Páginas olvidadas de la historia republicana / RUSIA EN 1931 Y LA GENERACION DEL TREINTA

Por: Centro Pablo

9 de Enero de 2018

 

 

 

Por Alina B. López Hernández

 

Los historiadores de las ideas vienen en ocasiones a un grave error metodológico, el intérprete a las personalidades que estudian desde las aspiraciones e intereses del presente. Para evitar el anacronismo es imprescindible intentar un acercamiento lo más posible, no solo a su objeto de estudio, sino también al grupo social y generacional del cual emergió, al ambiente teórico e ideológico en que transcurrió su formación intelectual, a las influencias culturales que recibió , a las organizaciones y proyectos editoriales que fundó, a las políticas propias de su época, muchas de ellas de gran valor en la formación de sus ideas y concepciones. Solo de este modo se consigue mostrar la objetividad de un pensamiento que no puede aislarse nunca de sus condicionamientos espacio-temporales.

El centro de un análisis más exacto de los textos que más influyó entre los representantes de la generación del treinta, Rusia, 1931: reflexiones al pie del Kremlin, del Perú César Vallejo, publicado ese mismo año por Ediciones Ulises, de Madrid. [1] Una gran parte de lo que se escribió sobre la Unión Soviética en esta etapa era especulativa, dado que el gobierno de Stalin era muy cauteloso respecto a los observadores foráneos que constataran, desde adentro, el proceso de construcción de la nueva sociedad . Tampoco era común la visita de intelectuales soviéticos a otros países, salvo en funciones oficiales.

Quizás por ello fue un hito en la época el libro de César Vallejo, resultado de una visita a Rusia autorizada por el gobierno de ese país, donde recorrió –acompañado siempre por un miembro de la KGB, como explica en la introducción– fábricas, koljoses, aldeas y ciudades. Además de ser una crónica que describía la vida cotidiana de un extranjero en la URSS, era una indagación, en la medida en que ella fue posible, en las expectativas del ciudadano soviético común ante las grandes esperanzas del primer Plan Quinquenal. Es justo señalar que en esta etapa la sociedad soviética, con amplio consenso, lo apoyaba y esperaba casi un milagro del mismo. En conversación con Vallejo, los obreros de una fábrica moscovita le cuentan cómo, tras el cumplimiento del Segundo Plan Quinquenal, el nivel de vida del obrero soviético sería muy superior al del obrero norteamericano. Ante las preguntas del peruano, relativas a los pocos automóviles que se movían por Moscú, asignados en todos los casos al Partido y a los órganos estatales, casi se burlan de su ignorancia al no saber que, en apenas siete años, todos los obreros dispondrían de automóviles si lo deseaban.

No debe pensarse que este texto constituía una oposición al gobierno soviético, fue evidente que el autor quedó cautivado por la confianza de los héroes anónimos que se sacrificaban en pos de un ideal. El balance de la obra, en ese sentido, era positivo para la URSS. Tampoco fue una apología. En algunos aspectos, Vallejo criticó medidas y actitudes que despertaron su atención. La espada de Damocles que pesaba sobre el texto era, no obstante, implacable. Los plazos que el gobierno había propuesto para lograr el bienestar material y espiritual del pueblo se vencerían en poco tiempo sin demostrar la eficacia de las metas. A pesar de ello, la Constitución soviética de 1936 aseguraría que el socialismo se había afianzado en todas las ramas de la economía nacional y que la correlación de clases había cambiado. Este sería el primer paso de los sucesivos gobiernos soviéticos para proclamar lo que nunca habían alcanzado realmente.

El libro despertó gran interés entre la juventud intelectual cubana, de lo cual dan fe los siguientes hechos: Pablo de la Torriente Brau lo menciona entre los textos que no podían faltar en la habitación de Raúl Roa: “Vivía en un cuarto, con una cama, una mesa, una maquinita de escribir prestada siempre por alguien […] Había allí dos estantes con numerosos libros: El control obrero, La teodisea, Batey, Rusia en 1931…, todo Freud”.[2]

Otra evidencia es la reseña que le hace Juan Marinello en el número de enero de 1932 –nótese la inmediatez con que llegó el libro a nuestro mercado editorial– de Política. Esta era una publicación clandestina que fundara junto a José Miguel Irisarri en medio de la oposición a Machado, que comenzó a salir de manera irregular en julio de 1931 y se mantuvo hasta inicios de 1932, lo que confería gran valor a cada línea que escribían los editores, nada que no fuera trascendente, a su juicio, merecería un espacio. Sobre Rusia en 1931… consideraron:

 

Es la obra de un hombre de fe, que sabe observar. ¿Imparcialidad? ¿Es ella posible frente al fenómeno ruso? ¿Quién permanece en quietud de ánimo ante un pueblo que se construye con materiales inéditos y que marcha hacia el mundo con paso encendido? Quien quede frío ante el espectáculo grandioso ¿merece ser escuchado? Hay, sí, la posibilidad –y la obligación– de hacer lo que hace César Vallejo: demostrar una vacilación, un fracaso parcial, una medida inoportuna e insuficiente, un error de gobierno estalinista. Pero quedando a flote la fe revolucionaria.[3]

 

Un mes después de escribir esto, Marinello fue detenido. En la prisión, y durante varios meses, le haría compañía a Irisarri, Pablo de la Torriente Brau, Gabriel Barceló y al “loco Roa”. Allí se acercó al Ala Izquierda Estudiantil y se alejó del Directorio Estudiantil Universitario, allí traducirían a Bujarin y leerían El Capital, allí debatirían hasta la madrugada, según sus testimonios,[4] el camino que debía recorrer la revolución para Cuba. El interés con el que esta generación intelectual seguía la experiencia soviética era loable, según palabras de Roa en carta a Jorge Mañach, de noviembre de 1931: “Nosotros pretendemos, no obstante nuestro marxismo, resolver el problema cubano con datos cubanos y no con datos rusos; y […] nuestra forma de verlo y de acometerlo no es inútil ni contraproducente, sino extraída de las propias necesidades cubanas, y, por ende, cierta y fecunda”.[5]

En ese camino les ayudó, entre otros textos, el libro Rusia en 1931: reflexiones al pie del Kremlin, del peruano César Vallejo.

 

 

[1] César Vallejo: Rusia en 1931: reflexiones al pie del Kremlin, Ediciones Ulises, Madrid, 1931. Esta edición se conserva, en perfecto estado, en la sala general de la Biblioteca Nacional “José Martí”.

[2] Pablo de la Torriente Brau: “Trago inicial”, Prólogo a Raúl Roa: Bufa subversiva, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2006, p. 11.

[3] Juan Marinello: “Los libros”, Política, año 2, no. 2, La Habana, enero de 1932, p. 11.

[4]Ana Suárez Díaz: Cada tiempo trae una faena. Selección de correspondencia de Juan Marinello Vidaurreta 1923-1940, Editorial José Martí, La Habana, 2004; Raúl Roa: Bufa subversiva, ob. cit.

[5] Raúl Roa: Bufa subversiva , ob. cit., p. 200.

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