PABLO Y SUS COMPAÑEROS RECLUSOS

Por: Leonardo Depestre

10 de Noviembre de 2020

Por Leonardo Depestre Catony

Una palpable diferenciación estableció siempre la sociedad entre los reclusos políticos y los comunes. Tal diferenciación, aun en las condiciones de confinamiento, también la establecieron las autoridades penales, que muy escasa consideración y sí bastante desprecio mostraban por los presos comunes. El propio comandante Pedro Abraham Castells, jefe del Presidio Modelo, afirmaba: “Para mí un preso es como un palillo de dientes: lo uso, y cuando no me sirve, ¡lo boto!”.

El prejuicio y la discriminación racial imperaron y hasta personas progresistas solían mostrar menosprecio hacia el recluso común, tildado invariablemente de delincuente, criminal o con otras denominaciones peyorativas.

Pablo conoció varias prisiones y muchos, muchos confinados, políticos y comunes. Él escribió:

Estar en la cárcel es vivir en la penumbra; es adquirir la virtud del recelo y una misteriosa habilidad subterránea del espíritu parecida a la doblez y más sutil –mucho más– que la hipocresía. Estar en la cárcel es también perder para siempre la confianza en el éxito del esfuerzo humano; sospechar que en realidad el mundo de afuera no es más que una cárcel un poco mayor; es sumergirse en las esperanzas sin base y dar pábulo a lo inverosímil y a lo fantástico.

Muy naturales son en Pablo algunas virtudes humanas —la solidaridad entre ellas—, no cacareadas en su caso como suelen hacer los que buscan notoriedad pública, sino practicadas con la sobriedad de quien respeta la dignidad humana y tiene el suficiente conocimiento de la sociedad y de su realidad para identificar en las raíces de esta la génesis de los problemas que tantas veces conducen al hombre al delito y el crimen.

Su libro Presidio Modelo no es como tal el testimonio de la vida entre los reclusos políticos, es por sobre todo el testimonio, la denuncia de las condiciones de vida de los presos comunes, de la impunidad con que las autoridades del penal ejecutaban los asesinatos o inducían al suicidio, el aislamiento y cuantas degradaciones humanas puedan imaginarse. Son estas las palabras de Pablo, referidas al libro:

… en él se muestra el espectáculo de un grupo de hombres —nosotros— llegados del mundo libre, asomados al vórtice aterrado y aterrador de los hombres sin libertad, sin esperanzas, bajo el temor, bajo el espanto, sobre la traición, nadando en la ignominia, olvidados, sin redención… ¡Bestia hay que ser para no haber sentido —¡para siempre!— un estremecimiento largo y profundo; para no haber sentido un impulso de comprensión casi amorosa, por aquellos forzados, de expresiones bárbaras y ojos sombríos, plenos de recuerdos inenarrables; para no haber sentido —¡también!— un aliento de rencor y de castigo para los opresores de aquellos hombres que habían descendido hasta simas tan insondables que apenas si se reconocían como hombres por otra cosa que por la figura casi inhumana!…

Como hermanos de infortunio vio Pablo a sus compañeros de prisión. Y por ellos, los que carecían del derecho a expresarse desde su encierro, habló y denunció los crímenes. El libro Cartas de presidio contiene una sección que el lector no debe pasar por alto. Allí se incluyen alrededor de 20 cartas de compañeros reclusos dirigidas a Pablo de la Torriente. Estos hombres, antiguos compañeros, que le ofrecen su confianza, constituyen una fuente valiosísima de información para Pablo en la redacción de su libro, a él revelan sus opiniones, en tanto otros con vocación de escribir le piden opinión sobre sus textos, le cuentan sus planes, le expresan respeto, agradecen y alientan a seguir adelante en su investigación sobre los crímenes del Presidio Modelo. Y algo muy importante, le hacen saber de los horrores que continúan ocurriendo en Presidio Modelo aún después de la caída de Machado.

Uno de aquellos amigos, el preso común José Rodríguez Villar, le pide: “Procura por todos los medios que venga una comisión investigadora, no a lo que vino el otro día el Secretario de Gobernación y el Jefe del Negociado de Prisiones, que hasta les dieron un banquete a ellos y a nosotros nos sirvieron una comida durante el día, como hacía meses que no la comíamos. No, que vengan a investigar, a hacer justicia y dar garantías, siquiera, a los hombres tranquilos”.

Solidario con los presos y decidido a revelar la inhumanidad imperante en los reclusorios cubanos, Pablo entrega testimonios que a la manera de piezas de un rompecabezas llenan espacios de una realidad casi desconocida y tergiversada por intereses militares y políticos. No solo presta Pablo un servicio al mejor conocimiento de los hechos históricos: con ello está sentando las bases, muy firmes por tratarse de un intelectual como él, de un género, el testimonial, en que periodismo, literatura y vertiginosidad cinematográfica, aportan sus esencias a la página escrita.

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