OFELIA DOMINGUEZ. TESTIMONIO SOBRE EL RECLUSORIO NACIONAL DE MUJERES DE GUANABACOA

Por: Leonardo Depestre

19 de Marzo de 2018

Por: Leonardo Depestre Catony

Maestra normalista y después graduada de Derecho, la doctora Ofelia Domínguez asistió como delegada al Primer Congreso Nacional de Mujeres, celebrado en La Habana del 1 al 7 de abril de 1923. Un año después comenzó a colaborar regularmente en los periódicos habaneros La Prensa, El Mundo, y en las revistas Bohemia y Carteles. También participó como delegada en el Segundo Congreso Nacional de Mujeres, en 1925 y concurrió al Primer Congreso Interamericano de Mujeres, en Panamá, en 1926.

No cesó de abogar por los derechos femeninos, obreros y del niño, ni tampoco de participar en las tánganas estudiantiles y revolucionarias contra el gobierno de Gerardo Machado. Su vida profesional fue de servicio a las causas más progresistas. Escribió un libro hoy casi olvidado que lleva por título 50 años de una vida, suerte de caleidoscopio de su tiempo, que transcurre desde los primeros años de la república hasta la década del 70 del pasado siglo XX.

En cuatro ocasiones fue encarcelada la doctora Ofelia Domínguez durante la década del 30, en dos tuvo que marchar al exilio político, sufrió cesantías, estuvo amenazada de recibir una dosis de palmacristi, pero no claudicó ni tampoco abandonó su quehacer periodístico y hasta, sorprendentemente, estimuló el desarrollo popular del deporte, cuando en 1942 puso en boca de las gentes el lema: Hazte fuerte para ser libre.

Alcanzó notable especialización en el Derecho Internacional y dirigió la Asociación Cubana de las Naciones Unidas. Al triunfo de la Revolución se sumó con entusiasmo a nuevas responsabilidades.

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Cuarta prisión en Guanabacoa

A las doce y cuarto del día 25 de julio de 1932 ingresamos en la cárcel. Volvíamos con la inquietud y la pena natural que nos producía la angustia de los nuestros y el alejamiento temporal de la lucha. Por lo demás, la nueva prisión nos proporcionaba la oportunidad de conocer, hasta su entraña honda, el ambiente carcelario y estudiar en el medio sus efectos como instrumento del sistema. En las prisiones anteriores solo había podido asomarme a la realidad a través de nosotras mismas. En el Príncipe no era posible ir más allá de la bóveda que nos guardaba y, en Guanabacoa la vez anterior, la enfermedad me impidió que pudiera adentrarme en los vericuetos de la prisión común, que ahora iba a conocer hasta en sus más ocultos rincones. Mi impresión hasta entonces de la cárcel, era como la visión que se capta mirando por hendijas. Fue un acuerdo (…) que el estudio del sistema carcelario se hiciera amplio. Formando yo en la comisión designada, vimos una oportunidad como ninguna. Íbamos a conocer en carne viva la cárcel.

Mientras Gobernación, consultada por el alcaide, ordenaba donde se nos debía instalar, esperamos en una saleta interior. Las caras llenas de curiosidad de las reclusas atisbaban por los pasillos. Algunas nos saludaban con afecto. Al fondo del patio veíamos a las comunistas. Arriba, con la cara pegada a las rejas, a Margarita de la Torre. Dos o tres vigilantes pasaron por la saleta. Una se sentó, destapó una cantina de comida. Nos brindó y compartió con nosotras. Aún no habíamos almorzado. Esta vigilanta es la excepción entre las infelices mujeres que sirven en el penal. Las otras nos han saludado ya con el gesto grave de la que va a ejercer su autoridad. Al verlas, nos convencemos de que ya somos presas de verdad.

