CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

PABLO Y CAMILO

Por: Leonardo Depestre

24 de Octubre de 2019

PABLO Y CAMILO

Leonardo Depestre Catony

Puede parecer aventurado el tema de nuestro trabajo, mas no lo es. En varios órdenes es posible el paralelismo entre las personalidades y vidas de Pablo de la Torriente Brau y de Camilo Cienfuegos, aun cuando los separen unos cuantos años en el tiempo.

Cuando Pablo cayó, tenía Camilo apenas cuatro años. No podemos afirmar —porque no tenemos evidencias para ello— que el ejemplo de Pablo ejerciera influencia alguna en el quehacer futuro de Camilo, aunque tampoco descartamos tal posibilidad pues el héroe de Majadahonda no resultaba desconocido a muchos revolucionarios, como tampoco lo eran Antonio Guiteras y otros combatientes de la década del 30.

Pero entremos mejor en las similitudes y confluencias que dan pie para este comentario.  Uno y otro fueron alumnos de la Academia de Pintura de San Alejandro, siquiera por algunos meses, y más allá de estos, tanto Pablo como Camilo manifestaron su afición por las artes plásticas.  El deporte, en especial el beisbol, es otro punto de encuentro. Pablo lo practica  en su juventud y hasta tiene de compañero de juego a Rubén Martínez Villena en el bufete habanero de los doctores Ortiz, Barceló y Giménez Lanier. Camilo lo jugó, ¡y bien!, y fue el receptor de aquel célebre encuentro amistoso del 24 de junio de 1959 en el Gran Stadium del Cerro (hoy Latinoamericano) entre los equipos Barbudos y Policía Nacional Revolucionaria, en que vistiendo la franela de los primeros recibió en home los envíos de un pitcher llamado Fidel Castro.

Sin embargo, hay bastante más. Pablo y Camilo están dotados por un sentido inmanente de justicia social, de rebelión contra la opresión. Si la fotografía de Pablo herido en la cabeza durante la manifestación del 30 de septiembre de 1930 es muy conocida, casi tanto lo es la de Camilo con una herida de bala en el hospital luego de ser agredido por la policía en la manifestación del 7 de diciembre de 1955. Uno y otro tuvieron así su bautismo de fuego como participantes activos de la insurrección ciudadana.

Pablo y Camilo marcharon al exilio político, para desde él proseguir su accionar a favor de  una revolución, por cambios sociales y políticos que propendieran a mejorar las condiciones de vida y libertad del pueblo cubano.

Pablo, hombre de vanguardia, no se contentó con escuchar los disparos en la lejanía allá en España, tomó el fusil y se integró a los combates. La audacia y la intrepidez le distinguieron. Camilo reveló en la lucha insurreccional sus condiciones de líder y el sobrenombre de Señor de la vanguardia se ajusta perfectamente a su posición dentro de la guerrilla.

Pero hay algo más que no podemos olvidar: el carisma, ese difícil don de algunos elegidos que los convierte en caracteres inolvidables, la simpatía, que los coloca como centro, como lideres naturales, avalada por la oratoria, o lo que es igual, la capacidad para arrastrar con la palabra y el ejemplo.

Con un poco de imaginación —que en este caso no necesita ser desbordante porque pudo haber sido perfectamente real— podemos vislumbrar la intrépida presencia de Camilo entre los primeros de la huelga de marzo de 1935, o embarcando hacia España para estampar su huella en la guerra civil, y por qué no, distinguir también a Pablo entre los expedicionarios del yate Granma o en medio del combate de Yaguajay a finales de 1958.

La vida de Pablo se truncó a los 35 años, y sus restos quedaron en España. Camilo desapareció en accidente aéreo, a los 27  años. Se dice que los héroes mueren jóvenes, no siempre es así, aunque aquí se cumple. Solo que para Pablo y para Camilo, ambos martianos, vale la sentencia del Apóstol: “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”.

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