PABLO Y LA FOTOGRAFÍA

Por: Leonardo Depestre

2 de Julio de 2019

Foto: Torriente Brau

Por: Leonardo Depestre Catony

Periodismo y fotografía: He ahí una unidad indisoluble. La noticia es palabra e imagen, y hasta se afirma —aunque a veces sea este un axioma cuestionable— que una imagen vale más que mil palabras.  El desarrollo del periodismo y el de la fotografía han corrido paralelamente. El periodista, con su libreta de notas o su grabadora, lleva consigo al fotógrafo, que no es menos artista.  Y es tal la integración que por algo existe el oficio de fotorreportero, para el cual  se exige una intensa preparación y profesionalidad.

La fotografía en Pablo de la Torriente Brau es una presencia cada vez mayor. Está su iconografía, analizada brillantemente por el profesor Jorge R. Bermúdez en su libro Diario de una imagen.  Ese texto nos entrega la imagen de Pablo en el contexto familiar,  nos revela su crecimiento físico, sus aficiones, lo descubre en su laboreo político, revolucionario, de resistencia a la dictadura.

Gracias a la fotografía constatamos que Pablo era alto, bien parecido, atlético, jovial; lo tenemos rasurado, con larga barba, traje y corbata, boina, descubierto, de frente, de perfil; también identificamos los rostros de sus compañeros de lucha y de presidio, su modo de vestir…  Gracias a la fotografía seguimos la vida de Pablo en Nueva York y en la España en guerra. Una foto de Pablo, terrible, lo muestra dentro del ataúd abierto, y frente a él rindiéndole guardia con el puño en alto, sus compañeros milicianos, entre ellos el poeta Miguel Hernández.  En fotos de grupos de estudiantes, Pablo aparece junto al sabio Carlos de la Torre y al maestro de juventudes Enrique José Varona, uno y otro paradigmas para el estudiantado universitario. Numerosas son las fotografías junto a su amigo entrañable Raúl Roa; con Teté, la esposa que lo acompañó en cada una de sus empresas, con las hermanas y los padres…  En la Embajada de Cuba en España el lente lo capta compartiendo con el ilustre filólogo Ramón Menéndez Pidal  y el no menos ilustre médico y escritor Gregorio Marañón.  Nada aventurado (lo constatan las imágenes) resulta afirmar que Pablo es figura fotogénica y no desdeña su presencia frente a la cámara.

En su serie de fotoreportajes “105 días preso”, publicada en el diario El Mundo entre abril y mayo de 1931, Pablo recuerda el arribo en condición de reclusos a la Isla de Pinos:

Llegamos al muelle y a su costado el 24 de Febrero rugía. Una americana, con cuerpo de artista de cine y, un americano, con una cámara roja, nos tiraron 214 fotografías. Creo que fueron 215.

No sabemos cuántas serían las fotografías, porque Pablo bromea al respecto, pero es cierto que nos quedan  fotos de la travesía, de él y otros compañeros a bordo de la fragata 24 de Febrero.

Sin embargo, el nexo mayor con la fotografía lo establece Pablo durante su poco más de un año, entre inicios de 1934 y febrero de 1935, como reportero del diario Ahora, autoproclamado el periódico de la Revolución.  Allí tiene a su lado para la apoyatura gráfica de los reportajes a los fotógrafos Enrique Kiko Figarola y Generoso Funcasta. Esta relación profesional deviene amistad: juntos corren los riesgos que el ejercicio del periodismo entraña cuando se asume como deber informativo con la ciudadanía. El profesor Jorge Bermúdez lo resume en esta sentencia: “Sin dudas Pablo, hijo de su tiempo, al hacerse retratar en las más cotidianas y diversas situaciones, debió de intuir las posibilidades que se le abrían al testimonio por la nueva imagen técnica”.

Es Pablo quien desde su serie de reportajes del Realengo 18 revela la dramática lucha del campesinado de esa región oriental y es él mismo quien toma algunas de las fotografías publicadas, detalle que él consigna aunque es poco conocido. También son las fotografías las que nos descubren rostros de héroes olvidados, parajes de la Isla de Pinos, de su Presidio Modelo y de sus espantables pantanos, donde dejaron la vida cientos de reclusos.  Son las tomas desgarradoras de Kiko y de Funcasta, las que denuncian asesinatos de jóvenes revolucionarios.

Si algo lamentamos es la ausencia de imágenes de Pablo con su admirado Rubén Martínez Villena, junto al venezolano Carlos Aponte, sobre el cual tenía pensado escribir un libro, y muy en especial con el doctor Fernando Ortiz, quien fuera su jefe y terminó siendo un amigo del que mucho aprendió.

La fotografía nos ayuda a conocer mejor a Pablo. Y como es este un capítulo siempre abierto, cualquier contribución será bien recibida.

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