PABLO ESCRIBE COMO HABLA

Por: Leonardo Depestre

2 de Noviembre de 2018

Tenemos testimonios documentales suficientes para saber cómo escribía Pablo, cómo pensaba, cómo obraba. Acerca de cómo hablaba son muchos menos los testimonios, ni siquiera quedó registrada su voz en soporte alguno.

Sin embargo, sí queda en la memoria el testimonio de quienes lo escucharon en circunstancias diferentes: en la trinchera frente al enemigo, en el hogar familiar, en discusiones estudiantiles, en el diálogo entre compañeros, en los días de presidio. He aquí algunos:

“Teníamos las posiciones en una loma larga, delante de la cual se abría un gran llano. Como de costumbre, nuestro querido Comisario [Pablo] se dirigía con discursos a los soldados del ejército fascista diciéndoles por qué luchaban ellos y por qué luchábamos nosotros, aclarándoles lo que representaba el fascismo para el pueblo español. Allí me convencí de que los rumores que corrían sobre la brillantez de la elocuencia de Pablo eran ciertos. Hablaba tan bien que el último tiroteo de la noche se apagaba, reinaba un silencio mortal y no se oía nada más que la voz del orador cubano. Era verdad que a veces los mismos fachas gritaban: ¡Que hable el cubano!”. (Justino Frutos Redondo, combatiente republicano español).

“Su voz retumbaba como trueno”. (Loló de la Torriente, prima).

“La voz de Pablo, su sonora voz vibrante de apasionado entusiasmo, resuena”. (Renée Méndez Capote, amiga, opositora de Machado, escritora).

“Voz grave”. (Raúl Roa, amigo fraterno en todas las circunstancias de la vida).

“Sus palabras, su sonrisa franca, sus movimientos de atleta, el tono de su voz, el original estilo casi brutal de sus narraciones, el cordial apretón de su mano”. (Lino Novás Calvo, testigo de su enterramiento).

“Pablo fue en todos los momentos la voz de los presos”. (Juan Marinello, amigo y compañero del Presidio Modelo).

Pero queda algo más, muy importante: la selección del vocabulario. Pablo  adecuaba el vocabulario según las circunstancias. Rosario Sánchez Mora, “la dinamitera”, combatiente temeraria de la Guerra Civil Española, ofrece este retrato tal vez único de Pablo: “En la división todo el mundo le respetaba y le quería (…) Pablo tenía tan buen humor, tan buen carácter y era tan amable… Con sus compañeros gastaba bromas delicadas, no era cursi, más bien elegante”.

¿Se quiere un Pablo más delicado que el de estos versos?: Me olvido de mí… / Me acuerdo de ti… /

Me uno a la Noche… (“Motivos del viaje bajo la noche lunar”)

¿O más tierno y enamorado que este?: “Mira, ahorita, después de comer, me puse a descansar leyéndote”. (En carta a Teté Casuso, la esposa, desde el presidio)

Pero ese mismo Pablo, poseedor de un vocabulario vasto, portador de una palabra precisa, poético, sabe cuándo utilizar la palabra fuerte (¿acaso el presidio no es buena escuela?), el tono vibrante (¿alguien podría contabilizar cuántas veces gritó ¡Abajo Machado!), la humorada original (cuando apunta: tan infausto comemierdario).

Y si de las llamadas “malas palabras” se trata −¡oh, tema tan polémico! −, nos gustaría saber qué diría Pablo. Proponemos al lector revisar algunas de sus cartas desde el exilio en Nueva York, donde se incluye una muestra “fehaciente” de cómo Pablo se las sabía todas y las colocaba justo para la ocasión, sin remilgos.

No se las vamos a repetir porque son de las “gruesas”, de las que la Academia reprueba aunque la literatura aprueba. Ya sabe, nos referimos a aquellas “malas palabras” que ahora se escuchan en la cuadra, a gritos, y que son parte del diálogo (del pobre diálogo) de tantos compatriotas.

Es siempre uno y el mismo Pablo, coherente con su carácter y convicciones. Ingenio y naturalidad, dos cualidades esenciales del habla que Pablo trasladó a la escritura. Por ello estoy seguro de que Pablo utilizó la palabra adecuada para cada circunstancia, sin eufemismos. Pablo escribía como hablaba, con elocuencia, gracia, porque –y son sus palabras− “mi pensamiento no tiene dos filos ni dos intenciones. Le basta con tener un solo filo bien poderoso y tajante que le brinda la interna y firme convicción de mis actos”.

Hombre de una pieza y una palabra. Tal fue el héroe de Majadahonda.

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