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Llamamiento para iniciar las jornadas por el 110 aniversario del nacimiento de Pablo
de la Torriente Bau
PABLO SIGUE TENIENDO MUCHO QUE DECIR
Pablo de la Torriente Brau cumple 110 años en este 2011 y aún tiene mucho que decir.
Por ello el Centro Cultural que lleva su nombre invita a estudiosos, investigadores,
periodistas, a todos los que admiran su vida y su obra, a que se sumen a la
celebración de este aniversario.
Tiene que seguir hablándonos Pablo de la sinceridad del escritor, de su compromiso
con la verdad, de la defensa del testimonio como un género literario imprescindible,
del periodismo libre de ataduras y compromisos, de la consecuencia en la vida.
Para recordar este cumpleaños, el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau
organiza una serie de acciones, que incluye la reedición de sus textos, el rescate de
otros que permanecen inéditos o son poco conocidos, así como la divulgación de buena
parte de lo que se ha escrito sobre él, desde la cercanía de la amistad o desde
la admiración de lo estudiado.
Su libro más querido, Presidio Modelo, se presenta en una nueva edición
en esta vigésima Feria del Libro, convencidos de que sigue siendo una obra revolucionaria
y revolucionadora, útil sobre todo para aquellos que encasillan a lo testimonial y lo
excluyen de premios y concursos. También se dará a conocer una reedición de
Álgebra y política y se preparan otras de Cuentos completos y
Para ver las cosas extraordinarias. Este último volumen, actualizado con un
prólogo de Víctor Casaus, recoge las ponencias del coloquio realizado en el centenario
del periodista y escritor puertorriqueño-cubano.
Las páginas webs del Centro mantendrán durante todo el año el tema entre sus prioridades,
al tiempo que se prepararán nuevas tiradas de los CDs de las colecciones Palabra viva
y A guitarra limpia, el primero con opiniones de intelectuales latinoamericanos y
el segundo con los trovadores que dedicaron Una canción para Pablo.
Ya lo dijo el poeta, “este es de los muertos que crecen y se agrandan”. Y así,
inmenso y, al mismo tiempo, alcanzable, andará Pablo junto a nosotros en este 2011.
Pablo
En 1928 vine a estudiar a la Habana. Viví en la calle Pozos Dulces, a un lado de la Quinta de los Molinos.
Al final de la cuadra estaba Almendares Park, el terreno de béisbol. En el invierno el Club Atlético jugaba futbol;
el futbol americano era popular. El Club Atlético estaba al doblar de la esquina de mi casa.
Los muchachos del barrio y mis tíos, que sólo tenían dos o tres años más que yo, íbamos por la noche a la loma del
Calixto García a ver los juegos de baloncesto y los domingos por la tarde veíamos el juego de futbol.
Pablo era una de las estrellas de los Tigres de los Atléticos. Pablo y Mañach –hermano de Jorge– constituían
un muro impasable en la defensa de los Atléticos.
En el invierno los Atléticos practicaban en Almendares Park, y todas las tardes, a las cinco, veía pasar a Pablo frente
a mi casa, mientras yo estudiaba en el portal. Pablo vestía el uniforme de los Tigres, con hombreras y suéter negro
con una franja anaranjada, seguido por cuatro o cinco muchachos admiradores que escuchaban sus cuentos.
Pablo era entonces del equipo contrario, mi enemigo, pero me parecía conversador y amigable.
El presidente Machado cerró la Universidad y se terminaron los juegos de futbol. Supe que hirieron a Pablo en la
manifestación del 30 de septiembre, junto a Rafael Trejo. Después leí sus crónicas 105 días preso sobre
el presidio y, desde entonces, sentí admiración por Pablo de la Torriente.
Vino el terror, las cárceles, el hambre y la caída de Machado. Las cárceles se abrieron y los emigrados regresaron a Cuba.
En el estudio del escultor Juan José Sicre empecé a modelar el retrato de Juan Marinello, y frecuentaron el taller mis nuevos amigos:
Raúl Roa, José Manuel Valdés Rodríguez, el poeta Ramón Guirao, Aureliano Sánchez Arango, Frank Marsal, Pablo de la Torriente y otros.
Un día apareció Jorge Mañach, y sostuvo una polémica con Marinello y Pablo. Mañach pensaba que era inútil luchar contra el
imperialismo, que el imperialismo era una hidra a quien se le corta la cabeza y le sale otra inmediatamente.
Pablo era reportero, trabajaba en el diario Ahora informando sobre los pasajeros que llegaban de la Florida.
A veces venían visitantes importantes, figuras como el compositor George Gershwin y Sinclair Lewis, el novelista o
actores de Broadway y Hollywood como Gloria Swanson y Mary Astor.
La discusión con Jorge Mañach se prolongó y Pablo no fue al muelle.
Al día siguiente nos contó que Martínez Márquez le preguntó cómo era que su reportaje era exactamente igual
al del periódico El País.
Pablo había copiado la crónica del diario de la tarde, y respondió:
– Es simplemente una coincidencia.
– ¿Los puntos y las comas también?
– Sí, pura coincidencia.
Un día mientras almorzaba mi familia tocaron en la puerta. Era Raúl Roa y Pablo de la Torriente. Me informaron que
Gabriel Barceló había muerto y estaba tendido en el Aula Magna de la Universidad, y querían hacerle una mascarilla.
