CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

RETORNAR AL REINO DIVIDIDO

Por: jesus garcía

22 de Noviembre de 2017

Por: Isabel Cristina López Hamze

 

Hace unas semanas Víctor Casaus y yo intercambiamos libros. Él me regaló Reino dividido de Amado del Pino, publicado en 2011 por Ediciones La Memoria y yo le regalé 10 Millones de Carlos Celdrán, recién salido de Ediciones Matanzas. Fue un canje casual, pero aquel intercambio con fondo musical de guitarra, se reveló como un homenaje silencioso y discreto a Amado del Pino, a Pablo de la Torriente Brau y al teatro.

En el año 2010 se estrenó la puesta en escena Reino Dividido por el grupo Argos Teatro con dirección de Carlos Celdrán, en conmemoración al centenario de Miguel Hernández. Recuerdo vívidamente el montaje colmado de evocaciones, de espectros que germinan del alma de la guerra. Recuerdo la sobriedad en la escenografía y el vestuario propuesta por el autor desde el texto. Las sillas como elemento fundamental componían un espacio que se tornaba múltiple con la atinada interacción de la luz y la música. Recuerdo aquellas imágenes donde las vidas de Miguel y Pablo de la Torriente Brau se entrecruzan fugazmente en la España convulsa de los años 30. Un encuentro que le permite al dramaturgo indagar en las apetencias y las contradicciones de estos grandes hombres.

A pesar del intenso y detallado proceso de investigación Amado del Pino no se agota en minuciosidades. Más que precisiones históricas le interesa mostrarnos el debate entre el hombre común, el soldado, el artista y su contexto. Pablo y Miguel son expuestos desde lo más íntimo, Amado los cuida del mármol y del bronce, los acerca a estos tiempos y los coloca en el centro de conflictos ancestrales y también de nuestros debates actuales.

La introducción en la obra de personajes imprescindibles cómo Teté Casuso y Ramiro Valdés Daussá nos incita a cuestionarnos el viaje de Pablo a España. Así mismo se nos presenta a Miguel debatiéndose entre los placeres de la carne y las rancias costumbres de su querida Orihuela. Es apasionante la discusión entre Miguel y Manuel Altolaguirre sobre la misión del artista ante determinadas circunstancias históricas. Tanto en el texto como en la puesta, la atención del lector-espectador está montada sobre el debate interno, la confluencia de ideas, ese reino dividido que no halla sosiego.

Cuando se estrenó la obra me encargaron una reseña crítica para un periódico y por un error de la edición el texto salió sin crédito. Pero Amado que era un hombre especial, sencillo y genial al mismo tiempo, preguntó quién la había escrito y fue a buscarme. Desde entonces él y yo conversábamos de vez en vez y hablábamos del teatro, de la historia y de la vida. Era un hombre divertido y sabio, que se fascinaba por la historia y sus enlaces con lo cotidiano, lo humano, lo perceptible, más allá de las fechas y los hechos. Le encantaba ver sus obras en escena y no creo que por ego de autor multipremiado, sino por el placer de compartir sus historias con los otros, de ver a sus personajes con cuerpos y voces, de sentarse entre el público y disfrutar las reacciones de la gente.

Releyendo Reino dividido, recordé aquella puesta y a Amado, volví a enamorarme de Pablo y Miguel, de sus tribulaciones y sus sueños compartidos. Un retorno que agradezco al intercambio casual de libros.

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