PARA QUE ESA LLAMA DE AMOR NO SE EXTINGA: PABLO Y LEAL, BAJO LAS YAGRUMAS

Por: Jesus García

29 de Septiembre de 2020

Por María Fernanda Ferrer

El Primer Encuentro Internacional Cien años de Pablo, fue una cita académica que, organizada por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, se desarrolló en la sede de esa institución habanera el último mes del 2000, es decir, hace ya veinte años, si acudimos a la matemática elemental. En diciembre del presente 2020 festejaremos los 119 años del natalicio del periodista y revolucionario que vino al mundo un 12 de diciembre de 1901, en San Juan, Puerto Rico, y murió en Majadahonda, España a los treinta y cinco años de edad, defendiendo la República agredida.

La tarde de la inauguración del Encuentro el patio de las yagrumas de la casona de Muralla 63, en la parte antigua de la ciudad colonial, se colmó de un nutrido grupo de historiadores, investigadores, ensayistas, poetas, trovadores… gente de pensamiento interesada en acercarse a las diversas facetas de la vida y la obra de Pablo, un hombre que hizo del periodismo su arma fundamental de combate.

Entre las personalidades asistentes -ya fallecidas- se encontraban el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar, presidente de la Casa de las Américas; el Héroe de la República de Cuba José Ramón Fernández, quien ocupó importantes cargos como Vicepresidente del Consejo de Ministros y del Comité Ejecutivo y Presidente del Comité Olímpico Cubano. También acudió Ruth de la Torriente Brau, hermana menor de Pablo y “hada madrina” de la institución, fundada por el poeta y cineasta Víctor Casaus, en 1996, junto a María Santucho.

El orador principal de esa tarde fue el doctor Eusebio Leal, Historiador de la ciudad de La Habana, “duende y guardián” de las piedras y los misterios que ellas encierran y quien, lamentablemente, falleció el 31 de julio del presente y complicado 2020. Por la hermosura de su verbo, por la profundidad de sus pensamientos y por la claridad de sus ideas, reproducimos íntegramente las palabras pronunciadas por ese “hombre tribuno” que, como pocos, poseía el don de encantar con la palabra.

Con admirable devoción, que lo honra mucho por cierto, Víctor Casaus abrió un espacio en la cultura cubana, dejando los merecidos lauros que tanto tiempo le llevaron acumular en su obra personal como intelectual y poniéndolos al servicio de una memoria. De una memoria con la cual se ha identificado tanto, que si hoy podemos decir que Pablo ocupa un espacio en la actividad cultural y el pensamiento cubano, lo deberíamos a dos cubanos esencialmente.

A uno que supo reunir el sentimiento de todos los cubanos, a Raúl Roa, que cultivó a lo largo de los años la inconsolable tristeza por la temprana partida de Pablo, y que lo honró en sus escritos y en la amistad y en la vida diaria; y a Víctor que desde este Centro ha logrado reunirnos a todos para que esa llama de amor no se extinga. A la luz de ella, arribamos al Centenario de Pablo y con la presencia y la tutela fraterna de Ruth, que a lo largo de toda la vida con su hermana Zoe -a quien recuerdo perfectamente en tantísimas oportunidades- fue la fiel custodia de una memoria familiar que trascendía nuestra Isla, volvía una vez más a tejer un lazo entre Puerto Rico y Cuba y que nos acercaba por la sangre de Pablo, a la España irredenta de 1936, donde se daba una batalla no solo por el pueblo español, sino una batalla por la humanidad.

La guerra civil era como el prólogo y el primer acto de un debate mayor, que arrebató a la juventud cubana llevando a los campos de batalla a un grupo numerosísimo de jóvenes, que demostraron en aquellas viriles acciones que la gran España, la España grande, la de las ideas, la de los sentimientos, la de Mariano Martí; la España de los combatientes españoles en las filas de nuestro Ejército Libertador, la España de los pensadores y de los atrevidos luchadores por la libertad, había hallado eco en sus corazones y que, poniéndose por encima de la paradoja, que aparentemente suponía que cuando no habían decursado cuatro décadas de la Guerra de Cuba, un contingente de jóvenes cubanos fuesen a luchar en suelo español por una causa española, viesen en ese debate una causa de la humanidad.

Hay esta tarde en la sala, en el patio gentil de esta casa, mujeres y hombres que participaron en la Guerra Civil Española. Cubanos, norteamericanos, españoles que se han reunido para celebrar el Primer Centenario de Pablo.

Y ha comenzado con esa maravillosa canción trovadoresca con que Silvio Rodríguez, dio cuerpo sonoro a los inmortales versos que están en la esencia de la despedida del duelo de Pablo, pronunciada por Miguel Hernández, el pastorcito de Orihuela: los versos apasionados que retratan el dolor de los compañeros, que ven derrumbarse al primero de aquellos grandes soldados de la libertad que integraron el contingente de Cuba. Un contingente que se unió a norteamericanos, a italianos, a húngaros, a gente de otras patrias hispanoamericanas, que se abrazaron en el suelo español por la República y por la libertad.

