CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

POSTERIDAD DE MELLA

Por: Centro Pablo

7 de Febrero de 2018

Por: Rosario Alfonso Parodi

La generación que luchó contra Batista en la década del 50 conoció a Julio Antonio Mella a través de papeles y discursos dispersos. Su aprendizaje acerca del intelectual Mella y del revolucionario Mella provino de los espacios informales, de hacer preguntas, hablar,  indagar EN la vivencia y la palabra de sus contemporáneos; fuentes primordiales, salvaguardas persistentes, albaceas incansables, que lograron traer su leyenda (la más peligrosa leyenda) para convertirla en el símbolo combativo en que se convirtió.

El recuerdo de la vida e ideas mellistas era peligroso y confrontaba en Cuba, infinidad de intereses; confrontaba a todo el status quo, al modelo de capitalismo subdesarrollado, a los nacionalistas conservadores de corbata, yugo y escaño, a sus viejos enemigos de la FEU, algunos consolidados representantes de la burguesía industrial cubana, a Batista, el mayordomo amantísimo de los Rockefeller, que había tiroteado el entierro de Mella, bajo mandato vejaminoso del embajador Jefferson Caffery.

El orden político identificaba lo más peligroso a su hegemonía en materia simbólica y lo anulaba con relativa facilidad dentro del campo notable y consistente de la libertad de expresión en Cuba. Pero el mito Mella tuvo siempre fuerza inusual. Y sin poder eclipsarlo, se encargaron de reservarle una posteridad difícil.

Con sus estrategias criollas de anticomunismo visceral, intentaron gangrenar su memoria con meriendas conmemorativas de sustantivo sin verbo, con señoritas que advierten en Mella la beldad malograda, con reportajes especiales para Bohemia de Mella el atleta, el remero, el leader (en inglés), con varias síntesis noveleras de la historia universitaria, para la prensa y para la obediencia, donde Mella era llamado “colaborador estudiantil de las luchas del proletariado”. Inclusive optaron por mostrar al Mella protagonista de una heroica huelga de hambre, para destacar el meritorio desempeño a su lado, del querido Eddy Chibás.  

Si el orden político mentaba su vínculo con el Partido Comunista, del que (“lamentablemente”) resultaba Mella fundador, entonces era el disidente, víctima del agente Vittorio Vidali,  de la amante Modotti y del padrecito Stalin. Nunca, Mella el comunista radical, identificado totalmente con la universalización del marxismo y el comunismo.

Sin embargo, y a pesar del silencio represivo de la post revolución del 30, la leyenda Mella pervivió. La vanguardia revolucionaria de la nueva época halló sus puentes hacia él, de creativa y variada manera, e hizo lo que Mella quería, lo único honrado. Lucharon a muerte y triunfaron.

Fundaron una Revolución Socialista que barría con todos los esquemas, entregaba el país a sus ciudadanos, que ya no eran solo algunos, sino todos los cubanos. La Revolución reivindicaba los grandes debates y la libertad para formular infinidad de preguntas, incluida la pregunta de para qué; producía pensamiento para armarse como poder, resistir y avanzar hacia horizontes inestimables de radicalidad. Y Mella se convertía naturalmente en bandera dorada, paradigma innegable y fuente nutricia. Había que estudiarlo y leerlo: época, palabra, vida.

Mella era un ejemplo no solo de gran revolucionario marxista, fundador del PC de su país, sino del militante radical que chocaba muy pronto y polemizaba con directrices partidistas homogeneizadoras, que exigían actitudes de inmovilidad, conformismo y a veces enajenación de la necesidad revolucionaria de su contexto; grave dicotomía que era necesario atender y destruir en la nueva experiencia de organización unitaria de la Revolución.

El Partido Socialista Popular, el partido comunista histórico, integrado por sus méritos a la Revolución Cubana y al proceso de la Unidad, se encargaría en el Poder de coordinar, no solo la integración de las Organizaciones, sino una parte del mundo de la divulgación de las ideas revolucionarias.

Contribuyó con la cohesión ideológica entorno a la lucha contra el imperialismo y en post de un modelo de socialismo, pero también logró intervenir la relación de la Revolución con una parte de su pasado, encubrir errores propios, neutralizar y proscribir.

A Mella lo habían metabolizado después de su muerte, como fundador y estandarte, y los conflictos relacionados con su suspensión de las filas del Partido, y un número no pequeño de iniciativas negativas para coartarlo y coartar su futuro como revolucionario, habían sido resueltas desde el ocultamiento.

Cuando la Revolución vivió un tremendo recorte de ideales y se afianzó una lectura de la historia en forma de catecismo, Mella, muy respetable, integrado a la identidad y la visualidad de la Juventud del Partido de la Revolución, era más indiscutible, pero más indiscutido.

