Pablo: la Cuba de su época

Por: Centro Pablo

24 de Octubre de 2019

           ÉL FUE, ADEMÁS, PSICÓLOGO

Un diálogo, a través del tiempo, entre la trayectoria de aquel coloso y la nación.

      Por ARGELIO SANTIESTEBAN

El año 1935 debe de haber llegado, para Cuba, bajo el influjo de algún funesto planeta, según diría un astrólogo.

Como un aciago anuncio, se desploma el legendario teatro Alhambra

La economía del pueblo se deteriora mes tras mes. En enero la libra de carne vacuna de primera cuesta 6 centavos la libra. En marzo, 7. En abril, 9. (Mientras, en la calle, la policía está deteniendo a los muertos de hambre: hombres que anden en manga de camisa y mujeres que no calcen medias).

Y, en aquel año fatídico,  los cubanos tendríamos otras  tribulaciones.  Lloraríamos a América Arias, hembra corajuda, patriota hasta el delirio, protectora de los sin-nada.

Y –luctuosa decepción–  también nos iba a estrujar el miocardio la muerte de El Morocho, durante una gira que incluiría a Cuba. Nos quedamos con las ganas de que nuestras mejillas se humedeciesen lacrimosamente escuchando a Gardel en Volver, tango de su autoría.

Pero, y de política… ¿qué?

Insisto: año infausto aquel 1935.  En El Morrillo caen combatiendo, como superhombres homéricos, Tony Guiteras y Aponte.

Manda en Cuba Fulgencio Batista, jefe de las fuerzas armadas. Un títere quien, desde los tempranos días del septembrazo, acudía a recibir instrucciones –cual disciplinadito empleado subalterno– a la embajada yanquirule.

Estalla, en marzo de ese año marcado por la adversidad, la huelga nacional, reprimida ferozmente por Batista.

Mi abuelo –eterno conspirador–  pasa a la clandestinidad. Mi padre, el día en que estaba cumpliendo quince años, sale por el camino  que comunicaba  al central Boston –de la tenebrosa Mamita Yunái—  hacia Banes, con la única posesión de la familia: una vaca.

Y el represor, Batista, se merece algún comentario.

Nació en el barrio La Güira, Banes. ¿Qué era La Güira? Pues un barrio de menesterosos, mayoritariamente ocupado por el último peldaño de aquella muy injusta escalera social: los haitianos. Bohíos con piso de tierra. Que se alumbraban con queroseno cuando había un medio que invertir para alimentar a la chismosa de luz vacilante.  Se defecaba en un platanal, pues ni imaginarse  una letrina.

Viene al mundo con el nombre Rubén Zaldívar, sin otro apellido, pues es hijo natural –como entonces se decía–  de Carmela Zaldívar y padre desconocido.

El Beno –así lo llamaban–  comenzó sus estropicios contra la legalidad en los tempranos años de su vida. Y ya adolecente le roba un reloj a El Viejo Galicia (quien me contó el asunto).

Pone pies en polvorosa. Y lo hallamos, como limpiabotas, lustrándoles el calzado a los guardias del regimiento camagüeyano. Allí los soldados, en tono de burla, lo apodan El Mulato Lindo de Banes.

El resto… bueno, el resto es historia bastante conocida. Como cuando, ya hombre fuerte de la nación, secuestra el tomo del registro civil banense donde está inscripto y lo envía a Europa –donde lo maquillarán expertos falsificadores–  y nace un Fulgencio Batista, blanco, hijo legítimo de un inexistente mambí llamado Belisario.

Pero, de seguro usted, impaciente lector, se estará preguntando  por cierto personaje…

Y, de Pablo, ¿qué?

Él –¿era de esperar otra cosa?–  estaba metido hasta los bemoles en la huelga del 35. Tras el intento fallido, sabe que lo andan buscando, para matarlo. Y, ni corto ni perezoso, se monta en un avión. Y no para hasta Nueva York.”Teníamos al frente la vista de New York, que es una mierda y que ni siquiera es tan grande como cuenta la gente”.

Escribe  “Éste es Fulgencio Batista”. Y lo retrata: “[…] era un sargento taquígrafo… Es decir, era un burócrata en el ejército, que nunca había tenido contacto con la tropa. No sabía ni marchar, ni montar a caballo, ni armar una ametralladora, ni saludar con cierto aire marcial. […] Sin embargo, por encima de todos sus compañeros sargentos, que sí eran militares, que sí habían tenido contacto con la tropa siempre, salta el nombre de Fulgencio Batista y el pueblo, con su genial intuición, adivinó que se trataba de un leader de piratas “.

No caben dudas, Pablo, como si estuviese frente a una mesa de Morgagni  –la de las autopsias–  nos entregó el cerebro podrido de quien no llegó a ser inmoral, el que va contra  la ética, sino del amoral, el que ni siquiera sabe que existe. El traidor de vocación.

El que merecía, lamebotas de los gringos,  ser destinatario de la frase que Franklin D. Roosevelt dedicó a Somoza: «…puede ser un hijo de puta, pero es NUESTRO hijo de puta».

A mí no me caben dudas. Ahí El Coloso se graduó de psicólogo, cum laude, es decir, con laureles.

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