PABLO Y LAS COMIDAS

Por: Leonardo Depestre

1 de Febrero de 2018

Leonardo Depestre Catony


Para Pablo de la Torriente, fuerte, atlético, joven, deportista y de buen apetito, comer, además de una necesidad fisiológica, fue un placer, un acto al cual dedicó comentarios humorísticos que figuran entre los más hilarantes encontrados en su prosa y especialmente en su correspondencia.

 

No fue Pablo un gourmet, porque nos atrevemos a afirmar que le gustaba todo, o casi todo, y que la comida criolla, la que acostumbramos a identificar con el arroz, los frijoles negros y el trozo de carne, estuvo entre sus predilecciones gastronómicas. De su apetito voraz, de cómo gustaba de demostrar que su estómago era a prueba de bombas, existen evidencias tempraneras en el anecdotario familiar. Esta vez nos cuentan sus hermanas Zoe y Ruth:

 

Un día que Pablo acababa de almorzar opíparamente, los alumnos mayores le propusieron que si él era capaz de comerse una barra de dulce de guayaba de dos libras, ellos se la compraban, pero con una condición: primero tenia que comerse cinco guayacones. Pablo aceptó la oferta. Se comió los cinco guayacones y, detrás, la barra de dulce de guayaba.

Cuando papá se enteró, le dijo:

-Pero Nene, no seas necio. ¿Cómo te comiste esos guayacones?

A lo que Pablo le respondió, muy serio:

-No te preocupes. Lo hice para inmunizarme. Además, quiero que sepas que los guayacones son muy sabrosos.

 

Con ese buen apetito podemos imaginar cuánta hambre pasó Pablo ante el escasísimo menú carcelario, porque en prisión, a los muchos infortunios (carencia de libertad, represión de las autoridades, régimen disciplinario humillante, hacinamiento, enfermedad…) se suma el hambre, una sensación atenazadora y capaz de generar desórdenes síquicos. Con todo, Pablo no pierde el sentido del humor y ocasionalmente, cuando recibe una remesa familiar o de los amigos en libertad, que bien conocen de sus apetencias, también él celebra su festín.

 

Desde Presidio Modelo, en Isla de Pinos, en marzo de 1932, Pablo escribe a su amigo Pedro Capdevila esta carta que bien puede incluirse en una antología de humor gastronómico:

 

Hace unos días me llegaron paquetes de revistas y hoy –¡Oh espectáculo sorprendente!– un tremendo paquetón conteniendo papeles, sobres, ¡un queso!, ¡dos barras de guayaba!, ¡dulce de leche, maní, turrón de no sé qué extraña sustancia! ¡y –sobre todo– dos boniatillos seráficos! (…) Ya le metí el diente a todo, por si me muero antes de la comida, y notifícale a quien quiera que sea el Leocadio que haya hecho esto, que mi agradecimiento será eterno, aun cuando mañana ya no quede nada… nada!

 

Ya en el exilio neoyorquino, y con fecha 13 de enero de 1936,  escribe a Conchita Fernández, su compañera de los tiempos del bufete de Fernando Ortiz. Esta vez, con su habitual talante jocoso, se duele de no haber recibido lo que le han prometido sus amigos desde La Habana:

 

De los dulces de guayaba o algo por el estilo, cuya remisión se me anunció, con el correspondiente regusto previo para mi ya experto paladar, aún no he tenido noticias.

 

Pero no siempre Pablo bromea con el tema culinario. En Nueva York, entre el frío, el desempleo y el hambre, la pasa muy mal. El tono es dramático cuando afirma en sus cartas: “Y hasta la próxima que tengo ahora un hambre ancestral”, o cuando vuelve sobre el tema con “tengo un hambre que no veo”.

 

En España, última etapa de su vida, Pablo conoce nuevos platos y disfruta del vino, tan común allá en las comidas. Así, apunta desde su experiencia personal, que “el vino de España pone la imaginación alegre y no emborracha. Por lo menos a mí”, o nos deja este otro bello apunte: “En los trenes, toman los vagones, a lo largo de los pintorescos pueblecitos, grupos de campesinos típicos, con sus cestas, sus pañuelos, sus botellas de vino, y hablan de banco a banco, de sus cosas familiares y de la próxima cosecha”.

 

Pablo, tan vital y consciente del peligro diario, disfrutó de la buena comida, entendida esta por aquella sencilla, criolla y abundante. Que así fuera, nos revela que el Pablo heroico también llevó dentro de sí la más importante de las cualidades, la de la naturalidad, la de sentirse como un hijo de vecino más, como usted y como nosotros.

COMENTARIOS

Invitacion

image001

Actividades Centro Pablo en Argentina

foto escultor elpidio
plano general
foto yadira elpidio emba
asoc cuba
foto mesa elpidio emb
yadira y mesa