VERDUGOS, DE JUAN PADRÓN

Por: Laidi Fernandez de Juan

5 de Febrero de 2018

Por: Laidi Fernández de Juan

Cuando hace más de cinco décadas Juan Padrón creó la serie Verdugos, no podía imaginar que tres años más tarde, en 1970, se dejarían de publicar estas tiras, por considerarse no apropiadas para una revista dedicada a los jóvenes, ni mucho menos podía intuir que hoy, en el 2018, el Centro Pablo recogería en un libro casi setenta dibujos de aquellos, un día rechazados.

La historia comienza en 1967, en los momentos en que este extraordinario artista integró la nómina de El sable, suplemento humorístico del periódico Juventud Rebelde. Quiso la buena fortuna que el director de dicho suplemento fuera el gran dibujante José Luis Posada, amante del humor negro, y, por consiguiente, entusiasta animador de los verdugos de Padrón.

 En aquella época, según nos explica el autor en la nota que encabeza este cuaderno, el sitio donde él vivía tenía una torre de aspecto medieval, donde pernoctaban gorriones, salamandras, comejenes y murciélagos. Esta torre, confiesa Padrón, aparece en muchos dibujos de Verdugos, además de que sus alimañas lo inspiraron para otras inolvidables criaturas como Vampiros y Comejenes. El éxito de crítica y de público que llegaron a alcanzar los Verdugos, quienes nos ocupan hoy, quedó demostrada cuando en 1980 Juan Padrón los incluyó en la excelente (y hasta el sol de hoy, insuperable) serie animada Filminutos.

Es una gran suerte que tengamos ahora este libro en nuestras manos, no solo como recuerdo de años magníficos en cuanto al arte gráfico humorístico en Cuba, sino porque los dibujos, los parlamentos, la gracia, el chiste y todo el conjunto de la obra, mantienen la frescura que solo los grandes alcanzan. Más allá del buen trazo de los dibujos, y del proverbial rigor que tipifica el trabajo de Padrón, quien, como se sabe, es obsesivo en términos de exactitudes que incluyen ropaje, calzado, ambientación, lenguaje y contextos, el libro, sin que sea uno de sus objetivos intencionales, obliga al estudio, y acaso a la revisitación del humor y sus variantes. El padre de Elpidio considera que no se trata de un humor negro como tal, sino más bien de un color gris claro. Sin embargo, no es la tonalidad lo que realmente motiva el intento por conocer más de las variantes del humorismo, en este caso gráfico, sino el concepto.

Como el público podrá comprobar, existen aquí todas las derivaciones conocidas como la ironía, el sarcasmo y el llamado humor de patíbulo. Cierta crueldad impera en todas las páginas, ya que de eso se trata, de situaciones límites, patibularias, donde la tortura y la muerte acechan, y en algunas ocasiones se muestran abiertamente. Para los amantes del humor negro (o gris oscuro, da igual), Verdugos constituye una verdadera delicia, a pesar de la paradoja de la expresión. Sin detenerme en cuál dibujo representa a qué especificación humorística, afirmo que el sarcasmo, de quien dijera Oscar Wilde que es la forma más baja pero a la vez más ingeniosa del humor, prima en las cincuenta y cuatro páginas. Solo para anunciar una pálida muestra de cuán alejado del simplismo es lo que pudiéramos llamar “el humor padronciano”, suscribimos las definiciones que afirman que la similitud entre ambos conceptos (ironía y sarcasmo) se debe a que el sarcasmo es un tipo de ironía, por lo que en ambas figuras se da a entender algo diferente a lo que en realidad se está diciendo. Sin embargo, hay una diferencia en cuanto a la finalidad: el sarcasmo se usa con la intención de herir los sentimientos de alguien.

¡Y vaya si de heridas se trata! No es posible soslayar el leit motiv de estos dibujos. No perdamos de vista que son verdugos, para lo cual tienen que existir condenados, y, por consiguiente, métodos de tortura, y, siguiendo esa línea argumental, si no hay gritos, sufrimiento y bajezas por parte de los torturadores, no es posible la existencia de estas tiras. Pero, (y esto es muy interesante) como en el caso de los soldados españoles de las míticas aventuras de Elpidio Valdés, que son también víctimas, los verdugos están sometidos. El siniestro reglamento que comanda las acciones de estos lacayos de la peor ley, los obliga a esforzarse en los métodos, de modo que ellos también, a su manera, se convierten en objeto de burla.

De entre tantos ejemplos, escojo uno, porque expresa, a mi juicio, esta ambigüedad en términos de contribución sarcástica al dibujo humorístico. Como en todos, aparece el reo encadenado, y el correspondiente verdugo, látigo en mano. El sufriente, sonriendo con picardía, le pregunta a su torturador “¿Y su madrecita de usted sabe que usted es verdugo?”, con lo cual, enfurece y al mismo tiempo desarma a quien se ocupa de ejercer la violencia que le otorga su triste papel. El cuaderno Verdugos es bienvenido para todo tipo de público, como sucede con la obra atemporal y admirable de Juan Padrón, el rey de la historieta contemporánea. Quedamos a la espera de sus otras creaciones, como los vampiros y los comejenes, igualmente imposibles de olvidar. Por lo pronto, echemos mano a los verdugos, que con tanto acierto rescata la colección Homenajes, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, empeñado en la perpetuación de una memoria que nos enriquece, y por si fuera poco, también nos divierte.   

 

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