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Periodismo
Pablo
de la Torriente Brau fue un renovador del periodismo de su época, al
que incorporó de forma creadora sus vivencias personales en la lucha
revolucionaria de la Isla y las ricas formas del lenguaje popular. Sus
serie de reportajes denunciaron los crímenes del gobierno de Gerardo
Machado y, posteriormente, las condiciones de injusticia de la vida republicana
en Cuba. Durante los escasos tres meses que duró su participación en
la Guerra Civil Española escribió las crónicas recogidas póstumamente
bajo el título de Peleando con los milicianos. Nuestro Centro Cultural
ha publicado, en la colección Palabra de Pablo de sus Ediciones La
Memoria, el volumen titulado Cartas y Crónicas de España que
reúne, por primera vez, las versiones originales de los trabajos escritos
por el cronista en España.
En
el Parapeto La
tribuna fue un parapeto sobre una roca. El escenario fue la noche prelunar,
densa aún y peligrosa. Mi contrario, un cura guerrillero. El público,
los milicianos de la Revolución española y los fascistas insultadores,
requetés, falangistas, guardias civiles y militares traidores. Los aplausos,
ráfagas de las ametralladoras. ¿Quién podría olvidar todo esto?
Nosotros llegamos al parapeto al anochecer. La luna saldría más tarde,
ya en menguante. La noche era honda, maciza, casi impenetrable.
Aquel
sitio era el que había recibido un nuevo nombre en la geografía del
lugar. Se llamaba La Peña del Alemán, en honor de un compañero (comunista)
alemán que el cuatro de agosto se había batido allí como un héroe por
defender la posición dominadora de un pequeño valle. Al alemán, los
milicianos, con su dificultad para recordar el nombre extranjero, lo
recordaban sólo con el recuerdo. Alguno, vagamente, creía saber que
se llamaba Hans. Algún día lo sabré.
Frente a nuestra posición también la geografía había tomado un nuevo
nombre. Allá estaban los fascistas, dominados por nosotros desde algunos
puntos, sobre otras colinas rocosas, a una distancia de trescientos
cincuenta a quinientos metros. Ellos le llamaban a su avanzadilla El
Parapeto de la Muerte. Nosotros lo sabíamos por los hombres que se habían
pasado a nuestras filas.
Ya,
antes de llegar a las peñas, yo había recibido una emoción singular.
Marchaba con el teniente a la cabeza de la impresionante fila india
y me di perfecta cuenta de que el oficial no tenía la exacta noción
del rumbo. La marcha por las rocas y los sembrados, en la noche sin
matices, es peligrosa en extremo, porque puede caerse frente al enemigo,
como a muchos les ha pasado. Fue una cosa de instinto, porque casi enseguida
varios hombres advirtieron:
-Teniente,
por aquí nunca hemos venido, usted va equivocado. ¡A ver si nos vamos
hacia los fascistas!
-Aquí
hay un camino —gritó uno atrás.
Se
hizo un alto, el teniente realizó un recorrido y la fila silenció las
voces y apagó los cigarros. El oficial regresó y dijo:
-Íbamos
bien, hombre.
Pero
desvió el camino mucho más a la derecha. Entonces, mientras ascendíamos
a tropezones por las peñas ásperas, comenzamos a escuchar el lejano
vocerío. Había comenzado, con la noche, la batalla de insultos y de
convencimientos.
En
la guerra cabe la astucia, pero no la hipocresía. Por eso, tan pronto
como la oscuridad lo permitía, los hombressacaban la cabeza fuera de
los parapetos y comenzaban a insultarse unos a otros.
Era
un combate en que el ingenio tomaba una parte principal. Y florecía,
junto a la brillante salida de un estudiante, la ruda barbaridad de
un campesino. Los nuestros ciertamente llevaban la mejor parte.
-¡Rojillos!
—gritaban ellos—, ¿habéis comido hoy? ¿Habéis fumado?
-Sí,
fascista, nos sobró pollo, hombre. Ven por él... contestaba uno nuestro.
-Eh,
rojillos, ¿desde cuándo no vais a Madrid?
-Fascista,
hablad claro que no tenéis espíritu ni para gritar.
Mas
pronto comenzó la «propaganda», dándose cuenta de las mutuas victorias.
-¡Hijos
de la Pasionaria! ¿Os habéis enterado de lo de Toledo? ¿Por qué si vais
a Madrid tanto no os llegáis a Toledo que está más cerca?