En 1975, con el Primer Congreso, Fidel Castro, quien es junto al Che Guevara el revolucionario más incómodo al dogmatismo después de 1959, consideró imprescindible la compilación de los textos mellistas, como gran oportunidad de leerlo y dialogar con él, desde la cultura acumulada y la posición privilegiada de vivir en Revolución. A la vez aparecía Julio Antonio Mella, biografía por Erasmo Dumpierre, donde Juan Marinello el prologuista, recordaba, muy enfático el momento en que presenció la exhumación del cuerpo de Mella y vio sus cabellos crecidos después de la muerte.  

Con estas y otras intermitencias, algunas desafiantes pero aisladas, Mella volvió a la niebla de los sin tacha, a la retórica adjetivada de las escuelas y los libros de texto; volvió al reino de lo anecdótico; se le reacomodaron tópicos entre los que figura muy destacada su vinculación con Tina Modotti, de efímero romance sensual hacia la gran historia de amor entre dos compañeros de lucha.

Múltiples intervenciones han tratado de transformar esa realidad limitada y limitante, para que Mella pueda trascender los sesgos de su propia trascendencia, y mucho se ha logrado acumular gracias a tantos historiadores e investigadores muy serios, acuciosos y honestos que intentan una visión totalizadora de las revoluciones en Cuba, sus personalidades y sus conflictos. Pero aun este libro que presentamos hoy lleva a cuestas la carga de la necesidad que tenemos los cubanos de LEER A MELLA.

La palabra de Mella será en definitiva la que rete a las simplificaciones, las mistificaciones y las tergiversaciones enquistadas. Ayudará inclusive a des caracterizar inclemente, a algunos timadores en busca de notoriedad, que se dicen apologetas del héroe de carne y hueso y no hacen otra cosa que sustituir lugar común por lugar común y estereotipo por estereotipo.

Hacer ídolos de carne y hueso es algo sumamente complejo, porque si bien, aquellos a los que llamamos héroes, tienen conflictos cotidianos, viven de diversa manera el dolor físico, el deseo sexual,  la violencia, el apego o desapego a la familia, pueden ser arbitrarios, egoístas, obstinados, son seres en uno o más sentido FUERA DE LA NORMA, actores insertados en el tejido INMENSO de las relaciones sociales donde protagonizan iniciativas NOTABLES, rodeados de amigos, adversarios, compañeros, admiradores, detractores, grupos, instituciones, que los limitan o los compulsan.

En el caso de Mella, su complejidad y la de su época son parte esencial de su belleza y de su grandeza, y rescatarlo indemne, impone percibir que su formación toda fue de orden polémico, que tuvo vocación fundadora perenne, una inteligencia rotunda CON fundamento marxista, una portentosa imaginación siempre en despliegue y un anti dogmatismo que le permitió añorar la revolución mundial y también plantearse la insurrección en Cuba, tomando en cuenta a los representantes del nacionalismo rancio, como elementos circunstanciales decisivos.

Este libro contribuirá a revelárnoslo mejor. Nos mostrará además, cuánto de valentía personal requiere ser mellista; cómo algunos que dicen serlo no lo son, cómo algunos que han dicho serlo no lo fueron. Prefirieron guardarlo (obra y ceniza) en anaqueles como un adorno.

Y las ideas revolucionarias no pueden ser un adorno, tienen que estar en primera fila siempre, más hoy, cuando hay que combatir formas de explotación y desigualdad toleradas y en vías de ser asimiladas, con pragmatismo y como solución, para liberar al Estado de sacrificios irrentables. Este libro, colocado ante ese escenario, no solo mueve a pensar otra vez en el debate inagotable entre teoría y práctica, sino que demuestra, a través de Mella, como el intelectual revolucionario no se debe al podio y a la pauta estilística, tiene, para ser, que plantearse el deber de repercutir constructivamente en el conjunto de la sociedad.

Este libro será necesario, en definitiva, para ser tercos y seguir tratando, guevarianamente, de convertir la sociedad en una gran escuela. Ser tercos y seguir defendiendo como Mella, al internacionalismo como la política exterior de las revoluciones, y la mejor vocación de los revolucionarios. Qué hermoso fue aquel enorme mitin de exiliados en el Madison Square Garden en homenaje al recién asesinado Julio Antonio Mella, en el que el primer mensaje que se leyó, llevaba la firma de Augusto César Sandino.

Este libro será necesario para ser tercos y seguir hilvanando con hilos fuertes nuestra identidad de cubanos con experiencia histórica. Ser tercos y revalorizar la palabra comunista, desaparecida del argot político oficial; palabra que tiene historia, una parte muy dura, pero otra tan edificante como fue el ansia de entrega completa, de tantos hombres y mujeres honrados del mundo, a la brega por la liberación, integral de las personas.

Si la rescatamos en su sentido genuino, creador y mellista, la palabra comunista es verdadero antónimo de individualismo, dogmatismo, reformismo, conciliación y entreguismo. Por eso, gracias a Guanche y al Centro Pablo, gracias por reafirmarnos: Julio Antonio Mella era un comunista, un militante revolucionario radical por la emancipación de la humanidad, y por ella, SOLO- SIGUE- SIENDO- honrado luchar.  Muchas gracias

 

 

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