RAÚL ROA, UN CRIOLLO DE CEPA

Por: Matilde Salas Servando

16 de Abril de 2018

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Por Matilde Salas Servando

Hay momentos en la historia de los pueblos que no se pueden pasar por alto, pues marcan hitos de gran significación. Entonces, se recuerdan hechos importantes, la desaparición física de quien dejó su huella imperecedera o la llegada al mundo de alguien que en su andar, llega a ser ejemplo y guía para las nuevas generaciones.

El 18 de abril de 2018, se celebra el aniversario 111 de la llegada al mundo de Raúl Roa García, ese “criollo de cepa” que se caracterizó por su ir y venir irradiando luz, en su fructífera existencia.

En una ocasión él dijo que sus primeros años transcurrieron “con los mataperros de la vecindad” donde vivía, en la barriada capitalina de La Víbora y con ellos disfrutó “del papalote, la quimbumbia, el patín y la bicicleta -disolventes magníficos de las ataduras sociales y de los prejuicios raciales”.

Después simultaneaba sus estudios con la práctica furibunda de la pelota, que lo convirtió en un almendarista de primera línea. En esa época disfrutó la lectura de obras de autores como “José Martí, Heredia, Juan Clemente Zenea, Cervantes, Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal, Vicente Blasco Ibáñez, Sarmiento, González Prada, Rufino Blanco Bombona, Enrique Piñeyro, Manuel Sanguily, Enrique José Varona y José Enrique Rodó”, quienes dejaron una marca imborrable en su formación intelectual.

En varios momentos, Raúl Roa se refiere al año 1925 como una etapa crucial en su vida. Estaba a punto de terminar el bachillerato en el colegio Champagnat de La Habana y según dijo tenía “17 años tan largos como mis pantalones (…) era larguirucho, flaco, intranquilo, boquigrande, orejudo, ojillos soñadores con relumbres de ardilla, a veces melancólico, jocundo casi siempre, lenguaraz a toda hora y con más pelo que un hippie”.

Por entonces conoce a Julio Antonio Mella y describe ese hecho cuando dice: “Fue el 26 de noviembre de 1925.Ya Machado había descargado su aparato de represión y de barbarie sobre el estudiantado en rebeldía (…) La atmósfera era tensa. Mella -aclamado por todos- subió a la improvisada tribuna. Su mirada resuelta y brillante se recogió un momento en si misma, y luego, con gesto dominador y altivo, la melena flameante, el brazo poderoso rubricando el aire, rompió a hablar.

Cuando concluyó, toda aquella muchedumbre de jóvenes enardecidos pugnaba por estrecharlo en sus brazos. Fue esa la última vez que lo oí hablar y la última también que lo hizo en Cuba”.

Durante su vida supo ser fiel a ese encuentro, ocurrido en el Patio de los Laureles de la Universidad habanera, hecho que marcó su trayectoria cívica y fue un impacto en su vida, porque desde el banco que tomó como tribuna, el joven líder brilló en la arenga dirigida a los estudiantes. Parece ser que entonces Roa se percató que el corazón “le latía a la izquierda del pecho”.

Su ingreso en la Facultad de Derecho el curso siguiente, le descubrió un mundo nuevo. Se ligó con un cariño visceral a la que calificó como “una universidad genuina”, donde se formó como profesional y como hombre.

Su vocación revolucionaria se manifestó en la segunda década del siglo XX, cuando ingresó en la Liga Antiimperialista y se sumó como profesor a la Universidad Popular “José Martí”, fundada por Mella, que radicaba en el Centro de Dependientes de Café, en Centro Habana.

Un lustro después del encuentro con Mella, donde el verbo encendido del líder estudiantil le “llenó la imaginación de ardientes visiones”, a la sombra de los históricos laureles Roa suscribió un documento en el que exigía la renuncia incondicional del tirano Machado con la viril consigna que “postulara Martí: los derechos no se mendigan, se arrancan”.

