PABLO Y LA HUELGA DE HAMBRE DE JULIO ANTONIO MELLA

Por: Leonardo Depestre

16 de Octubre de 2018

Por: Leonardo Depestre Catony

 Uno de los sucesos de carácter político más comentados públicamente del año 1925 fue la huelga de hambre de Julio Antonio Mella. El asunto alcanzó primeramente connotación nacional y después, continental.  Cuando Mella tomó tal decisión nadie podía imaginar que hasta importantes figuras de la intelectualidad y de la vida social de la Cuba de entonces le dieran su espaldarazo, se interesaran por su salud y reclamaran su libertad al presidente Gerardo Machado.

Aunque por su complejidad no resulta fácil seguir paso a paso el proceso de las causas y pormenores de la huelga, intentémoslo al menos. Todo comenzó cuando a mediados de agosto de aquel 1925 se reunieron en el Centro Obrero de La Habana algo más de 15 comunistas que en representación de todos los del país fundaron su partido, eligieron un comité central, un secretario general —el español (canario) José Miguel Pérez—, en tanto Mella, de 22 años, ocupó la secretaría de propaganda.

Días después, el Centro Obrero fue allanado por la policía, se ocuparon documentos y se inició proceso judicial por conspirar para la sedición contra varios militantes comunistas, Mella entre ellos.  Pero como el proceso no se desarrolló en la forma esperada por las autoridades oficiales, el juez dictó libertad bajo fianza, y Mella y sus compañeros estuvieron libres nuevamente.

Comienza entonces un segundo acto: a mediados de septiembre estallaron tres petardos, uno de ellos próximo al teatro Payret, y las autoridades demandaron la apertura de una nueva causa a la cual se anexó la anterior, con la intención de sacar de circulación a los líderes comunistas. De nuevo Mella fue apresado, siendo los encausados excluidos de fianza. El 5 de diciembre, en protesta, Mella se declaró en huelga de hambre por su libertad y la de sus compañeros. A pesar de las diversas instancias que intercedieron para que desistiera, no aceptó comer y al cabo de los días, en franca depauperación física, se le traslado desde la cárcel a la Quinta de Dependientes.

Pablo de la Torriente Brau escribe:

Julio Antonio Mella, joven, bello e insolente, como un héroe homérico, agonizaba de manera dramática en la Quinta del Centro de Dependientes, abatido día a día por su decisión de no inferir alimentos, como protesta por su arbitraria prisión. A mi alrededor, Olivín Zaldívar, su compañera, Gustavo Aldereguía, su médico; Orosmán Viamontes, su abogado; y Rubén Martínez Villena, Aureliano Sánchez Arango, Leonardo Fernández, Carlos Aponte Hernández, Gustavo Machado, Salvador de la Plaza, José Z. Tallet, Luis F. Bustamante, Jorge Vivó, Jacobo Hurwich, Manuel Cotoño, Israel Soto Barroso, y alguno más que lamento no recordar, seguían con ansiedad el angustioso declinar de aquella juventud, espléndida como pocas; de aquella varonía hercúlea del Julio Antonio de los 22 años, tensos aún los elásticos músculos por el esfuerzo de las últimas regatas. Y la muerte era una realidad abrumadora que avanzaba con la implacable ley del almanaque y el reloj.

 Telegramas, cables, discursos, protestas, boletines… Y la república entera alerta, asustada, expectante, presenciando la estupenda lucha de un hombre que agonizaba por su propia voluntad, rodeado de un escaso número de compañeros, haciéndole frente a una bestia furiosa y omnipotente. Aquella lucha heroica fue la que proclamó hipócritas y cobardes a todos los que después de ella tuvieron el cinismo de continuar rindiendo sus alabanzas al gran homicida…!

 Pero Mella se moría, y, a pesar de todas las protestas; a pesar de las manifestaciones efectuadas en varios lugares del extranjero; a pesar de la expectación peligrosa en que se encontraba la república, la estupidez de un hombre cegado por sus instintos no acababa de comprender lo que significaría el que Mella se muriera de hambre como el alcalde de Cork[1], por protestar de una prisión arbitraria, al comienzo de la cual lo habían pretendido asesinar en plena calle, al ser trasladado para la cárcel.

Sobrevino entonces el efecto bumerán contra el propio gobierno y la campaña por la libertad de Mella cobró un auge incontrolable que abarcó numerosísimos sectores de la nación y se extendió por toda ella. El clamor por su libertad y la realidad de que su muerte devendría golpe político tremendo para el régimen de Machado, amén de un encuentro casual de Rubén Martínez Villena con el presidente, que llevó a este a perder los estribos y comportarse como un energúmeno, todo aunado, dio al traste para la liberación de Mella bajo fianza, el 23 de diciembre.

Es cierto que había perdido más de 30 libras de peso, pero el joven líder se había convertido en un símbolo nacional de rebeldía.

[1] Terence Joseph MacSwiney (1879 – 1920) nació en Irlanda. Elegido alcalde de Cork en plena guerra de independencia irlandesa, fue arrestado por las fuerzas británicas, acusado de sedición y encarcelado en Inglaterra. Su muerte, tras 74 días de huelga de hambre, colocó la situación irlandesa en los primeros planos de la política mundial.

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