PARA ALICIA

Por: Centro Pablo

31 de Octubre de 2019

PARA ALICIA

El Centro Pablo y su boletín Memoria hacen suyas las palabras que nuestro hermano Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana, pronunció para despedir a Alicia Alonso, “parte del alma invisible de Cuba, de la que hablaba Martí”. La Colección Palabra viva del Centro Pablo presentó hace pocos años, junto a Alicia y Ruth de la Torriente Brau, hermana del héroe de Majadahonda, el volumen sonoro que reunió entrevistas realizadas por Orlando Castellanos a lo largo del tiempo, en las que Alicia recorre, de viva voz, el camino esplendoroso y tenaz de su arte, es decir, de su vida.

Dichosa tú, que al entrar en este instante en ese provisorio silencio y sombras que acompañan necesariamente esto que el hombre, el ser humano ha llamado la muerte, te libras de ella por tu obra, te libras de ella por la grandeza de tu voluntad férrea, tantas veces demostrada; te libras de ella porque tuviste un don entre las raras y extraordinarias cualidades que a contadas personas se les otorgan en el género humano: una percepción de la realidad y las cosas, más allá aun de la vista temporal: la capacidad de ver o de imaginar los colores que alguna vez contemplaste, o las formas que solamente tus manos sabían descubrir.

Cuando sola estabas sentada en la sala —donde suelen hacerse los ensayos y las prácticas más rigurosas—, absolutamente abstraída, podías percibir sobre el tabloncillo de madera el suave rumor de las zapatillas. Conocías del acierto y del desacierto, de lo perfecto o de lo que se acercaba a ello, que era y fue siempre tu máxima aspiración. Era un privilegio verte en ese momento, sin interrumpirte, desde luego, porque envolvía tu rostro una paz única, la que solamente poseen aquellos que están conformes consigo mismos y que han cumplido bien, como afirmó José Martí, la obra de la vida. Esa afirmación que estuvo precedida de otra no menos importante: la muerte no es verdad, se convierte en un carro de gloria para los que han alcanzado, como tú, la fama y el amor de tu pueblo.

Pero hace un momento has tenido un privilegio aún mayor. Los aplausos y los gritos palidecen ante los acordes del Himno de la Patria que amaste, de la Cuba que quisiste intensamente, sin vacilaciones. Sin dudas, sin un solo momento en el cual perturbar tu espíritu la idea de que la Patria (de la cual tú formabas parte, que contribuiste altamente a sostener con tu obra) podía en un momento oportuno flaquear.

Te conocí, hace tantos años, querida. Hace tantos años, cuando yo era un joven peregrino buscando también mi propio camino. Y tú, con esa gran generosidad, con esa extraordinaria generosidad, pusiste las manos sobre mí, guiándome y alentándome a continuar por el camino.
No naciste en una cuna de pobreza, no naciste precisamente en el seno de la parte más pobre y sufrida de Cuba, sin embargo, tu alma jamás se separó de ellos, y toda tu obra estuvo encaminada a exaltar los valores del pueblo cubano; hacer en medio de los preludios de la Revolución social, aquella protesta única que te llevó a lo alto desde la acrópolis de La Habana, la Universidad, para ser arropada por la juventud. Muchos de los que aquel día te aplaudieron cayeron muertos luego por la mano criminal y bárbara, sin embargo, tú jamás olvidaste.
Cuando acudiste a la Casa de Beneficencia y Maternidad a pedirle a la superiora aquellos niños que tenían el nombre del apellido Valdés para llevarlos al seno de ballet y demostrar que cualquiera de ellos tenía in situ la genialidad, la capacidad de volar y llegar a cualquier parte.
Qué dolor el tuyo, cuando algunos de esos discípulos tomaron otro camino, sin embargo, nunca existió para ti ni rencor, ni condena, más bien comprensión, sentido común. Y hoy en cualquier latitud del mundo, muy mayores ya los que se fueron jóvenes, al tener noticias de que has muerto, lloran.

Tú eres parte del alma invisible de Cuba, de la que hablaba Martí. Tú eres parte de nuestro tesoro. El teatro lleva tu nombre. Todo los honores que Cuba pudo tributarte, los recibiste en vida, y este de hoy es y no es el último.

Cerca de ti están tus buenos padres, los que tanto quisiste. Ellos te acompañan ahora, amiga querida, en tu largo viaje. En ese viaje, que al decir de Jorge Manrique, concedía solo inmortalidad a los artistas, porque ellos en cualquier parte de la tierra serán recordados.
Si la Revolución hizo y favoreció tu obra y tu sueño, Fidel pudo decir un día, con razón, que tú habías logrado casi lo imposible, y es que antes de aquella victoria ya tenías fama y nombre, y se inclinaban ante ti las bailarinas más importantes del mundo, los conjuntos más célebres: desde los Estados Unidos hasta la Rusia blanca de nieve, hasta la Francia culta. Por doquier se te rindió homenaje.

Te acompañan ahora, misteriosamente, como las musas de los sueños, aunque sean invisibles a nuestros ojos, las joyas que tú creaste, todas danzan en el día de hoy, llevándote una vez más una mítica corona de laureles.

Y como fuiste habanera, muy cubana, pero tan habanera, quisiera ahora, en que tu voz y tu sonrisa se han apagado cuando apenas faltan horas para ese 500 aniversario, escuchar esas palabras claras y lúcidas que se tienen que convertir en lápida para colocarlas en alguna parte de esta ciudad que tanto amaste:

“La Habana representa para mí, ante todo, las raíces, porque La Habana es una ciudad que siempre estamos haciendo, que nunca dejaremos de construir. Cuando me llega el rumor de sus calles, mi sensación no es de nostalgias, mis recuerdos no me asaltan con el encanto irreal de aquello que no volverá a suceder, porque en ella siento la naturalidad de andar por casa, la sencillez de una relación familiar. La Habana Vieja guarda algunos lugares muy especiales en mi vida. En la Iglesia del Santo Ángel Custodio fui bautizada (agrego yo: en la misma pila donde fueron bautizados el santo de los cubanos: Félix Varela y José Martí). (…) En La Habana está la continuidad de nuestro ser, la prolongación de cada uno de nosotros hacia el pasado y hacia el futuro.”

Estas palabras tan bellas, tan profundas, que difícilmente se podrían escribir con más lucidez por otro poeta o un historiador.

Aquí te acompañan, amada, las coronas de los representantes de tu pueblo: el Presidente; el General de Ejército, líder de la Revolución; la de tus hijos tan queridos, la de tus alumnos, la de tu esposo que te ha acompañado solitaria y dolorosamente hasta en este triste momento en que ya la vida desaparece.

Muchas gracias.

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