Las palabras de Miguel Hernández son el más hermoso homenaje al que quedó con sus huesos en Majadahonda, pero cuyo espíritu como el del Gran Capitán saltó por encima de su tumba, proclamando que en la tierra de España quedaban sus huesos, pero su gloria no. Su gloria atravesaría una vez más, de regreso, el océano para volver a éste que fue su mundo, a éste que fue su ámbito, a éste que fue el teatro de sus primeros y más grandes sueños: Cuba. Era el sol de Cuba el que estaba en los huesos independientemente de que en la hora postrera fuese el de España el que iluminase sus ojos.

A Pablo debemos no solamente ese ejemplo, sino su extraordinaria y grande originalidad. Tan grande como su figura, que Raúl Roa describió en tantas ocasiones: aquella figura que sorprendió a los compañeros del Presidio en la Isla de la Juventud  -Isla de Pinos entonces-, en la cárcel terrible con sus ocurrencias, con sus palabrotas, con sus chistes, con sus retratos hablados de los compañeros y con aquellas cartas que leí en mi primera juventud en el archivo de Emilio Roig, también amigo suyo, a quien, a dos tenores con Juan Marinello y con el propio Raúl, escribió cartas maravillosas que han llegado hasta hoy.

El Centro ha promovido estas conmemoraciones ardorosamente. Víctor las ha cantado anticipadamente utilizando para ello, como ha dicho, todos los medios a su alcance.

Hace unos pocos días el homenaje tocaba el lugar más alto, cuando en vísperas de estas conmemoraciones se reunía en el patio, junto a lo más granado de la cultura y de la juventud cubana, de su más pura vanguardia intelectual, el Jefe de la Revolución para suscribir con sus palabras de elogio, el valor y el mérito que el Centro y su obra suponen.

Pablo, España, Cuba suponen, en 1936, una deuda a pagar por todos aquellos que habían luchado en las jornadas más dolorosas por Cuba desde España y desde Cuba, cuando aún éramos una parte de la tierra española y cuando llegado el momento de los grandes bríos y del gran debate definitorio, se hallaron frente a frente.

Tenemos la suerte de tener hoy entre nosotros aquí, a uno de los símbolos vivientes de la amistad del pueblo norteamericano con la España republicana y con Cuba. De aquellos que lucharon en el contingente Abraham Lincoln. De aquellos que hasta, aun hoy, defienden las causas más justas y más nobles, entre ellas la causa del pueblo cubano.

En el día de hoy, al comenzar esta jornada por Pablo, considero indispensable decir esto porque sin ello no sería posible explicar: ¿por qué se fue a derramar tan tempranamente aquella sangre en tierra española cuando todavía vivían los que habían sido en Cuba cautivos de las cárceles, cuando aún vivían los que volvieron del exilio en Chafarinas y en Fernando Poo…? Cuando aún vivía una buena parte de los que habían combatido en suelo cubano por la libertad. Y es que en esa batalla se unieron cubanos y españoles, renunciando a todas las confrontaciones, abrazados en Cuba por amor aunque alguna vez se hubiese servido a España por deber.

 

Para todos aquellos amigos de Pablo caídos en España junto a él.
Para los que lloraron su muerte en Majadahonda.
Para los que le acompañaron a la tumba secreta donde permanecen aún ocultos sus restos, nuestro pensamiento y nuestra gratitud.
Y que aquellas lágrimas y aquellos cantos luctuosos celebrados sobre su tumba, nos permitan hoy el sentimiento profundo de gratitud por todos lo que de una parte u otra de la tierra han servido y amado a la causa de nuestro pueblo.
Y a Pablo puertorriqueño que soñaba continuamente con que Puerto Rico fuese también, como lo soñó Martí, una parte de la América Libre, nuestra memoria y nuestro tributo.
A un Pablo que no ha muerto y no se ha ido, sino que vive entre nosotros. Nosotros consideramos y creemos que esa trascendencia es cierta. No es solamente un ardid literario ni una ficción de la palabra, sino una gran verdad.

Cuando se deja en la obra una parte de la vida, cuando se deja en actos o en poesía un sueño, se vive más allá de la muerte y esta es, como dijo Martí, un carro de gloria, un carro de hojas verdes, en que a morir nos han de llevar.
Para Pablo, en el día de su Centenario, nuestro recuerdo emocionado.
Para Pablo, nuestras flores.
Para Pablo, nuestros cantos.
Para Pablo, nuestros poemas y, desde luego, esta reunión de amigos que es en realidad una multitud.
Porque a nuestra convocatoria, a estas cabezas canas y a estas otras cabezas jóvenes, se unen la de una mirada de compañeros, que acuden hoy colmando el patio y colmando La Habana Vieja.
Por estos caminos que recorrió Pablo muchas veces, para ir al despacho de Don Fernando, de la mano de Rubén, de la mano de Raúl, de la mano de los compañeros que formaron el primor de su generación.
Para Pablo nuestros cantos y nuestra inacabable gratitud.

Muchas gracias.

 

Eusebio Leal Spengler

 

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