PABLO, LA CIUDAD DE LOS KILOS Y LOS 500 DE LA HABANA

Por: Leonardo Depestre

6 de Noviembre de 2019

Leonardo Depestre Catony

Pablo de la Torriente Brau llegó a La Habana, ya para establecerse en ella, en 1919. Hace pues, un siglo. Era aquel el año de los 400 de la capital cubana y el suceso no pasó inadvertido ni para la prensa ni para los vecinos de la ya por entonces una gran ciudad del Nuevo Mundo.

Claro que Pablo debió sentirse impresionado por una urbe donde los tranvías y los automóviles habían desplazado a los caballos, donde el alumbrado eléctrico permitía leer en las noches con toda comodidad y desarrollar una vida nocturna activa, en tanto el teléfono tendía puentes de comunicación.  Además, empezaban a alzarse elegantes mansiones más allá de la parte antigua de la ciudad. Un viajero ocasional que pasó un día en La Habana de 1925 en brevísimo tránsito, escribió:

A un vistazo/ La Habana  se revela paraíso, / país afortunado. / Flamencos en un pie bajo una palma. / Florece el coralillo en el Vedado. / En La Habana / las cosas son muy claras: / blancos con dólares, / negros -sin un cent.

El tan mordaz viajero se nombraba Vladímir Mayakovski.

Pablo vivió en La Habana los gobiernos de los presidentes Mario García Menocal, Alfredo Zayas y Gerardo Machado, y por supuesto que fue testigo de cuanto en ellos ocurrió,  que aquí no vamos a enumerar porque fue mucho, y también vio erigirse el nuevo edificio del Instituto de Segunda Enseñanza, la Universidad en su Colina, el Capitolio Nacional, la Carretera Central, el ensanche de La Habana hacia el oeste, el crecimiento del Vedado…Lo vio todo, lo vivió todo y, como diría Reinaldo Taladrid, “sacó sus propias conclusiones”,  y entonces optó por el siempre difícil camino de los inconformes y los rebeldes.

En la edición dominical del 1ro de agosto de 1934 del periódico Ahora publicó un extenso articulo que tituló “La Habana, ciudad de los kilos”, retrato doloroso de la miseria que dejaba el gobierno de Machado: Así escribía Pablo:

La miseria ha reivindicado al centavo como la físico-química ha reivindicado al átomo. El centavo, átomo sucio de la economía, por el “bombardeo” continuo del hambre ha llegado a relucir como el oro.

Antes los centavos eran los regalos para los muchachos; ¡hoy los centavos son el pago del trabajo de los hombres!… ¡Ya hasta a Presidio se va por culpa de los centavos! (El otro día apuñalearon a un hombre para quitarle dos centavos…)

Y, sin embargo, como podría atestiguar cualquier sesudo economista, no es que el centavo haya aumentado de valor y de prestigio. Es que todo se ha desprestigiado, desvalorizado.

Por ejemplo: ¿qué es lo que vale la comida de un hombre? En la fonda de chinos, por cinco centavos dan arroz y frijoles negros (con derecho a echarle aceite). Por dos centavos más hay pan. Y ponen un vaso grande con agua fría y al final se puede pedir un poco de té hirviente. A la salida, en un puesto, se puede vitaminizar el organismo comiéndose los tres kilos que sobran del real en frutas, plátanos y piñas o mangos.

Más tarde, a la hora de mayor calor, se puede tomar un vaso de guarapo o de limonada. Y hasta se puede repetir un poco más tarde, por cualquier lugar de La Habana que se esté.

La cita, aunque extensa, ofrece un cuadro vívido de la situación del país a inicios de la década del 30.

Han pasado los años, el centavo, el kilo, ya no vale nada y se hace todo lo posible para que el peso cubano no corra igual suerte. Estamos ahora ante el quinto centenario de la fundación de San Cristóbal de La Habana, ocasión que la ciudad recibe mostrando sus mejores galas. ¡Imaginamos cuál sería la satisfacción de Pablo! Sin embargo, se ha señalado reiteradamente que la fecha no es meta sino punto en el camino de una recuperación sostenida, abarcadora, que no se detenga en la vivificación de las grandes arterias sino que impulse su savia hasta los más estrechos vasos sanguíneos de la capital, que mejore las condiciones de vida de los moradores de la urbe, dondequiera residan. Se perciben huellas tangibles en la aceleración del proceso constructivo de viviendas, en  un incremento salarial por vez primera (¡y al fin!) verdaderamente significativo, en pequeñas mejorías en el transporte público, en el acceso generalizado a la internet y sus maravillas, en la garantía alimentaria aun con todas sus palpables insuficiencias…

Sí, los 500 de La Habana son un escalón firme en el empeño del ascenso, pero sinceramente queda mucho por hacer. Es necesario que los 500 de La Habana bañen de luz a todo el archipiélago, siempre con una máxima en el corazón: ¡Vamos por más!

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