Yo había ayudado a Sicre en la mascarilla que se le hizo a Rubén Martínez Villena.
Tomé una palangana pequeña, toalla, yeso y vaselina y fuimos al auto, donde esperaba Teté Casuso, la novia de Pablo.
En la Universidad, delante de cientos de personas tuve que hacer la mascarilla. Ya he contado que el molde se pegó
y pasé mucho trabajo para sacarlo y casi paré el cadáver del pobre Barceló.
En el verano del año 36 fui a Italia, Grecia y el Egipto. Al regreso, en el otoño, me dijeron que Pablo de la
Torriente había pasado por París en ruta a España. Sentí no verlo.
Poco después me enteré de su muerte en Majadahonda.
Un día fui a exponer en España y decidí visitar Majadahonda a ver donde habíamos perdido a Pablo. Pensé buscar
la colina donde cayó, pero ya Majadahonda era un barrio próspero de Madrid.
Julio Girona
Pablo, el héroe.
Por Amado del Pino
Debe haber sido la primera obra narrativa con la que tuve contacto. Era allá en mi siempre evocada casa de la infancia,
que a su vez era la escuela rural a la que asistíamos los niños de varios kilómetros a la redonda. La mayoría de mis compañeros
(as) de clase eran hijos de campesinos analfabetos o recién llegados a unas pocas letras con la Campaña de Alfabetización.
Mi padre –como el de Pablo de la Torriente– fue siempre maestro de escuela y enseñaba allí todos los grados,
todas las materias, en un torbellino de voces al que lograba sacar cierta coherencia a golpe de encanto, algún regaño
y bastante complicidad con sus alumnos.
El viejo mío –que no era muy aficionado a leer textos en voz alta– sí que se regodeaba con aquella historia
del telegrafista que cae a la línea del tren; nos emocionaba con la locomotora chillando, acercándose al pobre hombre a
expensas del coloso de hierro. El final –sorprendente y original, como aprendí después que deben tener los buenos
cuentos– era una delicia para aquel maestro de campo, que soltaba el libro y decía de memoria la exclamación,
el noble y travieso descubrimiento de que el valor del accidentado no era tanto, pues la pierna –astillada en medio
de nuestra emoción– era de palo; la verdadera, la suya estaba enterrada en el campo de batalla, en la lucha de
Cuba por la independencia de España. Así terminaba Pablo de la Torriente Brau su cuento “El Héroe”.
Para nuestro maestro –al que mi hermana siempre nombró así, atravesada la pared que dividía el mundo de la casa
del reino de la escuela–, para aquel hombre fanático a la Historia y al costumbrismo, adquiría una significación
especial el desenlace del cuento de Pablo. Con el alivio dramático del final, daba datos sobre la batalla en la que se
quedó la pierna carnal y verdadera. También puede que evocara a Joaquín González, un soldado mambí de fila que otorgaba
nombre a nuestra escuela y era abuelo o bisabuelo de algunos de nuestros vecinos y conocidos.
Además, el cubano de a pie –sea un gran escritor como Pablo o un intelectual de campo y anónimo como aquel maestro
del Pino– canta a la solemnidad, respeta el valor y la grandeza, pero también tiende a quitarle un poco de hierro
a lo trascendente o solemne. Y en ese delicado equilibrio también resplandece el cuento de Torriente. Del combate en la
manigua a un puesto simple de telegrafista; de la caída delante de un tren a la valerosa pero no tanto, proeza casi en
broma de una pierna de madera. A la larga, maestro y alumnos de aquel lugar remoto quedábamos convencidos de que un héroe
con sentido del humor lo es por partida doble.
Sigo adorando la narrativa de Pablo de la Torriente y este cuento en particular. En una versión inicial de Reino Dividido
–que aparecerá pronto como libro, editado por el Centro Pablo, y eso me tiene feliz- incluía una teatralización
de “El Héroe”. Razones de ritmo teatral me obligaron a prescindir de esa escena. Sí pude aprovechar otro
momento espléndido de su narrativa; esa aparición del soldado desconocido cubano en pleno Nueva York, pero evocando
la cerveza de los carnavales de Santiago.
También aproveché sus crónicas del Presidio, los debates de entonces, el retrato tan humano de aquel hombre –en
este caso un franco anti-héroe– que mató a su amigo cuando Pablo era niño y luego se reencontraron en el Presidio Modelo.
Todo comenzó con aquella lectura de “El Héroe”, cuando supe que valor, humor, ternura y hasta el amor a
las mejores causas pueden juntarse en una misma voz.
VIGENCIA DE PABLO
Ya lo dijo el poeta: Pablo de la Torriente Brau es de esos muertos que crecen y se agrandan.
Y así, multiplicándose en su actualidad, nos ha acompañado y nos acompaña en nuestra cotidianidad
transformadora. En este año, el de su centenario, sirva el siguiente fragmento del discurso pronunciado
en 1985 por el líder cubano Fidel Castro, para reafirmar esa vigencia:
A lo largo de esos años de aquella república mediatizada, los guantanameros lucharon, y los campesinos de
Guantánamo lucharon; se hizo famoso el Realengo 18. Realengo era algo que se originaba de la forma en que los
españoles repartieron el territorio: hacían unos círculos de no sé cuántos metros o kilómetros, y las partes
que quedaban entre los círculos se llamaron realengos.