-Fascista,
es que no tenemos tiempo. Tantas palizas como os damos no nos dejan
tiempo para todo. En algún lado tenéis que descansar. ¿No sabéis ya
lo de Monte Aragón y Estrechoquinto? Os ocultan la verdad, fascistas.
Había
una diferencia entre los dos puestos. De los nuestros hablaba quien
quería. De ellos sólo se escuchaban cuando más dos o tres voces. Y no
es que hubiera más disciplina, porque cuando nosotros queríamos, hablaba
uno sólo, sino que había menos entusiasmo del lado enemigo.
Y
de la propaganda se saltaba a las cosas que más pudieran mortificar.
-Oye,
fascista, ya se os acabó el Aquarium (café de lujo de Madrid). Ahora
dormimos en casas de vuestros duques y condes...
-Sólo
eso queríais, canallas. Vagos es lo que sois y no trabajadores... Pero
ya pronto tomaremos Madrid.
-Oye
fascista, y ¿por qué no tomáis primero Gascones, que es más pequeño?
¿Os acordáis del 22, no?
-Rojillos,
¡hijos de puta!
Y
una llovizna de la ametralladora silbó encima del parapeto. Les había
«hecho efecto» el recordarles la paliza que allí mismo habían llevado
el 22 de septiembre.
Los
nuestros siguieron en el ataque.
-Oye,
Calvo fascista (Calvo era el cura que hablaba generalmente por ellos),
oye, español, ¿cuánto pagáis al italiano del avión y a los alemanes
de la antiaérea? ¿Qué os han hecho las mujeres y los niños? ¿Por qué,
cristianos, traéis moros? ¿Por qué empleáis balas explosivas? Y contestaron:
-Nosotros
luchamos por una España nueva. Y vienen italianos, alemanes y moros,
porque tenemos el apoyo del mundo entero. Nosotros también vamos a luchar
por el trabajo. Pero queremos una España para todos, pero no para unos
pocos, como vosotros, que os llamáis trabajadores y no queréis trabajar.
Detrás de nuestros parapetos reina el orden en todos los puntos.
-Claro,
reina el orden de los cementerios —gritó uno de los nuestros.
Y
entonces fue cuando el teniente me dijo:
-Compañero,
debías hablarles tú, que vienes de fuera, para que les cuentes lo que
se piensa de España.
Yo,
por mi cuenta, ya les iba a hablar, así es que me anunciaron a grandes
voces:
-Eh,
fascistas, aquí hay un periodista cubano que va a haceros un informe
que podrá interesaros. A callaros, pues. No rebuznéis más.
Y
cuando se hizo el silencio comencé el primero de mis tres discursos
de la noche:
-Compañeros
fascistas, grité a buena voz —y me oyeron aquella noche a lo largo del
hueco del valle, en los lejanos parapetos de Gandulla—, soy periodista
y vengo de América. Vengo de Cuba, de los Estados Unidos, de Bélgica
y de Francia. Y puedo darles informes del Canadá y de toda la América
Latina. El mundo entero está en contra de ustedes. Los obreros del Comité
Antifascista de NuevaYork recogen muchos miles de pesos para sus compañeros
españoles; en Francia, en breves días, se reunieron cinco millones de
francos; en Bruselas, en una semana, se pasó del millón de francos;
los obreros canadienses y los ingleses nos envían ambulancias y material
sanitario, y desde México, los obreros mexicanos han remitido los rifles
y los millones de cartuchos con que ahora estamos disparando contra
ustedes. Pero no es sólo esto. Con ustedes hay italianos y alemanes
mercenarios, pagados por sus gobiernos, enviados por Hitler y Mussolini,
los dos chulos provocadores del cabaret político de Europa, pero con
nosotros están los alemanes y los italianos que luchan por la libertad
de sus países. Y esta misma peña, que nunca han podido tomar ustedes,
lleva el nombre de un compañero alemán. Con ustedes está la canalla
del mundo. Ustedes son mandados por traidores. A nosotros nos mandan
luchadores de la libertad y nos apoya el proletariado del universo entero.
Aún tienen tiempo. Los que de ustedes tengan callos en las manos y hayan
sido arrastrados o por la amenaza o por el engaño, que se pasen a nuestras
filas y serán recibidos aquí con los brazos abiertos. Los otros, los
explotadores, los vividores de toda la vida, que se preparen a la muerte,
porque no hay esperanzas para ellos. No se dejen engañar. No hay esperanzas
para ustedes. Somos más y somos mejores. La guerra la ganaremos porque
España no quiere seguir siendo esclava; porque sería preciso el exterminio
total de los españoles, como ya tuvieron que hacer ustedes en Badajoz.
