POESÍA NECESARIA

Por: Leonardo Depestre

25 de Abril de 2018

Con César Vallejo

César Vallejo (1892-1938) es seguramente el poeta peruano de más fecunda presencia en las letras de habla española. Tuvo una vida breve, intensa y pródiga. Es Roberto Fernández Retamar quien apunta: “A nadie debe extrañarle que a Vallejo, como a Martí, lo sientan suyo hombres de diversas confesiones. Sabemos (y ello nos enorgullece íntimamente) que Vallejo, como Martí, fue un revolucionario; que Vallejo fue un comunista militante; pero ¿quién se atrevería a considerarlo enmurallado en sus creencias, a las que él había llegado ‘como un hombre que soy y que he sufrido’, cuando esas creencias no tienen nada que ver con una muralla”.

De uno de sus textos más conocidos, España, aparta de mí este cáliz, perteneciente a su último período de creación, entresacamos este poema de tanta fuerza expresiva como dramático lirismo.

Imagen española de la muerte”

¡Ahí pasa! ¡Llamadla! ¡Es su costado!

¡Ahí pasa la muerte por Irún:

sus pasos de acordeón, su palabrota,

su metro del tejido que te dije,

su gramo de aquel peso que he callado ¡si son ellos!

¡Llamadla! ¡Daos prisa! Va buscándome en los rifles,

como que sabe bien dónde la venzo,

cuál es mi maña grande, mis leyes especiosas, mis códigos terribles.

¡Llamadla! Ella camina exactamente como un hombre, entre las fieras,

se apoya en aquel brazo que se enlaza a nuestros pies

cuando dormimos en los parapetos

y se para a las puertas elásticas del sueño.

¡Gritó! ¡Gritó! ¡Gritó su grito nato, sensorial!

Gritará de vergüenza, de ver cómo ha caído entre las plantas,

de ver cómo se aleja de las bestias,

de oír cómo decimos: ¡Es la muerte!

¡De herir nuestros más grandes intereses!

(Porque elabora su hígado la gota que te dije, camarada;

porque se come el alma del vecino).

¡Llamadla! Hay que seguirla

hasta el pie de los tanques enemigos,

que la muerte es un ser sido a la fuerza,

cuyo principio y fin llevo grabados

a la cabeza de mis ilusiones,

por mucho que ella corra el peligro corriente

que tú sabes

y que haga como que hace que me ignora.

¡Llamadla! No es un ser, muerte violenta,

sino, apenas, lacónico suceso;

más bien su modo tira, cuando ataca,

tira a tumulto simple, sin órbita ni cánticos de dicha;

más bien tira su tiempo audaz, a céntimo impreciso

y sus sordos quilates, a déspotas aplausos.

Llamadla, que en llamándola con saña, con figuras,

se la ayuda a arrastrar sus tres rodillas,

como, a veces,

a veces duelen, punzan fracciones enigmáticas, globales,

como, a veces, me palpo y no me siento.

¡Llamadla! ¡Daos prisa! Va buscándome,

con su coñac, su pómulo moral,

sus pasos de acordeón, su palabrota.

¡Llamadla! No hay que perderle el hilo en que la lloro.

De su olor para arriba, ¡ay de mi polvo, camarada!

De su pus para arriba, ¡ay de mi férula, teniente!

De su imán para abajo, ¡ay de mi tumba!

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