Pablo y Nosotros

Por: Leonardo Depestre

25 de Noviembre de 2019

PABLO, ENTRE DON CARLOS Y EL MAESTRO VARONA

Leonardo Depestre Catony

Pablo de la Torriente Brau nace poco después de iniciado el siglo y solo un poco antes de la instauración de la república en Cuba. Y Pablo crece en la medida misma que el siglo corre y la república se empantana. Casi siempre nos detenemos en las grandes frustraciones de la época y olvidamos que esa misma época dio personalidades insignes, formadoras, ejemplares, que son las que más cuentan a la hora de rendir tributo a la memoria.

Manuel Sanguily, Juan Gualberto Gómez, Enrique José Varona, Carlos de la Torre… he ahí los nombres de algunas de esas figuras paradigmáticas. Dos de ellas, las dos últimas citadas, dejaron profunda huella en Pablo, quien reconoció a uno y a otro como modelos de ciudadanos en medio de una situación política, económica y social convulsa en la Cuba republicana de entonces. En sus artículos publicados en el diario Ahora encontramos pruebas de la admiración de Pablo por Carlos de la Torre (1858-1950), por entonces ya bastante anciano aunque activo dentro del claustro universitario. A raíz del proceso de depuración del profesorado que dio su apoyo al régimen de Gerardo Machado, recibe don Carlos grandes muestras del respeto y cariño que el estudiantado le profesa. Con fecha 9 de junio de 1934, Pablo escribe:

La asamblea de por la mañana fue abierta (…) poco después que don Carlos de la Torre, al entrar, recibiera una cariñosa ovación de los alumnos.

Días después, el 21 de junio de 1934, también en Ahora, Pablo publica un trabajo que lleva un título estridente: “Es posible que don Carlos de la Torre sea el próximo presidente de la república”. Echemos un vistazo a lo que allí escribe Pablo:

…Yo tenía una pregunta especialísima que hacer a Don Carlos y no me podía ir sin formularla. Era un rumor que nos había llegado por conducto de los repórters políticos; la de que don Carlos será el próximo Presidente Provisional de la República…

Cuando le hago la pregunta, don Carlos de la Torre se vuelve para el doctor Salvador Salazar en ese gesto característico del hombre que va a decir: “¡Ya tú ves!…”

Entonces le expongo el origen del rumor, que es muy sencillo: los nacionalistas necesitan un candidato de personalidad y arrastre dentro de sus filas; el coronel Mendieta es el que reúne las condiciones necesarias, pero necesita abandonar la presidencia…

(…) “¿Y usted aceptaría, don Carlos?…” El sabio naturalista me insinúa que tendría que vencer poderosos imperativos familiares… Parece que no le es grato el plantearse imaginativamente el caso… “Sea discreto, no me gustan las estridencias…”

El doctor Salazar, jovial e irónicamente, me dice que terminó, como hacen los periodistas, diciendo que “don Carlos, mirando hacia el infinito azul del cielo deja la interrogación sobre la pregunta…”

Algo más es necesario apuntar sobre el sabio naturalista. Si Felipe Poey es el gran sabio ictiólogo, Carlos de la Torre lo emula en el terreno de los caracoles, lo que es decir, en el de la malacología. Se le nombró miembro de honor de la Academia de Ciencias de Washington, presidente de la Unión Malacológica Americana y el gobierno francés le entregó  la Legión de Honor con el grado de Caballero. En su patria se le condecoró en 1935 con la Gran Cruz de la Orden Nacional de Carlos Manuel de Céspedes.

Fue también un vehemente independentista. El Generalísimo Máximo Gómez lo honró con su amistad, al igual que el doctor Fermín Valdés Domínguez y otros patriotas. Por un breve tiempo se dedicó a la política, pero su popularidad era tal que llegó a ocupar la alcaldía de La Habana a comienzos del siglo XX. Murió nonagenario, como para demostrar que en la vida activa y de servicios puede, tal vez, hallarse el secreto de la eterna juventud.

Otro gran paradigma del estudiantado es Enrique José Varona (1849-1933), quien ante el reclamo martiano de la guerra necesaria parte a Nueva York, donde a la muerte del Apóstol ocupa la dirección del periódico Patria.

Concluidas las hostilidades Varona colabora con el Gobierno Provisional en la reforma de la enseñanza; el conocido Plan Varona destierra, en lo esencial, los anacrónicos métodos para encauzarlos por otros más actuales y objetivos. Fue secretario de Hacienda y de Instrucción Pública, profesor de Psicología, Moral y Sociología en la universidad capitalina e, incluso, vicepresidente de la República. Sin embargo, desalentado por la corrupción y desidia imperantes en todos los niveles, rechaza ser postulado para presidente en 1919, convencido de que es imposible gobernar eficazmente sin colaboradores honrados.

Se dedica entonces a orientar a una pléyade de jóvenes que intentan poner orden en los asuntos de la patria, como los que acuden a su casa el 30 de marzo de 1927 al conocer la aprobación de la prórroga de mandato al presidente Machado, ocasión en que el venerable maestro expulsa de su hogar al jefe de la policía con estas palabras:

¡Salga de aquí, miserable! Usted ha hecho en plena república lo que no se atrevió nunca a hacer un capitán general de la colonia.

Es a Enrique José Varona a quien Pablo escribe el 18 de marzo de 1932 desde el Presidio Modelo:

Tenemos a nuestra disposición la Biblioteca del Penal; pero, naturalmente, los libros de tal naturaleza escasean en ella. Desde luego que, antes que en nadie, pensamos en usted para que nos orientara y para que, al mismo tiempo, ya que tantas revistas le llegan sobre la materia, si en alguna encontrara algo que nos fuera útil, nos la remitiera. Preferimos, en estos momentos, cualquier cosa sobre filosofía antigua, especialmente griega, tanto como por ser fundamental en tantos aspectos, como porque nuestro libro pasa sobre ella demasiado rápidamente.

Apreciaríamos también, pero de modo muy especial, cualquier trabajo suyo, que leeríamos en “sesión solemne” y que luego guardaríamos en nuestra pequeña biblioteca que nos están haciendo. Porque estamos instalados aquí como si fuéramos a pasar años.

Carlos de la Torre vivió más de noventa años, Enrique José Varona casi 85. Dos ancianos ilustres de la cultura cubana a quienes Pablo admiró y junto a quienes podemos descubrir su joven rostro en las fotografías de grupos de estudiantes que los rodeaban y pedían consejo en los turbulentos años de la dictadura de Machado y los no menos turbulentos y muy frustrantes tiempos que sucedieron a la caída del tirano.

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