Nosotros también, los hispanoamericanos, hemos venido aquí y allá reunimos
dinero para la causa del pueblo español, porque estamos contra la España
que ustedes quieren prolongar, la vieja España de la explotación de
nuestros pueblos, contra la que fue nuestra madrastra y ahora será nuestra
hermana mayor, por ser la primera en obtener la libertad. Y hasta mañana
fascistas.
Parece
que mis informes los impresionaron, porque cuando acabé no irrumpieron
a rebuznos ni graznidos, sino que continuó el silencio. Entonces los
nuestros comenzaron a hacer chuscos con ellos y a preguntarles que si
se habían asustado con los informes.
Pero
entonces habló uno de ellos.
-Vaya,
ahí te contesta el Calvo. Escucha bien para que le respondas:
Y
el Calvo habló:
-Eh,
tú, periodista. Has dicho una sarta de mentiras. ¿Cómo es que si toda
América, como tú dices, está con ustedes, explica tú que el Uruguay
y otros países hispanoamericanos estén a punto de retirar sus representaciones
diplomáticas de Madrid, y van a reconocer al gobierno legítimo de Burgos?
La América que está con ustedes no es sino la mala América, que es igual
que la mala España de aquí. Dios os cría y el diablo os junta. Y aprende
a no decir mentiras. Explica cómo es que estando con vosotros es con
nosotros con quienes quieren tener relaciones. Explica, anda, contesta.
-Vaya,
contéstale pronto para que no se crean que tienen razón —me dijeron
los compañeros.
-Oye,
fascista, ¿me oyes?, bueno, te voy a contestar, hombre. ¡Qué cosas más
fáciles preguntas tú! Debías tener más talento para lo que has estudiado.
Mira, en primer lugar, tienes que saber que una cosa son los gobiernos
y otra los pueblos. En París vi a medio millón de franceses pedir cañones
y aviones para España. Y en Bélgica, cuando Pasionaria se presentó en
el Stádium de Bruselas, la ovacionó la muchedumbre. Eso es lo que tienes
que comprender, fascista y eso es lo que quiero que sepan tus hombres.
Cuando un pueblo tiene el gobierno que quiere, pasa entonces como con
Rusia, o como con México, que ambos nos están mandando, el primero,
víveres y ropa; y el segundo, balas para acabar con ustedes. ¿Estás
contento ya, fascista?
De
nuevo se hizo el silencio en el parapeto enemigo.
-Te
los has cargado —dijo un compañero—. No saben qué contestar.
-Es
que además de que no tienen la razón, son brutos —comentó otro.
Pero
el clamoreo se alzó de nuevo y el teniente nuestro hizo una observación.
Era verdad: una voz sonaba mucho más cercana que las otras. Inmediatamente
recorrió el puesto y ordenó que prepararan las granadas de mano.
Sin
embargo, la misma voz, la del Calvo, logró imponerse a las otras y haciendo
alarde de una sutileza final me emplazó:
-Oye,
periodista cubano, ¿cómo es que siendo tú tan humanitario como dices,
nos acusas de emplear aviones italianos y, en cambio, te jactas de que
nos disparan con balas mexicanas? Contesta eso, ahora, si puedes, anda,
que todos sois unos farsantes, y tú harías mejor en no meterte en las
cosas de España.
Para mí fue extremadamente fácil contestarle al fascista y le grité,
con una gran voz resonante en el valle y la distancia:
-Oye,
fascista, manda a callar a ese energúmeno que aúlla ahí y escucha. (El
energúmeno se calló.)
-Oye,
lo que tú quieres saber es qué diferencia hay hoy en el mundo entre
un avión italiano y una bala mexicana, ¿no? Bien, pues te voy a contestar.
Esos aviones italianos que están usando ustedes, son los mismos que
bombardearon a las indefensas poblaciones de Abisinia, son los mismos
que utilizó Mussolini en nombre de la civilización, para atropellar
y asesinar a un pueblo, el más heroico de la tierra. Y ustedes que dicen
que quieren una nueva España han atraído a los desalmados esos, a los
que representan hoy en el mundo la barbarie, el incendio, el asesinato
y el robo; a los que quieren provocar una nueva matanza europea. Y ustedes
no han vacilado en hacer de España una nueva Abisinia, y yo sé que tú
sabes lo que significa en el mundo un avión italiano. Pero tú no sabes
lo que significa una bala mexicana y te lo voy a explicar. Una bala
mexicana nunca ha significado una conquista y el atropello de un pueblo.
