“TEMPRANAMENTE COMPRENDÍ QUE LO ESENCIAL ES NO PARECERSE A NADIE”

Por: Estrella Diaz

22 de Octubre de 2020

Por Estrella Díaz

El maestro Alfredo Sosabravo cumple este 25 de octubre noventa años y lo celebra en plena efervescencia creativa a pesar de la pandemia y del aislamiento que vivimos los cubanos desde marzo pasado.

El plan, según me comentó en reciente conversación en su casa/taller, era realizar una exposición antológica en el Museo Nacional de Bellas Artes, pero esa idea -aunque no ha sido desechada- se ha aplazado. En su lugar, quedará abierta de manera on-line una muestra titulada Alfredo antes de Sosabravo, que incluye obras del Premio Nacional de Artes Plásticas 1997, que fueron realizadas a finales de la década de los cincuenta del pasado siglo y que nada tienen que ver con la estética que, posteriormente, desarrolló este Maestro y por la que es mundialmente conocido. La exhibición se desarrollará gracias a los esfuerzos de su colaborador cercano René Palenzuela, del escultor Tomás Nuñez (Johny) y de su proyecto Corral falso.

Sosabravo, que es una de las personalidades a la que se le ha rendido tributo durante la Jornada por la Cultura Cubana efectuada del 10 al 20 de octubre, ha acompañado al Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau desde su fundación y fue, precisamente, el artista que diseñó y concibió la imagen que está integrada al Premio Pablo, máximo reconocimiento que otorga la institución: se trata de una loza cerámica, de hermosa factura.

En estos momentos está concluido y entregado para su impresión a Ediciones Boloña, de la Oficina del Historiador, un libro de la autoría de quien suscribe estas líneas, que incluye treinta y tres entrevistas a artistas visuales y uno de ellos es, precisamente, Sosabravo.

A manera de adelanto queremos compartir con nuestros lectores apenas dos preguntas que forman parte de la larga y mencionada entrevista que se titula, “No ando pensando si dentro de cien años se hablará de mí o no”.

¿Cómo ve la experimentación?

Como parte de la evolución natural del artista. Cuando era joven quería ser como Amelia Peláez, como René Portocarrero o como Cundo Bermúdez, pero tempranamente comprendí que lo esencial es no parecerse a nadie. Ese fue un concepto que tuve desde el principio y por eso en la exposición de 1967, en la Galería Habana, mezclé cerámica con pintura y, luego, se me ocurrió incorporar elementos más o menos diferentes como pegar telas sobre el soporte.

Me di cuenta que el collage se podía despegar y lo cosí y, entonces, aparecieron las texturas. Al menos en Cuba, nadie había hecho eso y, justamente, ese es el primer estilo con el que se me identifica. Todo lo que he hecho en cerámica, en grabado, en bronce o en vidrio, lo incorporo a la pintura y viceversa, porque todo va junto, mezclado.

Creo que mi evolución más reciente está en el uso de la tela para el collage. Los cuadros que están en Bellas Artes tienen collages, pero son monocromos. Las telas que estoy usando en los últimos diez años tienen su propio diseño y eso establece una diferencia porque estoy obligado a trabajar el cuadro a partir de esos diseños, y tengo que condicionar los colores a partir de la propia tela. Es un reto, pero a la vez un gran placer.

Desarrollo tecnológico y arte, ¿cómo analiza esta relación?

Siempre le he dado mucha importancia a la obra salida de las manos y me parece que debido a los avances tecnológicos, hay quienes no están disfrutando pintar, que es un acto que acompaña al hombre desde la época de las cavernas.

Cuando usas exageradamente la tecnología, pierdes el disfrute porque lo único que tienes que poseer es la habilidad suficiente para usar los medios técnicos. Hay artistas preocupados por el futuro y están pensando en que si dentro de cien años dirán que eran unos atrasados. Yo vivo mi mundo contemporáneo y a estas alturas, no voy a echar todo por la borda pensando en un futuro que no voy a ver –no creo en las reencarnaciones ni el más allá: soy darwiniano y sé que salimos de una bacteria. Sigo haciendo mis cosas, gozándolas y viendo el disfrute de muchas personas que piensan lo mismo y te dicen: ¡ay, qué bello! o ¡qué interesante esto y lo otro! Ese es mi mundo y no ando pensando si dentro de cien años se hablará de mí o no.

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