la letra, siente en las cuerdas detenidas la explosión absoluta de su imaginación pueril, de su mundo girante, de sus pies descalzos, de su libertad infinita, su libertad feliz. Sus silencios cesaban y cada giro era una danza de Bach, una polonesa, o incluso mejor, porque cada vuelta sobre la yerba del Parque de Tulipán era el vaticinio del sonido de la mística concentrada, del mundo vacilante iluminado por el sonido enceguecedor de Silvio Rodríguez. Los giros fueron como el olor del pasto al amanecer, del césped recién cortado: memoriosos y cargados de lágrimas nocturnas.

Guido López Gavilán dice Juan Sebastián Bach, no Johan, sino Juan; cerca me dicen que pronuncia mal el «Bach», que es de otra manera, yo les digo que se llama Juan y el «Bach» se pronuncia así, como suena en español. Suenan las danzas de hace 300 años y estamos sentados en la yerba del Parque de Tulipán aun; Guido habla al público, «vamos a continuar con un cha cha cha de hace menos de 100 años». Los ritmos de «La engañadora» son parte integrante del tarareo general que cada cubano es capaz de hacer. El segundo previo al inicio de una orquesta de cámara es el aniquilamiento premeditado del silencio de los espíritus, luego de la respiración que una vez liberada no se detiene y se exalta, crecen por entre la audiencia los llantos sublimes del violín, y por la yerba se levanta, casi sin que nadie lo sienta o lo sospeche, un candor de todas las almas que quiebra el silencio colectivo y logra la identificación de la audiencia con los gestos desesperados y exactos de López Gavilán.

«¡Silvio, bienvenido al Parque Tulipán!», gritaron desde el público, y Silvio agradeció, incluso dijo «qué bonito eso». Cada concierto de Silvio es diferente, así cante las canciones que jamás dejará de cantar. Estar ahí, no es solo escuchar la voz del trovador, es también escuchar la voz de ella rompiendo la tranquilidad de tu espíritu señalándote que la música silviana puede bailarse también, y tú te quedas perplejo, pero te lo demuestra, y baila, y otros también lo hacen y ríes en grandes mares, y tratas de seguir los pasos de la rumba –que nació en tu provincia– o del 1, 2, 3 que es fácil y solo girar, pero no lo logras y no te sientes ridículo; no podrías, a pesar de tu aparente fracaso, porque ríes a mares, la Luna está oculta tras una palma y Silvio Rodríguez sigue cantando, quebrando los silencios entre nosotros, diciendo casi todo lo que quisiera decirte yo y salvando de a poquito nuestras soledades.

“De pronto llega la visitadora, la tatagua, la tatagua, la señora”, nunca yo había escuchado esta canción como lo hice la noche del viernes. Giro mi cabeza a la izquierda y pregunto como si entendiera por primera vez la palabra clave: “¿Qué es la tatagua?”. Ella me mira y un poco se le ilumina el semblante. “Son mariposas grandes y negras –-me dice alguien más-–, que cuando se posan en un lugar no se van”. Ella habla luego y yo le pongo atención a sus sonidos de otro tiempo, palabras que ya había escuchado otras veces, vocales y consonantes que retumbaron en la memoria del mundo hace mucho, pero en su voz parecen nuevas. “Allá en Holguín le llaman tatagüita y es un signo de mal agüero”, miré a mi izquierda nuevamente, la luz del escenario le impactaba directamente en el rostro surcándolo de colores. “No creo que en la voz de Silvio la tatagua sea signo de mal agüero”, anoté.

Los silencios viajan por sobre la epidermis y se sientan en la cabeza de los enigmas a señalar con cara burlona la estridencia sobrante, el sonido postizo, la voz falsa y terrible. Por eso hay que saber decir silencios, y hay que creer en ellos como si fueran nuestras ideas más refinadas, pues como dijo alguien alguna vez de un escritor, no solo hay que tener en cuenta lo que escribe, sino también lo que borra. Y borramos más de lo que escribimos.

Diego me comenta que Fina García Marruz, refiriéndose al cine mudo en uno de sus poemas, afirma: “No es que le falten palabras, es que tiene silencio”. Los silencios hablan por sí mismos, ellos constituyen la música tanto como el sonido, quiebran mundos y hasta pueden ser más significantes que muchas palabras; pero hay silencios que no merecemos. La maza jamás podría ser un bodrio silencioso, El necio tampoco, y quizás sea esa rara combinación entre palabras, sonidos y silencios el hálito ligero que volando se cuela por las hendijas de nuestro pensamiento para hacer estallar todas las sensaciones posibles, las más tristes y fatales, o las más alegres y cercanas al delirio.

Silencio. De la orquesta dirigida por Guido López Gavilán se esparcen los acordes de Ojalá,  y como carta de triunfo que es esta canción para siempre, todos gritan al escuchar la primeras palabras que Silvio lanza a la memoria de todos, luego de que se pusiera de pie para irse y todos abandonaran el silencio y gritaran “otra, ojalá”, casi implorando, pero se sentó y cantó quizás como otras veces, pero para ella cada canción es nueva, puede recordar sus sonoridades, pero las letras casi no las recuerda y por eso me dice que cada canción es nueva. Primero lo vi como una excelente justificación, pero luego me di cuenta de que también era necesario no aprender de memoria lo extraordinario porque en ese instante podría dejar de serlo.

 

 

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