Una bala mexicana siempre ha significado una lucha por la libertad de
los pueblos. Una bala mexicana significa, para nosotros los hispanoamericanos,
una lucha constante, incansable, contra el imperialismo. Por eso, fascistas,
nosotros nos sentimos orgullosos de disparar contra ustedes con las
balas mexicanas, pagadas por los obreros mexicanos, porque son balas
para liberar un pueblo y no para oprimirlo. Y esta es la diferencia
que hay entre los aviones italianos que ustedes usan y las balas mexicanas
que nosotros empleamos. Y hasta mañana, fascista...
Esta
vez la respuesta fue contundente. Silbaron las ráfagas tableteadas de
las ametralladoras y muchas balas de fusil, balas explosivas, estallaron
contra el parapeto.
Y
me gritaban:
-Traidor,
vete a tu país. ¡Hijo de puta! ¿Cuánto te pagan?
-Ganamos
la pelea —le dije al teniente.
Pero
este tenía ya otra preocupación. La noche estaba negra y temía una sorpresa.
Yo
le dije: todo es cuestión de media hora, que comenzará a salir la luna.
II
Los
disparos de los morteros contra algún otro parapeto cesaron. Pero los
«pacos» —tiradores furtivos— disparaban incansablemente. Alguna vez,
los fusiles-ametralladoras descargaban sus peines. De cuando en cuando,
una bala explosiva estallaba su bofetada insultante contra nuestro parapeto.
Yo
le dije al teniente:
-Yo
creo que esa gente nos quiere tener toda la noche despiertos, porque
a lo mejor, pensarán atacar mañana y preferirán tenernos sin descanso.
-Tal
vez —respondió, y se fue, atento a todo, a recorrer la línea.
Yo
fui con él. A uno le daba instrucciones sobre el peligro de los fósforos
y de los cigarros; a otro le indicaba la necesidad de montar la guardia
con todo el correaje puesto; a otro le ordenaba cubrir con sacos los
techos de las «chabolas» (casetas de madera) para no denunciarlas a
los aviones; a las guardias les indicaba que no olvidaran las granadas
de mano. Era su primera noche de oficial y ponía un escrúpulo especial
en todo. A mí me había dicho:
-Ya
verá mañana, gente imprudente y temeraria. No escarmientan.
Me
acosté a cielo abierto, porque no había más espacio en las pocas chabolas
que aún se habían hecho. Había una clara luna remota, de menguante.
Y las estrellas, mis viejas amigas del cielo del Presidio. Tanto tiempo
sin verlas. De pronto me entró una duda. ¿Era Casiopea la constelación
que brillaba sobre mi cabeza? El cuerpo me temblaba por el frío, como
si fuera un flan. ¿Tendré yo miedo —pensé— que no me acuerdo bien de
lo que sé? Me acordé de Cuba, de Teté Casuso, de mis perros y de mis
árboles, en Punta Brava. Yo me dije: a lo mejor, en la guerra, cuando
uno tiene un recuerdo es porque se tiene miedo. Pero no estaba convencido.
El relevo de las doce, un gallego de imponente vozarrón, me dijo:
-Camarada,
tienes frío. Toma esta manta y ya luego nos arreglaremos. Pero no sabes
dormir en la tierra. Echa pa’acá, hombre. Y me hizo una especie de almohadilla
con paja y piedra, que quedó muy bien.
-Sigue
tirando esa gente —le dije.
-Sí,
pero no hagas caso. Es que tienen miedo. De noche le tiran hasta a su
sombra.
Y
me fui durmiendo, sin sentirlo, como en la cama de un príncipe, recordando
el cuento de la cantimplora herida, de un soldado bisoño que al entrar
en fuego sintió un balazo y se sintió húmedo y se vio correr la sangre.
La sangre que sólo era el vino de la cantimplora pasada por una bala.
La
guardia de las dos me despertó. Lloviznaba y todos tuvimos que recogernos
en una chabola. Allí, unos sobre otros, dormimos. El agua goteaba, pero
no era lo mismo que la intemperie.
