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Cuentos
PABLO DE LA TORRIENTE BRAU
Pablo
de la Torriente Brau inició su carrera literaria con la publicación
de un libro de cuentos, Batey, escrito a cuatro manos con su
amigo Gonzalo Mazas Garbayo. Nuestro Centro ha publicado por primera,
dentro de la colección Palabras de Pablo, los cuentos completos
de Torriente Brau, que incluye textos aparecidos en revistas y otros
que nunca llegaron a ser publicados por el autor.
El héroe
EL
PANORAMA
Desde la tarde anterior habíamos llegado al ingenio y, ahora, almorzábamos
con apetito de guajiros debutantes, en el portal del bungalow que tenían
los ingenieros. Cien metros al frente, paralelas a la línea de casas
del batey, se extendían las vías del ferrocarril en una longitud aproximada
de cuatrocientos metros, perdiéndose por un extremo en una gruta de
árboles, y por el otro, en la traición de una curva. Eran las doce.
El viento, como un perro jíbaro, había huido hacia el monte. En el cielo,
página fulgurante, el sol semejaba la palabra de fuego de una maldición
de luz. Los carriles eran como de plata y fulguraban como relámpagos
cautivos. Eran las doce en el campo, en Cuba.
EL
PERSONAJE
El paradero, que nos quedaba casi enfrente, un tanto a nuestra izquierda,
estaba, contra la costumbre de todos los pueblecitos, solitario. El
viejo telegrafista, sentado en un taburete que se recostaba a la criolla
en la puerta de entrada, fumaba tranquilamente. De pronto se levantó
y fue hacia la mesa de los puntos y rayas… (¡Una tan sólo de las muchas
estatuas a Morse!) Un muchacho fue a cambiar el chucho de un desviadero
de grúa. A lo lejos, intermitentes e imperiosos, sonaron varios pitazos.
"Un tren con vía libre", dijo alguien. El telegrafista, con esa calma
peculiar en los viejos empleados de ferrocarriles, que nos desespera
a los que hemos leído en las novelas y visto en las cintas, toda la
veloz ceremonia que requiere el paso vertiginoso de un tren por los
paraderos intermedios, apareció en el andén con una banderola roja en
la mano cuando ya la máquina atacaba velozmente la curva, envuelta en
humo y como salpicando chispas.
LA
TRAGEDIA
El viejo empleado se acercó al borde del andén para coger los papeles
que le tirarían al pasar, pero su mala suerte le hizo dar un traspié
y cayó violentamente a la línea. La locomotora, con un rugido de conquista,
avanzaba incontenible y a los veinte metros era una montaña que rodaba…
Nos sentimos oprimidos y angustiados igual que en una pesadilla insoportable.
Yo, que casi lo era, me sentí niño y hubiera llorado por evitar aquello…
Como en algo posible, pensé en que el tiempo y el espacio debían acabar
en aquel segundo interminable y que todo quedara como en el vacío, con
la locomotora perpetuamente a igual distancia del pobre viejecito, antes
que permitir a mis ojos el tormento de verlo aplastado por la máquina.
Pero… ¡todo inútil!… El hombre, que se había dado un serio golpe al
caer, no pudo sacar una pierna de entre los polines, y a pesar de los
esfuerzos titánicos del maquinista, la locomotora llegó hasta él patinando
rabiosamente sobre los raíles llenos de centellas….
EL
HEROE
Llegamos en silencio, como ante los muertos tendidos. El maquinista
tenía la enorme mano soldada en la palanca del freno, y con los ojos
muy grandes, miraba como por primera vez el mecanismo inexplicable de
la caldera o la insoportable angustia del paisaje. Y mientras, de sus
ojos caían lágrimas, como campanadas de reloj… Dimos la vuelta con temor.
Allí estaba el viejo con las manos apoyadas en la tierra, y el busto
erguido ¡y con cara tranquila!… "Que den para atrás" -nos dijo- y, luego,
al ver nuestro asombro, una risita nerviosa y espeluznante hirió nuestros
oídos y quedó en ellos para siempre… Pensé, ante aquella muestra de
valor espontáneo y tranquilo, cuan despreciables eran las hazañas famosas
de todos los héroes fanfarrones de la historia. Y como si empezara a
aburrirse, dijo luego, con una voz llena de urgencia: "Vamos, den marcha
atrás, que no voy a estar aquí toda la vida"… El maquinista por fin
hizo retroceder a la máquina, y los crujidos de los huesos rotos se
oían en medio del fragor del coloso, lastimeramente, como el llanto
de un niño que despierta durante una ovación en el teatro… ¡Qué profunda
pena y qué profunda admiración sentí entonces hacia aquel viejecito
valeroso!… Cuando el monstruo negro dejó libre el espacio entre el andén
y las vías, ¿nos acercamos o fuimos atraídos? No lo sé… Ya el telegrafista
estaba en pie, pálido pero tranquilo, recostado al muro de cemento,
con su pierna rota en la vía, y nos dijo con calma: "Vaya, vaya, ¡por
Dios!, dejen esa cara. No ha sido nada. La pierna era de palo; la original
está enterrada en el campo de batalla de Ceja del Negro…
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Cien Años de Pablo
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entre Oficios e Inquisidor
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Tele-Fax: (537) 66 6585
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