CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

PABLO, EL PREMIO “JUSTO DE LARA” Y EL PINTOR GATTORNO

Por: Leonardo Depestre

25 de Noviembre de 2020

PABLO, EL PREMIO “JUSTO DE LARA” Y EL PINTOR GATTORNO

Por Leonardo Depestre Catony

Se han cumplido más de 80 años de la concesión a Pablo de la Torriente Brau del Premio “Justo de Lara”, considerado en su época el galardón periodístico más importante de Cuba. El artículo por el cual se le confirió se titula “Guajiros en New York” y se publicó en la edición del 21 de junio de 1936 de la revista Bohemia.

Es la reseña crítica de la exposición que el pintor cubano Antonio Gattorno (1904-1980) presentaba en Nueva York. No estamos capacitados para afirmar si es o no el mejor trabajo periodístico de Pablo, puesto que se expresa  que “la muerte de Torriente Brau en las trincheras españolas da carácter de homenaje póstumo a la decisión del jurado que escogió su artículo como el mejor de año”. Pero no hay duda de que el texto engancha desde sus primeras frases:

Los guajiros han venido a Nueva York por la primera vez. Los trajo Antonio Gattorno, el pintor menudo y silencioso, que siempre se parece a sus cuadros. Tanto, que ahora ha venido a descubrirse que también él tiene, a pesar de su aire inconfundible de ciudadano pulido que ha visto ciudades y barcos, algo así como un alma de guajiro, recogida y tristona, que se manifiesta en lo exterior por esa fragilidad física y ese color palúdico, que él ha traído a Nueva York en los guajiros de sus cuadros, siempre impávidos, trágicos y silenciosos.

Pablo escribe, de eso vive, o malvive, en su laborioso exilio neoyorquino, en que el trabajo político revolucionario lo absorbe. Pero no olvidemos que Pablo es también un artista plástico (ahí están sus obras, pequeñas tallas y autorretrato, todo realizado durante su confinamiento en el Presidio Modelo) y sus artículos publicados en el diario Ahora. Por tanto, hay que prestar atención a lo que Pablo escribe como crítico de arte.

Además, lo une a Antonio Gattorno un afecto recíproco.  Varias cartas se cruzan en los años de 1935 y 1936, referidas todas a las exposiciones que el artista presenta y el interés que despiertan entre la crítica.

En cuanto a Pablo, el contenido social de la exposición, lo que esta revela, le resulta tan importante o más que la realización artística. Así lo manifiesta:

…Todos estos cuadros han mostrado su clara motivación social (…) Por eso además, ha sido estupendo que no trajera rumberas, mulatas de solar y negros de bongó (…) Por ello, para muchos, para casi todos los que vinieron a ver los cuadros de Gattorno, los rostros guajiros, imperturbables, amarillos, hambrientos, acusadores, han sido como una preocupación, una interrogación, un descubrimiento. Ya para muchos, allá en Cuba hay algo más que rumberos. Hay “guajiros”.

Con anterioridad a la publicación de este artículo, ya Pablo desde las páginas del periódico Ahora, en su edición del 17 de febrero de 1935, escribía en su artículo titulado “El vernissage de los artistas”:

En otro rincón está Gattorno. A pesar del duro juicio motivado por el más moderno de sus cuadros, este tiene (…) una transparente limpieza, un acierto feliz en los términos; pero abunda en superfluidades accesorias que le restan atención a los protagonistas bucólicos. Y sin duda que es muy superior su gran cuadro Autorretrato y modelo, de 1926, uno de los mejores del Salón.

Antonio Gattorno hizo estancias de estudio de las artes plásticas en Europa que le permitieron familiarizarse con las técnicas de los más importantes pintores, con algunos de los cuales entabló amistad. Perteneciente a la corriente vanguardista, regresó a Cuba en 1927 para presentar sus cuadros en exposiciones. Gattorno se sumó al Grupo Minorista, ganó premios y recibió comentarios de autores de la literatura como Ernest Hemingway, John Dos Passos y Alejo Carpentier, además de Pablo de la Torriente Brau. Hacia finales de la década del 30 emigró a los Estados Unidos, cuya ciudadanía adoptó y donde alcanzó notable renombre internacional.

En 1959 viajó a Cuba por última vez y entregó la finca que perteneciera a sus padres. Murió en 1980 en su casa de Massachusetts.

Sobre el Premio “Justo de Lara”, seudónimo del intelectual José de Armas y Cárdenas (1866-1919),  vale apuntar que era auspiciado por la tienda El Encanto y estaba dotado en mil pesos, una cifra significativa para los tiempos en que Pablo lo ganó póstumamente.

 

 

 

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