El 30 de septiembre de 1930 la sangre generosa de Rafael Trejo, lavó la afrenta que significaba la presencia del “asno con garras” en la presidencia, el pueblo hizo suyo a Trejo y lo tomó como bandera de lucha. Sobre esto Roa dio una brillante versión y dijo que esa “no fue una tángana intrascendente, ni una de esas típicas alargaradas (…) Si solo hubiera sido eso y el desplome de Rafael Trejo, una deplorable causal incidencia, ni su nombre brillaría con luz propia en la rutilante constelación de nuestro martirologio universitario, ni razón habría para conmemorar cada año el dramático suceso en que se rompió su juventud cuajada de promesas y encendida de ímpetus (…)

En esa fecha insigne en la madrugada estremecida de nuestra liberación nacional y social, íntimamente vinculados en el recuerdo y en la historia, el suceso y la víctima se han fundido ya de tal suerte que no puede evocarse aquel sin que surja con iluminado perfil la gallarda figura del valeroso mancebo”.

Sus inicios en la vida universitaria estuvieron marcados por períodos de protestas, persecución, destierro, prisiones y exilio en Estados Unidos, de donde volvió dos meses después, con otros compañeros que corrían su misma suerte lejos de la patria, y no querían estar ausentes en las acciones que se hacían contra el gobierno de Gerardo Machado.

A poco de regresar a la patria, estrenará el año 1931 con el ingreso en el Castillo del Príncipe el tercer día de enero. Era el preludio de una prolongada estancia en el Presidio Modelo de Isla de Pinos y en otros reclusorios del país, hasta completar unos dos años.

Su segundo destierro se extendió desde abril de 1935 hasta agosto del 36, una etapa “dura, difícil, compleja, violenta y esperanzada”, como la calificó el periodista Enrique de la Osa.

La trayectoria de Raúl Roa a la sombra del Alma Máter como estudiante, profesor y luego decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Público, se mantuvo rectilínea durante varias décadas y lo demostró cuando de modo inclaudicable, se enfrentó con las tánganas al bonche universitario, que tuvo sus antecedentes en el Instituto de La Habana.

En la cuarta década, después de momentos muy convulsos, la Universidad de La Habana recuperó su autonomía. Roa aspiró a la Cátedra de Historia de las Doctrinas Sociales en la Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Público, donde sobrepasó ampliamente a su opositor, Raúl Maestri. En esa época expuso con brillantez su pensamiento al decir: “Apenas llegado a la Universidad, sin vinculaciones ni compromisos de ninguna índole, vengo a pugnar por su total mejoramiento. Vengo a pugnar, como en sazón estudiantil, por una Universidad viva y actuante, sensible a sus circunstancias y estremecida hasta el tuétano por el afán de superación. En esa lucha me tendrán siempre junto a sí los estudiantes. Como me tendrán enfrente, en todo cuanto contribuya a deprimirla y deshonrarla.

Estudiantes y profesores estamos obligados, en pareja medida, a vigilar, celosamente, el patrimonio espiritual confiado a nuestra custodia”.

Como docente, se enfrentó al pandillerismo, que sembraba el terror en la colina universitaria y dijo sobre el tema:”Tres grandes tareas constituyen el repertorio de exigencias inmediatas que nos plantea la actual coyuntura universitaria: lucha contra el bonchismo en todos los frentes, enriquecimiento cotidiano de los valores universitarios y proyección social de los mismos, defensa de la autonomía y de las condiciones consustanciales a su vigencia”.

Comienza su labor como decano de la Facultad de Ciencias Sociales y publica dos importantes obras: Historia de las doctrinas sociales, en la que presenta sus lecciones como profesor y ofrece el modo de proyectarse en la cátedra y la titulada: 15 años después, que recoge discursos, conferencias y artículos periodísticos que salieron a la luz en importantes publicaciones como Bohemia, El Mundo, Luz y Crónica. Para él, esa obra era “un grito de alerta a quienes todavía les reste coraje para proseguir la batalla (…) aún es tiempo. Quince años después reverdece la primavera”.

En 1948 asume la presidencia de la república Carlos Prío Socarrás. Varios nombres se propusieron para asumir la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, entre ellos, el poeta y periodista José Zacarías Tallet. El Presidente rehusó las diversas sugerencias y en junio de 1949 aceptó para el cargo al profesor de Historia de las doctrinas sociales.

