PENSANDO EN PABLO MIENTRAS VEO EL RUGBY

Por: Leonardo Depestre

20 de Octubre de 2020

Por Leonardo Depestre Catony

Noches atrás el canal TeleRebelde, el de los deportes, trasmitía fútbol rugby. No es que sea aficionado a este fútbol, pero no había nada más atractivo y me dispuse a verlo. Para mi gusto, el rugby es muy enredado y sobre todo, un deporte de violencia sostenida.  Entonces me acordé de Pablo de la Torriente Brau, de la fotografía en que aparece su rostro, como uno más en el grupo de compañeros del equipo de rugby de la Universidad.

Llama la atención que el fútbol rugby se juega con una pelota ovalada como la semilla de un mamey, pero más grande, y el jugador que la sostiene y corre como un diablo con ella oprimida contra su pecho, lleva tras de sí una verdadera jauría de contrarios que tratan de agarrarlo por donde sea, y cuando lo consiguen le caen encima con violencia, uno tras otro, en pirámide, asfixiándolo para quitársela, hasta ponerlo hecho un tostón. ¡Qué manera de darse golpes por  la dichosa pelota!

Deporte así Pablo lo jugó con calidad suficiente como para que las muchachas de la Universidad gritaran enardecidas desde las gradas, su apellido: ¡TORRIENTE! ¡TORRIENTE! ¡TORRIENTE! Nada de Pablo, como le decimos ahora. Su corpachón y estatura le permitían practicar una disciplina en que el atleta se reviste de tal forma que solo le faltan los cuernos para semejar un rinoceronte. Deporte de hombres jóvenes y fuertes, de puñetazos, agarrones y asfixia para el que ha quedado debajo.

Solo que ahora, no ya pensando en Pablo, sino pensando como Pablo, le vería el lado positivo al rugby actual. Y es el de la nacionalidad de uno de los equipos que se enfrentan, porque uno es africano. Es decir, lo juegan jóvenes de la raza negra, que lo están haciendo contra otro equipo europeo, de muchachones donde tampoco todos son blancos. Pablo estaría contento de tal integración, porque en sus tiempos eso hubiera sido casi inaudito. El rugby era un juego que lo practicaban los estudiantes universitarios y sin que lo estableciera ninguna regla, eran todos blancos.

Pero el rugby no era el único deporte que a Pablo enardecía. También la pelota. Y era tal su pasión por las bolas y los strikes que hasta le “perdonaba” al magistral Adolfo Luque, astro supremo del beisbol cubano, que fuera machadista, tal como confiesa en una de sus cartas desde Norteamérica.

Pablo tuvo la posibilidad de ver competir a varios de los deportistas cubanos más gloriosos de todos los tiempos, porque Cuba siempre los ha dado, tanto antes como ahora. Vivió el reinado universal de José Raúl Capablanca en el ajedrez, el de Ramón Fonst en la esgrima, el de Kid Chocolate en el boxeo, el de Alfredo de Oro en el billar. También vio correr al Relámpago Caribe, es decir, a Pepe Barrientos, uno de los mejores velocistas del mundo en la década del 20, hace ya casi cien años, y vio nadar a Leonel Bebito Smith, el primer cubano en ostentar récords centroamericanos de natación.

Pero bueno, volvamos al rugby, que ahora ha vuelto a renacer (un poquito, no mucho) en Cuba y aunque tal vez nadie más haga las asociaciones mentales de quien escribe los apuntes que usted lee, este redactor se empeña en tomarlo como un tributo a la memoria de Pablo. Entonces, ¡que para bien sea el retorno del fútbol rugby!

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