POBLINA DE UN VIAJE CON AGENDA ROJA

Por: Centro Pablo

2 de Diciembre de 2019

Por Margarita Mateo Palmer

Foto: Iván Soca

Un diario, sí, pero no íntimo, ni concebido para el diálogo con uno mismo o destinado a llevar al papel las experiencias privadas, los acontecimientos más personales, sino dirigido a un lector colectivo y concreto, mencionado en el texto con pelos y señales, no a un receptor ideal. Un diario escrito en una época de pobres posibilidades para la comunicación, casi epistolar, como una larga carta depositada en un sobre sin la imposible dirección del remitente, donde aparecieran trazadas, con delicadeza, siglas ya anacrónicas en la era digital: E.S.M., el “En sus manos” de tantos mensajes manuscritos del pasado. Un diario, sí, que con los dibujos, mapas y caricaturas –denominados por el autor garabatos– se acerca por momentos al comic –“Estamos pasando un pueblo”. Dibujo del pueblo. “Ya pasamos el pueblo”–, con sus juegos tipográficos y onomatopéyicos, el carácter episódico y su fuerte carga de humor.

Un diario escrito por encargo, un encargo muy especial que solicita fijar la historia para no olvidar pequeños detalles, guardar testimonio y asentar la memoria: mandato materno que permite hoy a ese lector virtual, no imaginado entonces, volver la mirada hacia varias décadas atrás para conocer algunas peripecias de un momento de fundaciones de la canción cubana. Diario de un viaje, que como todo viaje que se respete, comienza con una despedida en la cual el pañuelo blanco, agitado a los lejos –muelle o andén–, hasta ser borrado por la distancia se transmuta en una pequeña agenda roja pegada a la ventanilla del avión: la misma donde serán recogidas las experiencias del viajero y se comentarán, más adelante, otras formas de decir adiós, frecuentes en la gira de los artistas:

Qué distintas son las despedidas cuando nadie lo despide a uno con la esperanza del regreso, cuando el que se va no siente la tristeza, ni hay nudos en las gargantas; cuando no se deja a nadie a quien recordar, a quien regresar; cuando no hubo tiempo de “domesticar” una amistad, un amor. Las despedidas, entonces, se tornan tan frías que casi duelen por el hecho de que, precisamente, no duelen.

Contras dos dimensiones que se dan la mano –tiempo y distancia– librará el trovador una especie de batalla, intento de rebeldía ante los husos horarios. La hora de Cuba, marcada al principio y al final del libro, medida siempre por un reloj interior –no un ¡Hasta mañana! sino ¡Buen provecho!– pugnará por volver a ser la única protagonista. La lucha en el plano espacial tendrá un oponente principal, el sol, ya retado en el viaje de ida: “En esta veloz carrera por el espacio, le estamos ganando al sol. Esta mañana lo hicimos despertarse temprano y ahora lo mandamos a dormir antes de tiempo.” Al regreso, en las cercanías de Rabat, se reanudará la competencia, pero ahora con el apremio de la llegada: “Abajo, a la derecha, se ve un azul entre las nubes. El sol no se ha levantado todavía. Vamos en carrera hacia el oeste y casi lo dejamos atrás, sentadito en el horizonte.” Pero es hacia el final de la travesía, cuando ya está próxima la isla, que se le asesta el golpe final: “Estamos en pleno Atlántico sur. Allá abajo no se distingue ni una sola isla. El azul se confunde con el cielo y en esta carrera loca con el sol le estamos ganando en ocho horas, pues llegaremos a las 8:30 pm de Moscú, pero en Cuba solo será la 1:30 pm.”

La lista de las muchas “guajirás” cometidas –que en realidad constituyen, en términos greimasianos, todo un proceso de adquisición de competencia, pequeñas pruebas que califican al sujeto–, va subiendo en intensidad hasta llegar a dos particularmente jocosas: la relacionada con el sol rojo de un Van Gogh en el Museo de Dresde y la ropa interior puesta a secar en el balcón con una temperatura de algunos grados bajo cero.

Contemplándose a sí mismo con mirada severa y risueña a la vez, salta por todas partes el agudo y peculiar sentido del humor del trovador oriental, también notable en algunas de sus canciones. Así sucede incluso en un momento de sublime comunión, logrado en la iglesia de Santo Tomás en Leipzig, que pudiera ser considerado la cima culminante del viaje desde el punto de vista espiritual, aunque entonces hayan sido vencidas las batallas principales, guitarra en mano, sobre el escenario, frente a un público de una lengua muy distinta de la de los trovadores, incapaz de comprender las letras de sus canciones. Ya antes, en el inevitable diálogo que todo viajero establece entre sus propias referencias culturales y las foráneas, se había hecho el siguiente comentario:

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