Esas áreas se dice que no tenían propietario hasta que aparecían los aspirantes, y los campesinos del Realengo
18 escribieron páginas gloriosas de resistencia contra la opresión y contra los latifundistas y geófagos, que
inspiraron las hermosas páginas escritas por Pablo de la Torriente Brau, sobre el Realengo 18 (APLAUSOS), como escribió
brillantemente sobre la prisión que conoció allá en la que es hoy Isla de la Juventud; y, por cierto, que aprendí bastante
de esos escritos de Pablo de la Torriente, porque recuerdo que cuando él describía este territorio, decía que era un terreno
tan apto para la lucha que un hombre con un fusil era capaz de detener un ejército.
¡Cuánto me ayudó después, cuando se nos presentó la tarea de cómo resistir, luchar y derrotar a un ejército, aquella
frase de Pablo de la Torriente Brau, de que en esas montañas un hombre con un fusil podía detener un ejército! Y fueron
proféticas sus palabras (APLAUSOS).
Ecuaciones de la liberación
Por Santiago Masetti
El libro Álgebra y política de Pablo de la Torriente Brau, de ediciones La Memoria,
ofrece al público lector un complejo y analítico fresco de la sociedad cubana de la época, con trabajos
que Pablo realizó en su segundo exilio en Nueva York y una carta dirigida a Raúl Roa, fechada el 13 de junio
de 1936, que constituye el texto principal de este volumen que nos brinda el Centro Cultural Pablo de
la Torriente Brau en su colección Palabras de Pablo.
Este texto, escrito a mediados del año 1936, logró su primera publicación en 1968 dentro del libro
Aventuras del soldado desconocido cubano y otras páginas, y en 1981 se insertó en la selección
titulada Cartas cruzadas entre Pablo de la Torriente y varios de sus contemporáneos.
El dictador Gerardo Machado, acorralado por la presión popular, huye de Cuba el 13 de agosto de 1933,
pero antes de su salida negocia con el entonces embajador estadounidense, Summer Welles, el “recambio”
político, dejando en la presidencia del país a Carlos Manuel de Céspedes (hijo).
Pablo, quien se encontraba exiliado en Nueva York, regresa a Cuba y comienza a empaparse de la compleja
situación política, conociendo de cerca lo acaecido en Columbia el 4 de septiembre. También seguía atentamente
el proceso que llevaba a cabo el gobierno de “los cien días” y le llama la atención la tendencia
revolucionaria que encabezaba Antonio Guiteras en la administración que dirige Grau San Martín. Pero el 15
de enero de 1934 un golpe contrarrevolucionario entregó el poder al gobierno de Mendieta- Cafrey- Batista.
Para ese entonces, Pablo se encontraba de lleno en la vida universitaria y decide combatir a la dictadura
organizando parte de la huelga del 7 de marzo de 1935, pero algunos errores organizativos sumados a la
fortísima represión, dieron como resultado el fracaso de la huelga, obligando a Pablo a dejar el país,
retomando un segundo exilio neoyorquino.
Una vez instalado en esa ciudad estadounidense comienza a redactar un original de Álgebra y política
con dos copias. El primero estaba dirigido a Raúl Roa y las otras serían para Ramiro Valdés Daussá, miembro de
Izquierda Revolucionaria, y el otro manuscrito pasaría a formar parte de su archivo personal.
En la presente edición, a modo de prólogo, se encuentra un estudio introductorio de Ana Cairo titulado
“Un réquiem marxista para la revolución del 30´” en donde narra el pensamiento y la acción de
diferentes figuras del pensamiento cubano hasta el año 1933.
El preámbulo del ensayo presenta tres temáticas fundamentales que sirven para entender el resto de la carta.
Ellas son: la legitimidad del uso de los sistemas de ecuaciones para ordenar una información política caótica;
la presentación de narrador y a la vez personaje; y la exposición de los tres sistemas que analiza.
El primer sistema de ecuaciones está dedicado al imperialismo yanqui, analizando las opciones del entonces
presidente Franklin Roosevelt, de donde salen unas cuantas variantes en el accionar diplomático y de
injerencia en Cuba y en otros países de la región.
El segundo sistema trata acerca de la ecuación que conforma la “politiquería” cubana,
llamándolos “los hijos del imperialismo” o la “política criolla”. Aquí, Pablo
analiza las personalidades de Mendieta, Batista y Miguel Mariano Gómez y su relación de chantaje con
el embajador norteamericano y el imperialismo en general.
El tercer y último sistema analizado está consagrado al campo popular o revolucionario, donde expone
que existen dos bandos rivales y, a raíz de sus desacuerdos, se expresan distintas variantes que
dificultan la toma del poder por parte de los revolucionarios.
“Otros textos desde Nueva York” reúne una serie de escritos de Pablo, entre los que
se destacan “Este es Fulgencio Batista”, “Ayer héroes y hoy bandidos” y
“La voz de Martí”, entre otros.
Al cierre de esta obra se encuentra presente la ponencia de Mariana Serra García, en el VII Coloquio
de literatura de la Universidad de Michoacán, México; Titulada “Humor y ciencia en el discurso
político de Pablo de la Torriente Brau” y una serie de apéndice que contiene cronologías
y diferentes textos de interés.
