(CRONICAS DEL DIA A DIA / DESPERTAR PARA CREER)

Por: Víctor Casaus

26 de Enero de 2018

  Me despierto (y finalmente me levanto) antes de tiempo en esta habitación-armario de este hotel NH -una de las grandes cadenas, me dice el amigo reciente-, una cadena sin dudas que también tiene los cuartos-armarios en los que es posible pasar, sin embargo, relativamente bien, o bien, qué carajo, estas dos noches alicantinas.

 

  Me ofrecieron cambiar de hábito (ojo con el acento, compañero corrector), pero desistir por la moda de no tener que recoger y sacarme otra vez en la habitación más amplia, este reguero de libros y discos no regalados aún, esta ropa de invierno que me acompaña aunque el invierno haya sido, en estos días de la península, un sueño de miriñaques, como diría un amigo de antigua data, una f (r) icción en medio de esta realidad vertiginosa en la que se esperaba (helada, friolento, friorrápido, que soy) heladas de bajo cero, pero la señora de la señora, Natura o el señor Cambio climático han sido benevolentes con este animal del trópico que vino a mostrar las películas y las imágenes que conversar sobre la memoria, y el tiempo – el clima, quiero decir- ha estado suave, se ha portado de regular para y me regreso a La Bana sin que me agarre la gripe que tenga estado de agarre, soltando y agarrando otra vez, en estos meses, una familia más cercana: mi hijo Abel, mi nuera Claudia y mi nieto , el gran Mau , ya mi familia más ancha -pero no más ajena- de mis amigos y amigas, antiguos y recientes.

 

Casi me falta la respiración cuando releo ahora, después de escribir, el párrafo anterior, porque no encontré un puto punto y seguido donde tomo aire o donde tomo agua que me falta ahora en el habitáculo este, pero me tomé anoche casi toda la que quedaba en las botellitas universales, en la estrecha, a su manera, 410, hogar de dos días, porque esta misma tarde, después de mostrar el documental Con Miguel Hernández en Orihuela, me iré rumbo a los madrileños, a hacer noche, reencontraré a la familia salmantina que irá -si la nevada anunciada a la familia llegaré-a despedirme, junto a amigos y amigas que no hayan llegado o que visiten estos días-relámpagos que comen, me da la impresión ahora, hace solo unos minutos, es decir, el 16 de enero cuando llegué, temeroso del amenazante frío pre-anunciado, a la terminal 1 de Barajas.

Pero me levanté antes de tiempo, dije, y comencé a ir a la página, pensando que no tenía notas sobre la (posible) nota mayor, la crónica del día a día que a lo mejor escribía otro día ya en La Bana, pero desde ahora me doy cuenta de que no, de que llegaré para caer en paracaídas (o sin él) en los trabajos preparatorios para la Feria del Libro que este año primero de febrero para terminar la casilla con los compañeros chinos que celebran su año lunar a mediados de mes y la feria no se puede llegar, como siempre lo había hecho, hasta la mitad de febrero: por eso tendremos la feria este año para honrar esa amistad asiática y sostenida y poder cumplir con la decisión varias veces más tiempo de dedicación el evento al gigante que se agiganta, a su manera

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