El
amanecer. Un hombre se levantaba y a todos los movilizaba. Pisaba a
unos, tropezaba con otros, algunos lo insultaban, soñolientos aún. El
agua de las goteras corría por las mantas. Había más frío aún que por
la noche. Lloviznaba sin cesar, pero era una lluvia fina, impalpable
casi. Fuera de la chabola, en un rincón del parapeto, unos milicianos,
con cara de sueño, sin lavar, cubiertos por las mantas, se calentaban
las manos en una pequeña hoguera y preparaban un poco de chocolate.
Una serie de balas explosivas estallaron contra el parapeto.
-Ya
empiezan esos cabrones —dijo uno.
Y,
en efecto, comenzó la función. Los francotiradores, los «pacos», no
descansaron.
A
nuestra izquierda, a unos veinticinco metros, quedaba un parapeto aislado.
Cinco hombres lo cubrían. El espacioentre nosotros quedaba bajo el fuego
directo de una ametralladora enemiga. Un hombre se levantó allá y enseñó
un pedazo de jamón:
-El
que tenga cojones que venga por él —gritó.
Y
enseguida uno de los que estaban haciendo el chocolate, dijo: «Eso me
completa el desayuno», y lo fue a buscar. A la vuelta, la ametralladora
lo persiguió, pero todas las balas picaron atrás, contra las rocas.
Después, ofrecieron vino, y también lo fueron a buscar bajo las balas.
Y si no se levanta el teniente hubieran continuado aquellas imprudencias
temerarias de que ya me había hablado. El último hombre que cruzó tuvo
que quedarse allá.
La
Chata, una hermosa muchacha, de negro pelo estatuario, vino a nuestra
chabola a tomar el desayuno.
-Oye,
esta barraca es sólo para hombres le dijo uno en broma.
-Bueno,
pero es que yo también soy un hombre ahora —respondió.
Y uno me dijo:
-Esta
se duerme en los parapetos.
-No
seas embustero. Mira que no estoy de buen humor —le contestó—. He tenido
ahora una discusión con Lolita, en el parapeto de al lado.
-¡Una
camilla... Un hombre herido! —se asomó uno, urgiendo.
Todos
salimos rápidamente. Disparaba el enemigo a descargas cerradas inútiles.
Pero del suelo recogían un cuerpo inerte. Era Lolita Maiquez. Sólo tenía
diecisiete años. Me había leído la carta última de su mamá, contenta
de saber que muy pronto tendría permiso para volver a Madrid. En la
carta le decía: «Dime si es cierto, cuándo vienes, para ir a la cola,
a buscar carne.» La madre es vendedora de periódicos y ella era aprendiz
de modista. Se había portado como un héroe en el combate del día 22
de septiembre. Era pequeña, una seria muchacha simpática. De su parapeto
había cruzado al vecino para buscar unos gemelos y explorar al enemigo.
En el punto más alto del cruce, si no se arrastra uno, se pasa a la
descubierta. Fue imprudente y cayó, sin una palabra, sin sangre. Pero
llevaba ya ese lívido color de la muerte, que se parece al de un canario
enfermo. Mas es ridículo comparar con nada a una muchacha muerta en
la guerra. Llevaba la cabeza abatida. Los compañeros la evacuaron bajo
el fuego. Dos veces cayeron y pensamos por un segundo que tendríamos
que ir a recogerlos también, pero sólo era el apuro que tenían por llegar
al puesto de emergencia.
-¡Pobre
Lolita! —dijo La Chata, su compañera de parapeto, mientras se peinaba
su tumultuosa cabellera negra.
Y
la tristeza hizo el silencio mientras el enemigo disparaba, respondiéndole
nuestras guardias.
-Y
que no hay esperanzas, porque herido que no habla, ese está mal —dijo
otro.
En
efecto, cuando regresaron los hombres se supo. Había muerto en el acto,
una bala le había partido la aorta. El teniente Ruiz tomó mi pluma y
escribió:
«Parte
de Guerra. —Peña del Alemán, 5, 10, 1936. —Al Capitán de la Tercera
Compañía de Acero.
—A
las ocho de la mañana del día de hoy, la miliciana Dolores Maiquez,
destacada en un parapeto de cinco hombres (responsable cabo Cruz Tello),
al salir al parapeto próximo recibió un tiro de fusil, siendo evacuada
a mano por el teniente Avelino Ríos y dos milicianos más, por no existir
ambulancia, ni camilleros. —El Teniente, A. Ruiz.»