Aventuras literarias y el estilo desconocido de Pablo
Por Mónica Rivero Cabrera (estudiante de la Universidad de La Habana)
La guerra como tema en la literatura tiende a seguir determinados patrones, determinadas maneras de contar.
Probablemente sea una de las líneas temáticas que más respetan ciertos moldes: por lo general hay un héroe que
responde a un perfil delineado, pocas veces no esteriotipado, siempre glorioso, magnánimo, libre de duda y
pecado…; incluso los conflictos suelen parecerse y la caracterización de los personajes obedece a dictados bastante típicos.
En general los libros de guerra son serios, rigurosos, apologéticos…, marmóreos, impolutos y perfectos
como los soldados que brillan en ellos. Es por eso que Aventuras del soldado desconocido cubano (1936),
de Pablo de la Torriente Brau, resulta tan singular, por romper con estos resortes brindando alternativas
inteligentes y originales, al ofrecer un protagonista que será un típico cubano corriente, sin ínfulas de
soldado heroico o de altruista patriota, devenido soldado desconocido no por un orden superior de los acontecimientos
o por la realización de un noble propósito, sino por una modesta secuencia de azares. Es un personaje lleno de
matices, de rasgos que lo humanizan: bebedor, natural, espontáneo, auténtico, cuya idea de lo extraordinario y
lo incomparable es nada menos que los arrollaos de Santiago. “Hiliodomiro del Sol, el Habanero,
famoso parrandero de Santiago de Cuba, era el auténtico Soldado Desconocido de Arlington”.
Asimismo, el resto de los personajes muestra gran relieve; todos comportan una amplia gama de matices, se
descubren naturalizados, con pretensiones, insuficiencias, temores; y sus comportamientos pueden incluso llegar
al ridículo en algunos casos. La caricatura y el sarcasmo estarán presentes de manera permanente.
Hiliodomiro del Sol es además un muerto, que se manifiesta de acuerdo con la tradición folclórica cubana.
Es un espíritu, que, mientras no está encarnado y no se encuentra por tanto en el mismo plano de realidad
de los vivos, permanece “allá”, en una rara convivencia con otros muertos, donde se transgreden
el tiempo y el espacio vitales, puesto que coexisten difuntos de todos los lugares y todas las épocas. (
Alejandro Magno, Aníbal el Cartaginés, Napoleón –“tan parecido a Greta Garbo”–, entre otros).
El narrador como personaje coincide con la persona de Pablo, lo cual hace que se produzca una transgresión
genérica en la ficción que recuerda de algún modo a lo que hoy se conoce en el mundo del audiovisual como
“falso documental”. Incluso la manera sincera en que se revela su voz muestra las complejidades
de un ser humano real: tiene dudas, necesidades, curiosidades, (algunas tan poco solemnes como si “allá”
los muertos tienen relaciones afectivas, inquietud que no se atreve a despejar teniendo el buen tacto de no
preguntarle a Hiliodomiro ante el riesgo de herir su virilidad, dado el caso de una respuesta negativa).
En la novela se aprecian dos grandes bloques: el prólogo y la historia contada (el primero ofrece claves que se
desarrollarán en la segunda). El primer narrador conduce la historia, sienta las pautas del espacio, describe
algunos lugares, y es una especie de marco que da lugar a las narraciones de HIliodomiro, quien en definitiva
aporta los elementos que alimentan la diégesis. Los personajes, cuyas historias recrea nuestro soldado desconocido,
se tejen en una estructura metadiegética o de caja china: la acción tiene lugar en el relato de Hiliodomiro; que,
a su vez, relata Pablo personaje (cuya línea de separación con el Pablo autor propiamente dicho es realmente
difusa, efecto que se ha explicado antes).
Son recurrentes los procedimientos de la crónica y la entrevista, muestra de la gran destreza periodística del
autor, y de su capacidad de emplear cómodamente estos géneros en la ficción.
Es posible apreciar además ciertos estilos discursivos que recuerdan lo que sería tiempo después el realismo
mágico; con constantes interpenetraciones entre los planos de lo real y lo fantástico, en ejercicio de un
tratamiento del absurdo caracterizado por la falta de nitidez en la frontera ente lo ordinario y lo extraordinario,
dispuestos en el texto contractivamente pero de manera armónica.
Por otro lado, se desacralizan hechos y personajes constantemente: “Soy, luego existo, como dice todavía mi
amigo Renato… Descartes, quiero decir, sabes, pero nos tuteamos porque le he caído bien ¡y de vez en cuando le
gusta su toque de Bacardí!”; “Aristófanes, que entre paréntesis, es uno de los hombres más simpáticos
que te puedas encontrar“.
El absurdo se aborda además en determinadas polémicas, como la suscitada entre los “soldados desconocidos”
con los “verdaderos héroes”, presentada en definitiva como una insulsa discusión de méritos disputados y demagogia.
