Por: Leonardo Depestre
9 de Julio de 2021
Por Leonardo Depestre Catony
Esta es una cronología ampliada a partir de cuanto Pablo de la Torriente Brau escribió de sí, documentos poco conocidos y algunas apreciaciones de familiares y amigos.
2- Conoce a Fernando Ortiz y a Rubén Martínez Villena
—-1913. La familia Torriente Brau, que ha crecido con otras hijas, muda para Santiago de Cuba, donde don Félix funda el colegio Cuba, incorporado al Instituto de la ciudad. Recuerda Zoe:
En las paredes de las aulas del Colegio quedaron impresas las primeras manifestaciones pictóricas y literarias de Pablo: batallas navales, cabezas de guerreros, etcétera, todo cuanto iba impresionándole en el estudio de la historia, y, con esto, estrofas y sonetos relacionados con aquellos hechos.
(…) Mucho antes de empezar los estudios del bachillerato, por indicación de nuestra madre, nos leía en voz alta a nuestra hermana Graciela y a mí —mientras hacíamos labores de aguja— los libros que ella nos escogía: El Quijote, en un ejemplar en miniatura que conservamos, cuya lectura interrumpía con escandalosas carcajadas; Víctor Hugo, Dumas, Verne; luego cuanto libro caía en sus manos.
17 de junio. Nace Ruth, la hermana más pequeña.—-1915. 2 de junio. Solicita ingreso, mediante examen, en el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Oriente, en Santiago de Cuba. En la misma fecha se le expide la autorización con la calificación de “aprobado”.
—-1919. Diciembre. La familia toda se traslada a La Habana. Al concluir el bachillerato decide trabajar.
—-1920. En enero acompaña al ingeniero José María Carbonell. Va como delineante a la zona de Sabanazo, en Oriente, ve de cerca la miseria e ignorancia en que viven los trabajadores y conoce a Teté Casuso, entonces una niña, con quien se casará diez años después. En La Habana comienza a trabajar en el diario Nuevo Mundo y la revista El Veterano. Recibe de sueldo $1.00 diario, que entrega a la madre. Cuenta Zoe que:Un buen día, con su gran humor de siempre, me entrega un ejemplar de El Nuevo Mundo: “Léetelo, para poder decir que tengo un lector. No es justo que yo sea redactor, cobrador y repartidor y el único lector de mis trabajos”.
24 de abril. Solicita el traslado de su expediente para el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, donde se ha domiciliado la familia. El 7 de mayo se verifica el citado traslado
—1922. Trabaja en la Comisión de Adeudos del Ministerio de Hacienda, pero recibe un salario
muy elevado para su escaso trabajo y eso lo indigna. Renuncia. Se presenta entonces a la convocatoria de la Escuela Naval, donde no se le acepta.
22 de septiembre. Solicita matrícula (número de orden 160) en la Escuela Profesional de Pintura y Escultura de La Habana para el curso 1922 – 1923. Lo hace para la asignatura de Dibujo Elemental
—-1923. Conoce a Rubén Martínez Villena. Trabaja en el bufete de los abogados Fernando Ortiz, Joaquín Giménez Lanier y Oscar Barceló, en La Habana Vieja. Primero lo hace como mecanógrafo, después como secretario del doctor Ortiz.
Con el doctor Fernando Ortiz yo estoy aprendiendo muchísimas cosas que en lo absoluto me interesan, pero que a veces me hacen gracia, como por ejemplo, averiguar en una misma semana, y como él dice, «todos los chismes» de la Virgen de la Caridad del Cobre y del Barón de Humboldt. Por lo demás, y para que nunca se encuentren deficiencias en mi perfecta labor mecanográfica, yo tendré buen cuidado en evitar que él sepa cómo yo a veces me distraigo pensando alguna truculencia… (En Batey)
—-1925. En el mes de diciembre sigue paso a paso, junto a Rubén Martínez Villena, la huelga de hambre de Julio Antonio Mella. Pablo escribe:
Julio Antonio Mella, joven, bello e insolente, como un héroe homérico, agonizaba de manera dramática en la Quinta del Centro de Dependientes, abatido día a día por su decisión de no inferir alimentos, como protesta por su arbitraria prisión. A mi alrededor, Olivín Zaldívar, su compañera, Gustavo Aldereguía, su médico; Orosmán Viamontes, su abogado; y Rubén Martínez Villena, Aureliano Sánchez Arango, Leonardo Fernández, Carlos Aponte Hernández, Gustavo Machado, Salvador de la Plaza, José Z. Tallet, Luis F. Bustamante, Jorge Vivó, Jacobo Hurwich, Manuel Cotoño, Israel Soto Barroso, y alguno más que lamento no recordar, seguían con ansiedad el angustioso declinar de aquella juventud, espléndida como pocas; de aquella varonía hercúlea del Julio Antonio de los 22 años, tensos aún los elásticos músculos por el esfuerzo de las últimas regatas. Y la muerte era una realidad abrumadora que avanzaba con la implacable ley del almanaque y el reloj.
Telegramas, cables, discursos, protestas, boletines… Y la república entera alerta, asustada, expectante, presenciando la estupenda lucha de un hombre que agonizaba por su propia voluntad, rodeado de un escaso número de compañeros, haciéndole frente a una bestia furiosa y omnipotente. Aquella lucha heroica fue la que proclamó hipócritas y cobardes a todos los que después de ella tuvieron el cinismo de continuar rindiendo sus alabanzas al gran homicida…!
Pero Mella se moría, y, a pesar de todas las protestas; a pesar de las manifestaciones efectuadas en varios lugares del extranjero; a pesar de la expectación peligros en que se encontraba la república, la estupidez de un hombre cegado por sus instintos no acababa de comprender lo que significaría el que Mella se muriera de hambre como el alcalde de Cork, por protestar de una prisión arbitraria, al comienzo de la cual lo habían pretendido asesinar en plena calle, al ser trasladado para la cárcel. (En “Mella, Rubén y Machado”, Ahora del 6 de enero de 1935).
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