Luego
salió a recorrer los parapetos y fui con él. En cada uno regañó enérgicamente
a los hombres.
-Tú,
¿qué haces sin el correaje? Aquí va a haber que dar las órdenes a tiros.
Estas muertes me indignan. Aquí no venimos a morir, sino a matar. Sólo
venimos a morir cuando vamos al ataque, cuando vamos a cambiar la vida
por un objetivo. La vida que traemos al parapeto no es nuestra. Ya lo
ha dicho el Partido Comunista. Es de la revolución. Y un muerto no es
sólo un compañero que cae. Es un rifle menos para matar fascistas. Ustedes
tienen miedo. Tienen miedo a que los demás se crean que tienen miedo.
Y hay que acabar con esto. Y no hay que ser más valientes porque haya
mujeres. Aquí las mujeres son hombres. Porque aquí sólo hay rifles de
la revolución. Aquí no hay sexos. Y del parapeto no se sale sino cuando
es imprescindible. Y si se sale hay que salir así. Y, arrastrándose,
el teniente Ruiz pasaba de posición a posición, recriminando a los hombres
su imprudencia. Pero estaba colérico. La muerte de Lolita Maiquez lo
había puesto violento.
-¡Cabrones!...
—decía—. Tenemos que vengar la muerte de Lolita. Como venga hoy un parlamentario
a dejar prensa, nos lo cargamos.
-No,
teniente, no puede ser eso —le objetó muy seriamente un miliciano.
-¿Qué?
¿Lo vamos a dejar llegar? ¿Acaso ellos han respetado nunca los parlamentos?
¿Acaso en Madrid, y en Barcelona, y en Oviedo, y en todas partes, no
han utilizado los parlamentos para ametrallarlos cuando nos acercábamos?
-Pues
por eso mismo, teniente, porque nosotros no podemos ser como ellos,
repitió el miliciano.
Mas
el teniente Ruiz estaba empeñado en vengar la muerte de Lolita, y al
cabo dio con la fórmula. Dijo:
-Ahora,
de once a once y media, ellos traen la comida a su parapeto. A esa hora,
a una señal, todos disparamos sobre el objetivo. Alguno caerá.
Y
escogió los tiradores. Allí había varios que habían peleado en África.
Un filipino, estupendo tirador; dos carabineros; él mismo. Yo tomé el
rifle que había dejado Lolita Maiquez.
A
los cuatrocientos metros un hombre no es fácil blanco. El filipino,
Ángel Ruiz Melendreros, sin embargo, había estado siete años en Marruecos.
Le vi meter dos peines consecutivos por una tronera fascista. Julián
Romero, cabo de carabineros, que tenía miles de historias que contar,
pequeño, barbudo, trigueño, tiraba también estupendamente. Y otro carabinero
de espejuelos, joven, tenaz. Ellos me fueron corrigiendo la puntería
hasta que coloqué mis balas en los sacos terreros de los fascistas.
Se les vio venir, aproximarse al parapeto, y a una señal hicimos fuego.
El peine entero y enseguida otro más. Cayeron. No sabemos si muertos
o heridos, porque al suelo se tumba uno cuando silban las balas próximas.
Pero ellos contestaron furiosamente. Y tirando con tal precisión que
la tronera de observación desde donde disparaba el teniente fue acribillada.
Una bala, pasándole bajo el brazo en que se apoyaba sobre el saco, rajó
este. Inmediatamente, otra levantó un poco de tierra.
-Me
cazan Ádijo Ruiz—, echándose a un lado. Han localizado con los gemelos
esta tronera.
Y
apenas lo dijo, una ráfaga entera de ametralladora silbó por ella. Decir
que pasan como un mosquito de acero es parecido pero no es exacto. Su
silbido semeja al de un hilo de alambre vertiginosamente enrollado desde
el infinito. Un miliciano se agachó y taponeó la aspillera con una piedra.
Dos balas explosivas se rompieron contra ella.
-Me
figuro que les hemos hecho alguna baja —le dije al teniente.
Este, satisfecho, me contestó:
-Lo
creo, porque han reaccionado como nosotros cuando mataron a Lolita.
Después,
unos se aburrieron y se echaron a dormir, y otros continuaron el tiroteo.
Yo, con los gemelos, iba comprobando el efecto de los disparos que hacía.