Se efectúa constantemente una especie de parodia de la historia (más bien de la historiografía, de la Historia, con
mayúscula), lo cual, situándonos en el momento en que es escrita la obra, nos hace reparar en un adelanto a las tendencias
de las letras. Constantemente se apela a la capacidad de sospecha, al cuestionamiento de la pretendida perfección de los
que vivieron las grandes contiendas bélicas, a la observación de sus potenciales motivos verdaderos, a la vez que se
caricaturiza el nacionalismo tal como lo recreaba el discurso oficial de la época. El relato de Hiliodomiro, desde su
juicio ridiculizante, va desarticulando el esteriotipo del héroe: en un momento de intensidad de patriotismo, de
arengas y éxtasis nacionalista, propone la entonación de “la gloriosa” Chambelona: “grito de guerra
de los más feroces indios siboneyes, cuyo desayuno consistía en un daiquirí de corazón de español y pólvora de arcabuz”;
al contar de los ingleses: “Le cogían el gusto a los uniformes, porque era un “gancho” tremendo con
las mujeres”, y cuando revela que en el hospital de campaña de los franceses, en un momento de agresión del enemigo,
se descubrió un grupo de falsos heridos que habían estando “matando el tiempo”, y que ante el riesgo de muerte
real habían mostrado una perfecta aptitud física para la huida. Una de las mayores ridiculizaciones del nacionalismo la
encarna el personaje del soldado desconocido francés, quien “con tinta china, en los calzoncillos, tenía escrita la
Declaración de los Derechos del Hombre”… Y para despeje de cualquier duda en cuanto a la naturaleza de su
crítica, sentencia el autor en voz de Hiliodomiro de Sol: “La heroicidad, como casi todos los oficios, está en crisis”.
Aun sin haber sido terminada, esta novela, aunque breve, constituye una obra de inestimable valor para las letras cubanas
y universales; que no tuvo un final debido al final que tuvo su autor, final heroico, no al uso de la historiografía
barata, sino auténticamente glorioso, y no en el espacio de lo ficcionado como Hiliodomiro, sino en un plano
¿tristemente? real. Tal vez un día, como su personaje, se anime a contarle a alguien sus aventuras; mientras,
algo es seguro: es un soldado nunca tan poco desconocido.
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Pablo es uno de los grandes revolucionarios cubanos

Fragmentos de las palabras pronunciadas por Pedro Pablo Rodríguez en la presentación de tres
títulos de Pablo de la Torriente Brau en la XX Feria Internacional del Libro)
Agradezco a Víctor y a todo el equipo del Centro Pablo que me hayan dado esta muestra
de confianza para presentar estos libros.
Yo creo que este es un momento importante, no solo porque estemos ante este aniversario de lo
cual se ha venido hablando, sino porque creo que las circunstancias contemporáneas son muy
apropiadas y necesitan realmente de personas como Pablo de la Torriente Brau, que no sé si
aspiraba realmente a ser un modelo en tiempos posteriores, pero que de alguna manera lo ha sido y
debe seguirlo siendo y no solo por cierto de las generaciones intelectuales; creo que Pablo por
derecho propio puede ser un modelo más, uno de los tantos que tiene el pueblo cubano.
De los tres libros que se presentan hay dos que son reimpresiones y que al mismo tiempo son dos
textos esenciales dentro de la obra de Pablo. Con Pablo pasa una cosa curiosa, sigue pasando a pesar
del notable esfuerzo que ha hecho este Centro que lleva su nombre para divulgar su vida y su obra:
ustedes saben que digamos hay un eslogan, a la gente se le da de pronto cierta calificación y eso
empieza a funcionar como un eslogan y Pablo, quizá creado por sus propios contemporáneos, quizá favorecido
por las veces en que se habla de él cuando en algún aniversario es recordado por nuestra prensa, o en algunos
acontecimientos donde tuvo participación importante es recordado por la prensa cubana, pues Pablo es
identificado como el periodista, casi que podemos decir que es el periodista de la generación del 30
y se olvidan entonces algunas cosas y quizá otras quedan un poco ocultas.
Primero, las gentes del 30 fueron en su gran mayoría periodistas, quizá fue una época importante del
periodismo cubano. Aquellos jóvenes revolucionarios que marcaron la que después se llamaría la revolución
del 30 emplearon una y otra vez a la prensa como vehículo expresivo, sobre todo el periódico El Diario,
con lo cual estaban siguiendo una antigua tradición cubana desde los siglos XVIII y XIX. Pero también sabemos
que además del periodista, Pablo fue algo que es inseparable del periodista pero que también tiene otras aristas,
que es el escritor, y junto con ambas cosas, el periodista y el escritor, que quizá a lo mejor no son más que una
(ahora me viene a la mente ese poema de Martí que dice Dos Patrias tengo yo, Cuba y la noche o son una
las dos, llevándolo a Pablo, hay que preguntarse dos oficios tengo yo el periodismo y las letras o
son unos los dos), tuvo, como otras gentes del 30, un oficio mayor, que es el oficio de revolucionario.
Pablo es esencialmente uno de los revolucionarios de la historia cubana y por cierto uno de los grandes
revolucionarios, no solo en el plano de la acción política, de las ideas políticas, de la práctica política
y social, sino además en el plano de la vida cotidiana, porque gran parte de los hábitos y las costumbres
sociales que aún conservamos entre nosotros fueron creadas por la generación del 30, que uno de sus grandes
aportes fue justamente el chocar contra las formas de ser, contra las maneras de vivir del cubano, muchas de
las cuales venían del siglo XIX y se habían quedado en los primeros años de la república, y otras se habían
creado en los primeros años de la república. Ellas abarcan desde las formas de hacer políticas y la corrupción
política por ejemplo, que fue un constante caballo de batalla que enfrentaron aquellos revolucionarios del 30,
pero también muchas formas de la vida cotidiana.