Se abre el rastrillo y aparece Pau. El alcaide de la cárcel se llama Baldomero Pau y Carratalá. No cuadra tan sonoro y rimbombante apellido a la figura borrosa y tímida que avanza. Es un hombre bueno −pensaba–, cuando vine la otra vez, él estaba enfermo. Ahora la pasaría mejor Así eché a volar mi fantasía. Hasta imaginé la pena que le causaría saberme huésped suya. Había sido su defensora en un expediente que se le instruyó en Gobernación. Exterioricé, al verlo venir por el corredor, mi pensamiento:

-Ya verás, Bertha [Darder], cómo la vamos a pasar.

Pau nos saluda todo turbado y confundido.

-El señor Secretario −balbucea– ordena que a ustedes se les instale en las galeras altas.

Y allá vamos, impresionadas por la mirada acuosa de Pau, a quien suponíamos transido de angustia. Pero la orden de Gobernación hace fallar en parte nuestro propósito. El alma de la cárcel está aquí abajo, en este abigarramiento de cuerpos y de mentalidades. Al fondo, la vivalera fomentadora de tánganas. En frente, las condenadas a la cárcel, y a espaldas nuestras, las galeras de las presidiarias, de las que ya suman años cumplidos o por cumplir. Miramos con interés al grupo de compañeras comunistas. Entre ellas veo la cara llena de lágrimas de Rita Proenza. Aún lleva las ropas ensangrentadas. El pánico y el sufrimiento se reflejan en su cara pálida. Está de pie. Dos compañeras la sostienen para que pueda vernos desde lejos.

-¿Y cómo está esa muchacha aquí?–interrogué, olvidándose de mi condición de presa.

-Está con las comunistas. Es la orden del señor Secretario –respondió la voz apagada del alcaide.

-Pero si está herida, Pau. Rita necesita una atención que no puede prestársele en este lugar malsano y antihigiénico. Nosotras exigimos que ella y las otras presas políticas estemos en la misma galera. No queremos separación.

Al alcaide se le ocurre entonces la más maravillosa de las explicaciones:

-Tienen que estar con las presas comunes, señorita Ofelia, porque son comunistas. Pero si hasta el nombre lo indica, co-mu-nis-tas.

-Bueno, pues antes no existía separación –dije, pasando por alto la bárbara interpretación que daba este hombre al comunismo–. Las que ustedes, caprichosamente, llaman comunistas, y las políticas, ocupábamos la misma galera.

-¡Ah! Si yo estoy aquí no se da eso.

-Pues nosotras no queremos la separación.

Pau nos mira asombrado. En su estrecho cerebro no cabía la idea de que dos abogadas quisieran convivir en la prisión con el grupo de obreras y muchachas del pueblo.

-Pero, si no son como ustedes. Miren, allá arriba, con doña Mariana, estarán en su ambiente.

-Bueno, piense en lo que le digo. Esta no es una petición caprichosa. Las compañeras han de ser trasladas a las galeras altas o nosotras a las bajas. No queremos privilegios.

-Yo lo consultaré al señor secretario de Gobernación, pero por lo más que ustedes quieran, tengan calma.

El recuerdo amargo de los días de tánganas y de corre-corre, cuando la huela de hambre de un grupo de compañeras, parece que se le agarrotaba en la garganta.

Un codazo de Bertha, acompañado de un ¡qué buenos amigos tienes, Benito! Finalizó este incidente que debió alarmar posiblemente a Pau, a quien el solo anuncio de la protesta lo llenaba de confusión.

Subimos por la estrecha escalera de cemento que no volveríamos a pasar hasta nuestra salida del penal. Llegamos al corredor, que de un extremo a otro era casi atravesado por una larga mesa rodeada de dos bancos fijos. Al lado de la galera grande, clausurada por los derrumbes, sentada en un taburete, encontramos a Mariana de la Torre. Mariana no nos recibe bien. No puede substraerse al fenómeno que experimenta todo el que lleva algún tiempo solo en la cárcel. Nos volvemos egoístas con las pocas comodidades conquistadas, las más de las veces, a fuerza de astucia. Vemos en los que vienen de la calle a posibles desplazadores del miserable bien que hemos fabricado en nuestra soledad.