Me gustaba aquello. Pero mis maestros, el filipino Ruiz Melendreros
y el cabo Julián Romero, se pusieron a hacer relatos de la guerra de
Marruecos y me puse a escucharlos. Aunque el día continuaba triste,
gris, frío y lluvioso, habíamos sacudido un poco la pena a tiros, y
teníamos la esperanza de haber hecho bajas. Aún, un compañero, desde
el parapeto próximo, no dejaba dormir a los otros con el estampido constante
de su mosquetón.
El
filipino recordaba a los Hijos de la Noche y a los Caballeros de la
Luna, grupos de hombres arriesgados, audaces, que en África salían por
la noche en busca de los tiradores furtivos que tanto daño les hacían
a las columnas y recordaban al famoso «paco» de Zauen, que estuvo dos
meses, desde lo alto de una montaña inaccesible, matando soldados.
El
cabo Romero recordaba sus aventuras. Cuando yendo en un tanque, cayó
en un barranco y estuvo sitiado dos días por los moros, comiendo la
carne cruda de una oveja que lograron meter dentro. Y cuando estuvo
prisionero siete meses, en un morabito, al cuidado de un santón, en
Reana, por Zoco. El abra de Beniharan. Hasta que un cabo de la Legión
Extranjera mató de un palo una noche al santón, y pudieron escapar los
únicos supervivientes que quedaban, vestidos de moros, hasta la frontera
francesa, y allí los recibieron a tiros y se salvaron gracias al hallazgo
de una letrina, en donde se refugiaron hasta la llegada del día, en
que a gritos aclararon que eran españoles fugados de una prisión de
los moros.
Y después contó la danza de las gumias, para hacer santones, que presenció
en el campamento de Terejira, en Larache, donde todos estaban vestidos
con chilabas y jaiques de gran lujo.
Y
la fiesta del cordero, que hacen un día al año, y para la que escogen
al más ágil y potente corredor, y a la puerta de un morabito, degüellan
un cordero joven, y el corredor, a la desesperada, cruza el pueblo y
lo lleva hasta la puerta del morabito opuesto, y si llega con vida,
palpitante aún, será que habrá un buen año, si no, el año será malo.
Y
el filipino contó la vida de los legionarios; cómo se gastaban todos
los «cuartos», «porque un día u otro tenían que morir»; los brutales
castigos que inventaba Franco para mantener la disciplina; la pena de
un mes dando pico y pala, sin armas, en la primera línea...
Así,
bajo la llovizna, los disparos y los recuerdos, se fue pasando el día.
A cada rato, el joven carabinero de espejuelos, que se había propuesto
hacer bajas en el enemigo, llamaba la atención de algo y disparábamos.
Uno recogió en nuestro parapeto más de trescientos casquillos, para
utilizarlos de nuevo.
Al
atardecer sonó el teléfono. Había sido instalado aquella noche y esta
llamada era la inauguración de la línea hasta el parapeto. Ya, dentro
de la chabola, estaba oscuro.
-¡Llama
al teniente, tú, que suena el teléfono!
-¡Cómo!
—dijo Ruiz, y todos nos quedamos callados—. ¿Pero está confirmado? ¡Muchachos!
¡Los mineros están combatiendo ya en Oviedo!...
Se
olvidó la muerte de Lolita Maiquez. Uno dijo:
-¡Ya
está vengada!
Y
desde los parapetos comenzaron las voces a llamar a los fascistas para
darles la noticia. Aún era temprano y no podía sacarse la cabeza sobre
el muro, pero oyeron muy bien y contestaron que era mentira. La tarde,
ya alegre, se llenó de espíritu. La Chata cogió una tabla y le puso
la guerrera de un soldado y un casco, y lo asomó sobre el parapeto.
Inmediatamente comenzó el fuego fascista. Detrás del parapeto, los milicianos
se divertían, mientras las balas daban en el muñeco.
Y
en nuestra chabola, los milicianos, recordando las vacilaciones de la
revolución de octubre de 1934, comentaban:
-Y
ahora, hay que destruir lo que sea, si los fascistas se refugian en
ello.
-Y
se destruye la catedral si hace falta. A hacer puñetas con el arte gótico
y con el arte antiguo. ¿O es que acaso el arte moderno no es también
arte y tan respetable como el antiguo? ¡Se hace otra catedral si hace
falta, cojones!
Y
cada vez que sonaba el teléfono, se hacía el silencio y brillaban más
los cigarros anhelantes.
Madrid,
29-10-936
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