(…)
Si nos referimos a esas cosas de la vida cotidiana ahí están y sobran las anécdotas de Pablo, discutiendo,
yéndose a los puños porque alguien hablaba mal de un amigo delante de él, porque ofendían a un amigo. En ese
sentido recuperaba de alguna manera las formas que la amistad había tenido en otras épocas, de un valor y de
una ética, que se habían perdido en buena medida con la vida republicana.
Pablo es un hombre de corta vida, lamentablemente. Es de esos casos que algunos historiadores tienen que
preguntarse una y otra vez qué hubiera pasado si hubiera llegado a los 60, a los 70 años; cuánto nos hubiera
entregado aquel hombre. La historia cubana está llena de casos así, el más grande desde luego es José Martí,
pero también tenemos otros. Pensemos en Frank País, pensemos en José Antonio Echeverría, para poner dos ejemplos
de la generación del centenario, dos de la gente que se lanzó a tratar de transformar a Cuba en los años 50,
y entonces uno dice, ¿dónde está el alcance de este hombre de la sonrisa eterna, dónde el alcance de este
hombre que él mismo se definió una vez como un niño grande, dónde está el alcance de ese hombre de una ética
muy firme y a la vez de una cubanía tremenda, y que va a llevar al campo de la vida cotidiana, al campo de su
actuación, al campo de sus relaciones humanas y al campo de su expresión escrita muchos elementos de la
espiritualidad cubana, muchos elementos de la forma de ser del cubano?.
(…)
Se trata de que, efectivamente, los revolucionarios del 30 asaltaron el cielo, no lograron apoderarse del
poder político, no lograron transformar (ahora vamos a hablar como si fuéramos unos filósofos) las relaciones
sociales de producción; no lograron crear la república nueva martiana a la que ellos aspiraban a crear y que
no se había logrado, pero sí lograron cambiar en buena medida las mentalidades, sí lograron cambiar las formas
de ser, sí lograron cambiar las formas de expresión cultural de este país y dignificaron inclusive, gracias a
su acción, una enorme cantidad de manifestaciones de la cultura popular.
Y eso estará presente en Pablo. Para mí ese es uno de los grandes aportes y quizá el mayor aporte de Pablo de
la Torriente en el orden particular a la vida cultural cubana y que lo va a dar mediante su vida, mediante
su acción, pero también desde luego a través de su obra escrita.
Aquí tenemos dos de sus obras en las que, a primera vista, parecería que no estuviera esto de lo que hemos
hablado; porque si uno piensa en los “Cuentos de batey” uno dice: ahí está el hombre de campo,
aquel encuentro tremendo que evidentemente lo conmovió profundamente, a aquel muchacho urbano cuando fue a
Oriente, que era en esa época como ir a otro país (…) Pero Presidio Modelo no es ese encuentro
con esa otra parte de Cuba; Algebra y Política no es aparentemente ese encuentro con otra parte de
Cuba y son textos escritos cuando ya había vivido esa experiencia y otras más, como es haber estado metido ya
en las luchas populares y estar en la prisión de la cual va a salir Presidio Modelo. Yo diría que
son dos obras de madurez, son dos obras en que literariamente, emocionalmente y desde el punto de vista de
sus ideas, Pablo está comenzando a madurar y lo interesante es que su estilo no puede decirse que esté terminado,
porque de haber escrito más y haber vivido más, Pablo hubiera seguido desarrollando desde luego sus cualidades
como escritor y sus características singulares como escritor. Pero ya es la persona que domina determinados
rasgos que lo identifican a plenitud y entonces vamos a ver una y otra vez en ambos escritos la presencia
no solo de la mirada y el partidismo de Pablo con los intereses populares, sino la expresión desde el pensar,
desde la lógica de los intereses populares, que es lo que me interesa a mí transmitirles.
Es decir, Pablo no es el intelectual que llega con la sabiduría a ver qué está haciendo la gente del pueblo;
no es el curioso que quiere ver de qué manera vive el pueblo y después nos lo quiere transmitir, sino que de
algún modo es el intelectual que está queriendo y viviendo también como el resto de su pueblo, como el resto
de las clases populares, lea libros o no lea libros, escriba o no escriba. Yo creo que eso explica esa
extraordinaria madurez política y de juicio que vamos a encontrar en estos textos, por eso digo también
que son obras de madurez, porque ya son dos verdaderos (yo diría que en ambos casos y de distinta manera)
tratados de política.
El primero, Algebra y Política, es decir, la carta-ensayo que le da título, es uno de los
ensayos más iluminadores para estudiar la vida política cubana. Es de una brillantez absoluta, tan
absoluta, que creo que lo sitúa a la altura de los grandes pensadores del siglo XIX cubano.
(…)
Algebra y Política no aparece en los tratados de sociología política porque es de Pablo de
la Torriente, porque es un cubano, además de izquierda, además revolucionario, además que peleó en la
guerra de España, que murió peleando contra el fascismo y que vivió relativamente poco (…) Realmente
amerita que Pablo fuera no solo un paradigmático para los cubanos, debiera serlo desde luego y cada vez más
para el mundo hispanoamericano, donde además tiene la ventaja de que está utilizando nuestra lengua, la misma
que hablamos la mayoría.