En la toma de posesión, Roa dijo con caballerosidad:

Lamento que no haya sido escogido por el Presidente mi entrañable amigo José Z. Tallet, que hubiera servido el cargo a la altura de su talento, su experiencia y su prestigio (. . .) No se espere de mí otra actitud, ni otra alguna se me pida, que la de ser un servidor infatigable de la cultura, sin ataduras ni compromisos…Continuaré también al frente de mi cátedra y decanato de la facultad de Ciencias Sociales y Derecho Público”.

En esos días ocurrieron hechos vandálicos en Cuba que movieron a una enérgica protesta de Raúl Roa. El detonante fue el asesinato del presidente de la Asociación de Estudiantes de Ciencias Sociales y Derecho Público, Gustavo Adolfo Mejías Maderne. Su respuesta al hecho no se hizo esperar y la dio a conocer en una carta abierta publicada en la revista Bohemia, en octubre de 1949 y que tituló “Rosas sobre un volcán”, donde dijo: “Renuncié al decanato de la Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Público, precisamente porque, después de lo ocurrido en la Escuela de Agronomía, del vil asesinato del estudiante Gustavo Mejías Maderne y de los sucesos posteriores en la Facultad de Medicina, no podía continuar asumiéndolas sin definitivo menoscabo de mi sensibilidad de hombre y de mi conciencia de profesor. Y, entre los propósitos que me impulsaron a presentarla, estaba también el de abrirle vía decorosa a la crisis de autoridad que, hace ya tiempo, venimos afrontando en el terreno profesoral y en el campo estudiantil (…) En cuanto a mi Facultad, durante mi decanato nunca se produjo acto alguno contra la disciplina académica y el prestigio universitario (. . .) Como decano hube de lograr, con la eficaz cooperación de nuestros alumnos y particularmente del malogrado Gustavo Mejías Maderne, que las tareas docentes, académicas y culturales se desenvolvieran armónicamente, en una atmósfera limpia y serena, sin violencias, ni huelgas y sin martingalas de ninguna índole. Esa es mi satisfacción y mi orgullo. Y, por eso, podré ahora enfrentarme con los jóvenes que asistan a mi cátedra, sin remordimientos ni tapujos. Ahí los aguardo para trabajar, como siempre, más allá de la hora de clase”.

En ese artículo, el profesor Roa García también hizo una valoración sobre el joven Mejías Maderne: “Era un estudiante que honraba la juventud universitaria con su conducta ejemplar. Nunca esgrimió una pistola en defensa de sus ideas. Y jamás utilizó la universidad en provecho propio, ni se vendió por un plato de alubias a los magnates de turno (…) Se caracterizó siempre por su celo, su entusiasmo y probidad. Ante su juventud, rota en plena primavera, se levanta airada mi protesta y se rinden conmovidos los pabellones de mi homenaje”.

Cuando en 1952 Fulgencio Batista dio el golpe de Estado, Raúl Roa volvió a las luchas iniciadas en la segunda década de siglo. Se fue al exilio y solo volvió a Cuba para seguir su enfrentamiento, cuando se decretó la amnistía a los moncadistas en mayo de 1955.

En enero de 1959, en plena madurez, se incorpora con bríos juveniles a la Revolución triunfante. Tenía la experiencia acumulada durante varias décadas de lucha incesante en la tribuna internacional, que fue su trinchera contra un enemigo poderoso: el imperialismo yanqui, el cual no ha cesado en el afán de apoderarse de Cuba.

En una entrevista publicada en 1968, en la revista Cuba Internacional, Raúl Roa advirtió que cuando sintiera el primer síntoma de vejez se recluiría a leer los miles de libros que le aguardaban, lo que no pudo hacer, pues estuvo hasta sus últimos días en una incesante labor creadora y de lucha frontal, en la que no se permitió un momento de reposo.

Durante su vida, la de un hombre multifacético, se destacó por ser aquel profesor surgido en la Universidad Popular José Martí, que no abandonó nunca su pronunciamiento de que “la salvación de la Universidad es la obra de la Universidad misma”.

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