Aquel día se mostró hosca y reservada. Atraída por su enorme dolor y por la desesperación de que era presa, ante el recuerdo del hijo, a quien el fiscal pedía la pena de muerte, procuré llegarme a ella, que se fue haciendo comunicativa y cordial. Tengo la seguridad que en el orden moral, nuestra compañía le hizo mucho bien en aquellos momentos. Era Mariana la única presa política en la vasta soledad de las galeras altas. Rezar, tejer y pasear a lo largo del corredor; esperar noticias, desesperarse, era su vida. Así pasaba el día matando su impotencia y la amargura inmensa de la prisión. ¡Cuántas veces a medianoche éramos despertadas por un grito de horror o por desgarrantes sollozos! −¡Mi hijo! Soñé que lo veía en el garrote. Nosotras, aún a sabiendas de que la ley era letra muerta frente al imperio de la brutalidad y de la fuerza, tratábamos de presentarle el caso de su hijo de modo tal que la sentencia se hiciera inaplicable.

(…) No se nos permitía leer periódicos y vivíamos desconociendo lo que pasaba en la calle. Por medio del correo de Mariana logramos avisar que los paquetes nos los mandaran envueltos con periódicos del día, colocando siempre en el exterior uno de fecha atrasada. De noche, con pésima luz, pero sin la vigilanta a la vista, nos reuníamos las tres a leer el periódico que habíamos podido guardar debajo de la almohada de una cama. Debido a la prohibición de leer periódico, pasé unos días de inquieta curiosidad. Una mañana, María Josefa, la carcelera de turno, me dijo.
-Está muy entretenido su diario. Todos los días leo lo que va saliendo. En el retrato está usted hablando.

-¿Mi diario?

-Sí, su diario. En Heraldo de Cuba es donde está publicado.

Se lo dije a Bertha y a Mariana. Las tres comentamos la nueva intriga de que sería víctima, porque nunca se me había ocurrido escribir un diario. Por fin, nos llegaron, envolviendo paquetes, los periódicos aludidos. Se trataba del diario de Cachita Proenza. El director de Heraldo de Cuba, entonces [Orestes] Ferrara, violando todos los principios y adentrándose en el código penal, lo había obtenido de los expertos y falseándolo, lo presentó a su gusto y conveniencia. En una página, es cierto, aparecía mi retrato y debajo el título: “Diario de un alma desnuda”. Esto fue lo que confundió a la vigilanta.

Veterana yo de la cárcel, me di a la tarea de agenciar algunas cosas de absoluta necesidad que el penal nos negaba. No nos permitían cubiertos ni vasos. Solo teníamos jarros de lata o peltre. Teníamos que comer con las manos y la cuchara. Una pequeña cuchilla que habíamos logrado entrar, se nos partió y nos costaba gran trabajo pelar una fruta. Teóricamente, la dirección no cobraba por esos pequeños servicios, pero en la práctica era un sistema de explotación del que no era posible escapar.

Con una lata de té Lipton hice un reverbero. El alcohol había que traerlo en botellas de agua mineral. Era lo más fácil. Aproveché que en aquellos días me habían visto tomar, par pedir más, especificando por medio de nuestro correo clandestino, que esta debía ser de alcohol. Así nos llegaron unos cuantos litros.

(…) Conservo en mi poder parte de la correspondencia carcelaria. Esas pequeñas notas escritas en cualquier trozo de papel revelan el especial estado sicológico de las compañeras en el momento en que escribían, y bien pudieran ser de gran utilidad para un esfuerzo de más amplitud. Salvadas de los registros policiacos, las he guardado celosamente, como detalles de extrema importancia en el sentido de la psicosis carcelaria que revelan. Abunda el papel de estraza arrancado a los cartuchos, tiras del margen de los periódicos y hasta pedazos de papel sanitario.

Así fuimos dejando la fotografía escrita del proceso inconsciente, pero firme, del cambio ideológico que determinaba en nosotras una nueva postura política, que surgía sin la máscara falaz de la cortesanía pequeño burguesa, marcada por la protesta contra toda domesticidad.

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