CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

PABLO Y SU JUICIO SOBRE CASTELLS

Por: Leonardo Depestre

22 de Julio de 2019

Por: Leonardo Depestre Catony

En el periodismo de Pablo de la Torriente Brau se aprecian sus dotes para la observación, el juicio meditado y la búsqueda. Fueron estos elementos esenciales de su carácter que  sencillamente trasladaba al papel cuando escribía. Sicólogo natural, en Presidio Modelo, adonde llegó con 30 años cumplidos y ligeramente mayor que la mayoría de sus compañeros de encierro político, Pablo, un confeso amante del cine, vivió la dramática película del presidio, la sufrió, y pudo escribir de esa experiencia a la manera inteligente de un espectador crítico, como diría nuestra colega y amiga Magda Resik.

Fue Pablo tremendamente apasionado, pero también tremendamente racional en sus juicios. Y la personalidad de Pedro Abraham Castells, supervisor, mandamás o dueño y señor de Presidio Modelo le ofreció aristas para enjuiciar a este hombre tan complejo, con un expediente tétrico y que no obstante, tuvo defensores y que por último, aunque enjuiciado tras la caída de Machado, fue liberado por los tribunales. A más de ocho décadas de aquel veredicto no podemos juzgar, pero sí dudar mucho de la justicia de un fallo que eximió de culpas a quien cuando menos cerro ojos y sacó provecho de los desmanes y asesinatos ocurridos en Presidio Modelo, ejecutados por sádicos mandantes y acólitos envilecidos, todos, absolutamente todos, bajo su mando.

Pero mejor demos la palabra a Pablo en esta serie de observaciones seleccionadas sobre la personalidad de Pedro Abraham Castells que hemos extraído de su serie de reportajes La isla de los 500 asesinatos.

He aquí la primera nota de Pablo, bien elocuente:

Por encima de Iván [el Terrible] solo hubo Dios y por encima de Castells solo estuvo Machado. Pero así como a “Dios”, de tanto trabajo que tiene “se le pasan muchas cosas y se hace el disimulado en otras”, así también Machado, pendiente de tanto crimen y tanto latrocinio, tenía que delegar en algunos de sus subalternos la función más activa. Por eso es que yo nunca he conocido, ni siquiera imaginado a un hombre con tanto poder, con tanta autoridad  como Castells, cuando era jefe del Presidio.

Y aquí va un ejemplo (con frase incluida) de la monstruosa filosofía del comandante Castells:

¡Llegó él y comenzó el crepúsculo en el penal; luego enseguida llegó la noche, la más profunda de las noches que haya gravitado nunca sobre ninguna penitenciaría del mundo, y la noche, como por un mandato bíblico, se inmovilizó en el tiempo y en el espacio!… ¡Los hombres se movieron en ella como topos y murieron con la angustia de las ratas que no pueden salir de la cueva!… Para él los presos eran ratas… ¡Menos!… Decía: “Para mí un preso es como un palillo de dientes: lo uso, y cuando no me sirve, ¡lo boto!”

A continuación Pablo se descubre sarcásticamente “admirado” ante la naturaleza diabólica del jefe del presidio:

Yo siento admiración ante la figura del comandante Castells. Que me culpe el que quiera. Podré sentir odio y repugnancia invencible por sus crímenes, por su desprecio a la vida y las penas de los infelices, por su crueldad cobarde, por su asquerosa alianza con lo más bajo y podrido del mundo penal; pero maravilla el ejemplar humano que él es. Cuando me acerco a la jaula donde un tigre se mueve nervioso, siento un escalofrío de miedo, pero la hermosura de la fiera me asombra. En mi imaginación yo he enjaulado a Castells, y todos los días el escalofrío del pánico me lo traen los recuerdos de los relatos de los presos, y mis propias observaciones me acrecientan la admiración por el tipo extraordinario.

Otros apuntes nos ofrece Pablo sobre la personalidad del monstruo:

Castells creyó, al atornillarse como un diente más al molino triturador de Machado, que su misión era clara y evangélica: extirpar de la sociedad cubana al hombre criminal. Y para sentir tranquila la conciencia, se enteró con anticipación de lo que pensaba un tal Lombroso, sin importarle ya nada lo que pensaba otro tal Gabriel Tarde… Y hombre de una energía sobrehumana casi, cayó sobre el presidio, primero como un desplome y después como la peste. (…)¿Qué más decir de él? ¿Que era inteligente y astuto? ¿Que fue con nosotros tan hipócrita que casi llegó a engañarnos al pensar en las causas de sus amabilidades? ¿Que era paranoico?… ¡Qué bella palabra! ¡Qué hermosa corona de pámpanos le hubiera dado Nerón a Petronio si a este se le hubiera ocurrido!

Castells en cifras: Es Pablo quien lo afirma: “…¡en el Presidio Modelo nadie murió de muerte natural!… Y lo voy a demostrar enseguida. En el Presidio Modelo, todos murieron asesinados; unos, de manera violenta, ‘fugados’, ‘suicidas’ o ‘enfermos’ y otros de manera pérfida y lenta. En primer lugar, el trabajo que se realizaba en el Presidio era más propio para bueyes que para hombres. Baste señalar, al efecto, que solo se descansaba la tarde de los domingos…”

El ahogamiento, los falsos suicidios, las igualmente falsas enfermedades, las desapariciones, la muerte a golpes y en supuestas fugas, además del crimen por el placer de matar de algunos de los asesinos maníacos que ejercían los mandos en presidio, se enseñorearon con los reclusos. Si con los presos políticos tuvo Castells alguna consideración, con los comunes fue despiadado.

¡Ese fue el hombre que los tribunales pusieron en libertad! Ya lo afirma Pablo:

¡Los 532 hombres muertos durante el régimen de Castells, según el archivo del Presidio Modelo, o los 572, según el Registro General de Penados, fueron asesinados, bárbara o pérfida y lentamente asesinados!…

¡Más de 500 asesinatos! Es ese el retrato de Pedro Abraham Castells.

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