Pienso que cada vez más hay que tratar de que sea una figura más universalmente conocida, porque es un caso
notabilísimo de persona que puede estar provocando, mediante la fuerza de la palabra y del sentimiento, un
cambio total de mentalidad, un cambio total en la lógica de la expresión. Y si nos creemos (y parece que hay
que creérselo) que el lenguaje es pensamiento (…) y vemos que este hombre está operando con otra lógica
que está rompiendo con la de su tiempo, está rompiendo con la que ha establecido el buen decir, está rompiendo
con la que ha establecido la academia, está rompiendo con la lógica con la que va a funcionar habitualmente
la sociedad cubana siguiendo los patrones de las normas lógicas del occidente, ya este hombre nos tiene que
hacer pensar.
Entonces Algebra y Política es su ensayo esencial en el libro que lleva este título; es un
análisis de la política cubana de esos años, sobre todo de esos años 32, 33, 34, de ese momento que
se produce tras la caída de Machado, del auge revolucionario, de la posibilidad de una transformación
en Cuba y cómo esta queda aplastada. Yo diría que es un brillante análisis de sociología política,
donde aparecen frases populares una y otra vez, donde jamás se enreda la explicación buscando conceptos
traídos de otras realidades para explicar lo que está pasando en Cuba, y donde el grado de penetración
de la explicación de los mecanismos sociales que hay detrás de los acontecimientos históricos que él
mismo había estado viviendo resultan absolutamente notables.
De ahí que por supuesto uno prefiera leerse la explicación de estos años que hace aquí Pablo de la
Torriente, que a lo mejor la de algún amigo historiador o la de un amigo sociólogo, porque lo hace
de una forma en que las ideas no solo quedan más claras, sino que quedan más claros los puntos de
vista; por eso me parece importante este texto.
Esta edición, además, es de un valor editorial tremendo. El estudio inicial, que es un tremendo
estudio de época como nos tiene acostumbrados, que hace Ana Cairo, realmente es un ensayo brillante
(…). Realmente es un notabilísimo estudio sobre las formas de expresión de la gente del 30 y
sobre la manera tan absolutamente creadora de apropiarse del marxismo. Y esto es importante para la
vida cubana actual, en la que el marxismo casi que brilla por su ausencia, para hablarlo claro y rápido,
y donde la gente se educa casi que por su cuenta en el campo de las ideas sociales y va picando aquí y allá
lo que puede agarrar; y de pronto la vida social nuestra uno no sabe bien a veces con qué armas se
va a estar explicando y se va a estar estudiando. Y entonces resulta ser que Pablo, que Roa, que
el propio Tallet, que todo este grupo de los años 30, hoy serían calificados como una izquierda iconoclasta,
eso es para decirlo de una forma fina. En tiempos del stalinismo hubieran dicho, y se dijo, que eran
unos terroristas intelectuales, que eran unos desviados, que eran unos equivocados, que eran unos
tipos hasta anti marxistas y resulta ser que aquí tenemos una lectura tan fresca del marxismo que uno
lo está leyendo y ni se acuerda de Carlos Marx, porque lo que se está haciendo es un brillante análisis
histórico social con las armas de la cubanía más absoluta y sin estar rindiendo ningún culto a lo académico.
(…)
El otro libro, Presidio Modelo, es la culminación total de esa transgresión absoluta de los
géneros que es testimonio, bueno, es testimonio pero aquí hay muchos recursos de la ficción. Claro
que lo que está narrando Pablo no es que fuera exactamente así todos los días, porque desde el mismo
momento en que usted está empleando ciertas imágenes, ciertos recursos, una metáfora por acá, usted está
mirando la realidad con sus ojos y la está entregando a través de su lenguaje y por tanto es un proceso
de creación literaria que no es exactamente la realidad, porque aunque uno diga a veces que la realidad
es literatura y a veces parece literatura, la realidad es realidad y no es literatura por muy realista
que pretenda ser en algunos casos la literatura.
Pablo lo que nos está dando es ese trozo espantoso de la vida cubana que fue el Presidio Modelo, con una
intención muy clara: que esto no vuelva a ocurrir, que no vuelvan a ocurrir este tipo de crímenes, este
tipo de asesinatos, que no vuelva a ocurrir este tipo de represión (…) Las versiones del texto
que Pablo intentó publicar y que nunca se pudieron publicar en vida, sino muchísimos años después, nos
están indicando también esa intencionalidad que hay en él y al mismo tiempo ahí veremos que cada una
de las historias que se van haciendo se convierten en sí mismas en narraciones y por tanto se manejan
todos los elementos de la narración (…) Hay elementos analíticos profundos porque Pablo una y
otra vez trata de explicarnos cómo se puede socialmente llegar a semejante monstruosidad que fue el
Presidio Modelo y hay periodismo. Inclusive la primera versión, la primera manera de ser presentado
Presidio Modelo, fue en una serie de artículos para el periódico aquel en que un grupo de
jóvenes trató de transformar la sociedad y transformó en buena medida el periodismo cubano (…)
Valdría la pena escribir un gran estudio de cómo el escritor presenta las cosas de un modo cuando lo
hace para el periódico y en una serie de artículos, y de qué manera los transforma cuando va a hacer un libro.
