UN TATUAJE DE AMOR EN EL ALMA

Por: Centro Pablo

11 de Octubre de 2019

Por: Estrella Díaz

Regreso de Argentina con la grata sensación de haber conectado con cuatro personas que me acompañarán, de una manera u otra, por este ¿largo? camino de la vida: ellos son Mariana, Fabián, Stella y Juan: tres mendocinos y un sanjuanino.

Mariana y Fabián viven en Mendoza: ella bibliotecaria y maestra y él, también, docente, llevan juntos más de dos décadas y han formado una familia intensa y original: todos sus hijos están vinculados al mundo de la música o del teatro y eso hace que su casa sea un templo cultural en el que los amigos tienen siempre un sitio para intercambiar a cualquier hora del día o de la noche. Suena una guitarra, se escucha una hermosa melodía surgida de un piano, se ve nacer una obra visual inspirada en una pieza teatral de gran experimentalidad: la chispeante y atrevida murga siempre presente… una amalgama de sensaciones ¡y mucha juventud con ganas de hacer! “Mariana es una diosa”, así la califica María Santucho, responsable de la coordinación de la recién concluida gira Nuestra voz para vos, que auspició el Centro Pablo por décima ocasión y que ha llevado a la tierra de Gardel, durante esos años, a un abultado grupo de trovadores, diseñadores, artistas digitales y creadores de otras disciplinas.

Pero, vuelvo a Mariana y a su dulzura y generosidad sin límites y a Fabi, capaz de convencerte de lo que se proponga con los más sólidos argumentos. Son un dueto cohesionado y hermoso. Con ellos fui a la impresionante cordillera de los Andes, acompañada por el poeta Víctor Casaus y el trovador Ángel Quintero. Por Fabi supe que el Aconcagua está situado en el extremo sur de la cadena denominada los Penitentes y con sus seis mil 959  metros sobre el nivel del mar se lleva el atributo de ser la mayor elevación del continente americano. El día que llegamos al pie del Aconcagua, había una temperatura de ¡cinco grados bajo cero! y hablamos sobre la proeza de José de San Martín, quien junto a su maltrecho ejército atravesó esa cordillera a golpe de mulas: tan grande fue su hazaña y obra independentista, que en Argentina se le reconoce como el “padre de la Patria” y el “Libertador” y se le valora como el principal héroe y prócer del panteón nacional.

Stella Tortolini es otra mendocina, pero por adopción. Ella nació en Buenos Aires… pero los buenos aires del amor la llevaron, hace dos décadas, a esa provincia argentina, a unos mil kilómetros de la capital; allí hincó su bandera y nacieron sus dos hijos, que son “su orgullo mayor por peleadores, por justos y desinteresados”. Stella, también docente, es una activa feminista y una mujer que ha luchado duro por ser ella misma. Y lo ha conseguido: discreta, comedida al hablar y analítica hasta la saciedad, se transforma cuando el tema es la educación o más bien los grandes problemas que enfrenta hoy el sistema educativo argentino. Tuve el privilegio de acompañarla a un mitin de protesta convocado por el SUTE, el Sindicato de Trabajadores de la Educación, y la escuché gritar: “con hambre, no se aprende” o “más para educación”, principios que defiende esa agrupación sindical. También conocí a una Stella enfurecida cuando se refiere al derecho que tiene la mujer a decidir sobre su propio cuerpo: “hay que ganar la batalla por legalizar el aborto seguro y en condiciones higiénicas adecuadas; ¡basta ya! que las chicas tengan que acudir a realizar esa práctica sin las garantías necesarias para su bienestar y que, muchas veces, trae consecuencias fatales”, dice. Ella me regaló un breve pañuelo verde que es símbolo de esa batalla aún por ganar y, aunque en Cuba es un derecho y una conquista, lo llevo siempre atado a mi mochila como símbolo de solidaridad, aunque en la Isla no entiendan el significado. Y Stella, además de ese preciado pañuelo, tejió –con sus manos y con estambre verde y morado– una flor que a modo de prendedor exhibo con gran gusto. Para mí, Stella es tan respetable como entrañable.

Juan Alcoba también es bonaerense, pero la agitada urbe no es lo suyo y por eso hace ya muchos años se trasladó a San Juan, aproximadamente a unos cien kilómetros de Mendoza. San Juan es un remanso de paz, está al piedemonte de la Precordillera y la ciudad es llana, sin embaraunque está encerrada por un relieve montañoso. La economía sanjuanina se desarrolla a partir de la actividad agrícola, que depende de la presencia de verdaderos oasis al pie de la montaña, regados por ríos, y junto a los cuales se concentra la población. La vid es el cultivo más importante de la provincia y la uva, además de emplearse en vinos, se cultiva para fruta de mesa, jugos, vinagre, alcohol y para la elaboración de pasas. También la siembra de olivos es un renglón importante y, aunque están en “situación de emergencia hidráulica”, los sanjuaninos se apoyan en ingeniosas técnicas para que a sus cultivos no les falte el agua porque las tierras, aunque fértiles, son arenosas y casi desérticas.

En ese “paisaje” vive Juan. Él ha construido su pequeña hacienda ecológica a doce kilómetros de la ciudad: allí, desde hace una década, desarrolla un proyecto cultural que denominó Primera Estrella. Si alguien conoce el significado de la palara hospitalidad, ese es el solcito Juan.

Alcoba tiene tres hijas “que ya han enrumbado sus vidas por otros caminos”, pero él se ha quedado junto a sus olivos y su viñedo y comparte el trabajo de la tierra junto al de promotor cultual. Y lo que ha logrado en Primera Estrella es destacable: por ese proyecto han pasado en los casi últimos diez años importantísimas figuras de la música latinoamericana. Todos han acudido allí a cantar y a compartir en ese alejadísimo punto de la geografía argentina. Creo que el gran secreto de Juan es su propia personalidad: persuasivo, gentil, amigable, eficaz en todo lo que hace, ya sea en su tratamiento hacia la naturaleza o al ser humano, pero resulta admirable sobre todo el empeño y la bondad que pone en todo cuanto toca.

Como ya dije, Juan Alcoba no es sanjuanino de cuna, sin embargo ha sabido absorber todo lo que esa pródiga tierra ofrece: sabiduría y amor. Eso fue lo que sentimos en los breves días que nos alojamos en esa suerte de dos carromatos mágicos y confortables que parecen haber salido de un cuento de hadas. Y,  aunque una madrugada la tierra tembló y nosotros junto a ella,  porque desconocemos ese fenómeno (en lo que somos expertos los cubanos es en enfrentar ciclones y huracanes), los momentos de afecto sincero que nos regaló Alcoba también estremecieron nuestras almas.

Estos cuatro amigos (Mariana, Fabián, Stella y Juan) -que también lo son de Víctor y de Ángel- han dejado en nosotros una marca argentina, un tatuaje de amor en el alma.

 

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