Sería un interesante estudio de estilo y de conformación de los problemas ideotemáticos.
Este es el hombre de madurez que al mismo tiempo ha comprendido dos cosas muy importantes que marcarán su
vida hasta que muere en la guerra: una, la necesidad de la unión de las fuerzas revolucionarias que es lo
que ha hecho fracasar, la falta de ello, el proceso del 30, y dos, la necesidad de ver el mundo a escala
no solo cubana, no solo antillana, sino que hay que lanzar una mirada universal. Y de ahí su compromiso
de ir a España. Si se ha cerrado y ha fracasado el ciclo revolucionario en Cuba, hay que defender la república
española, porque representaba en su época una posibilidad de intentar detener el desastre que sería después para
la humanidad la guerra contra el fascismo.
Y aquí está el tercer libro. Yo le decía bromeando antes de empezar a Víctor: este es un libro que tú hiciste
con el seudónimo de Pablo de la Torriente Brau, pues se titula Para María, compañera y yo decía, bueno,
para María Santucho, que es la esposa de Víctor. ¿Estará Víctor siguiendo el juego de Pablo y Roa? Pero cuando
lo abrí vi que efectivamente es un texto de Pablo, de los inicios, vamos a decir así, y donde está esa conjunción
de elementos de su personalidad y su estilo literario ya presentes. Porque está la broma, está el juego,
está una ironía muy fina y está esa cosa tremenda de escribirle a una amiga con la que parece que quizá uno
se imagina que efectivamente pudo haber habido allí un amor y sin embargo no lo hubo, pero bueno evidentemente
una atracción al parecer mutua, escribirle lo que acaban de ver en una película. Ya yo estoy loco por ver la
película. Yo me empecé a leer el libro anoche en cuanto llegó a mis manos y si hubiera tenido la forma de
mandar a buscar la película y verla hubiera estado encantado, para ver de qué manera Pablo está recreando
lo que vio en una de las últimas películas silentes que se hicieron (…) En este gran juego está todo
Pablo ya, porque además hay unas bromas hacia su propia persona. Esas bromas de decir que él es una imprenta.
Pero cuando uno ve las fotos se da cuenta por qué él lo está diciendo. Cuando uno ve el original uno se da
cuenta de eso, porque es que el tipo lo que estaba haciendo con escribir era una maravilla, ¡lo que hubiera
permitido hacerle una computadora! Es decir, hacía realmente todo un trabajo de diseño con bocetos, hasta con
unas viñetas extrañísimas que él inventaba y que le iba poniendo en aquel mensaje mecanográfico que le pasó a la amiga.
(…)
Este es un libro para mí sensacional. Yo estaba enamorado, casi que diría que me enamoré de Pablo, es más lo diría
no solo sin temor a que me califiquen de homosexual (porque ustedes saben que ahora han cambiado mucho los criterios),
sino porque realmente es una persona de la cual hay que enamorarse (yo siempre he estado un poco enamorado de esta gente
del 30, sobre todo de Pablo, que es una personalidad realmente avasalladora) y esto me ha hecho todavía aumentar ese interés
mío y casi lamentar no haber sido su amigo, no haber podido compartir con él, como tuvimos la suerte algunos de
compartir con Pepe Tallet , que se le parecía mucho en muchas cosas: en esa fineza del sentido del humor,
en ese sentido de la cubanía, en ese estar al tanto de la frase cubana y emplearla con ironía y broma sin llegar
al choteo tonto, sino al choteo en todo caso muy intencionado y a la vez muy culto. Vean que combinación más inteligente
más profunda y más sabia podían hacer aquella gente,
Así que ya he hablado demasiado. Solo me queda decir que tenemos aquí tres libros muy importantes; solo me queda
decirles que este libro que fue editado en Córdoba, en España, resulta realmente un libro que lo llena a uno y le
completa a uno mucho esa intimidad de Pablo de la Torriente Brau. Y agradecer, como hago siempre, este trabajo
enorme que ha hecho el Centro Pablo que por supuesto desborda a la personalidad de Pablo, aunque la llena,
la completa, porque los diversos ángulos en que ha ido trabajando el Centro y ha ido abriendo caminos -algunos de ellos
francamente inéditos- que el Centro Pablo abordó y los fue introduciendo en la vida cultural, en la vida intelectual
y en la sociedad cubana, yo creo que son el mejor homenaje a Pablo, quien además de ser un excelente escritor, quien además
de ser un excelente periodista, quien además de ser un combatiente de la revolución que entregó su vida por ella, fue
también un enamorado del cine, un total enamorado del cine como le pasó a toda esta gente, pues era el audiovisual de
la época, era la gran revolución de la imagen que se estaba iniciando entonces y no dudo que un día nos encontremos por
ahí, a lo mejor tú me dices (dirigiéndose a Víctor Casaus) que ya lo tienes y yo no lo sé, un guión radiofónico de Pablo.
Porque esta gente eran también unos locos a la radio y la radio era -no había televisión- una gran revolución en la vida
cultural de la época; la radio se estaba extendiendo por todo el país, resultaba relativamente barata y la gente de este
grupo del 30 estaba muy interesada por este vehículo de transmisión de ideas, de transmisión de sentimientos, de
transmisión de cultura y como no, también de transmisión de las maneras de ser del pueblo cubano.
Así que muchas gracias por estos libros.
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