CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

Expo La clave y el pincel en la calle de la Muralla
2003

Palabras

QUIÉNES SON LOS MÚSICOS DE LÓPEZ-NUSSA ¿LOS CUADROS O LOS HIJOS?

Por Estrella Díaz

Por estos días y hasta finales de octubre se encuentra abierta al público en la Sala Majadahonda del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau la exposición personal La clave y el pincel en la calle de la Muralla, del maestro de la plástica contemporánea cubana Leonel López-Nussa.

La muestra que incluye una treintena de obras realizadas en diversas técnicas en diferentes momentos del quehacer creativo de López-Nussa fue inaugurada, el pasado 10 de septiembre por el poeta y cineasta Víctor Casaus, director del Centro Pablo.

Reiteró Casaus su satisfacción porque “como otras tantas veces en nuestro Centro confluyan manifestaciones de la creación espiritual humana relacionadas entre sí” e insistió que “cuando ellas están unidas por la familia, por los vínculos de la sangre, esa conjunción se hace si es posible más hermosa”.

Además de la inauguración de la muestra el grupo Espiritual integrado por Harold López-Nussa (piano), Ruy Adrián López-Nussa (drums), Mauricio Gutiérrez Hupman (percusión), Damián Nueva (bajo) y Alejandro Sánchez y Roberto Martínez (saxofón) regaló una descarga de jazz la que demostró la alta calidad de los jóvenes músicos.

Igualmente escritor y crítico Sergio Chaple presentó la novela de Leonel López-Nussa titulada El pintor asesinado, editado por la editorial Unión, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC. El Boletín Memoria ofrece este fragmento de sus palabras de cariño y homenaje:

“Lo cierto es que es hermoso que a su edad Leonel nos haya regalado esta nueva obra suya, tan nueva como su espíritu, como su actitud iconoclasta de siempre, como su sólita sabiduría de siempre. Son muchos los donativos de Leonel a nuestra cultura. Como pintor, como narrador, como crítico de distintas artes”.

 

LÓPEZ-NUSSA, FABRICANTE DE MÚSICA

Los creadores encuentran la cristalización de su anhelo en un tema predilecto, mientras va estilizándose su escritura, y es como si se transparentara la línea materna que los habita: la línea de la continuidad, sorda y tenaz, que los une a la tierra, a la ilación de las generaciones; es algo que no eligen, sino que los traspasa al pasar por ellos. Por el otro lado, como queriendo escapar a esta cadena, van llevando obstinadamente su adoración hacia un ídolo, que fabrican ellos mismos calladamente.

López-Nussa pertenece a una época en que al artista no lo cohíbe, en la cuestión de la elección de formatos y temas, más que su ambición social, si es que la tiene. El galerista al que entrega su producción por adelantado lo encamina hacia la repetición de sí mismo, pues    le conviene tener a los compradores adictos a una firma, a un modelo, a una compulsión. Pero el que no pretende vivir de su pintura, sino que se deja devorar por ella, encuentra en sí mismo una ley que lo pone de rodillas y lo hace avanzar a latigazos hacia lo mejor de sí mismo. En el principio de su inspiración, López-Nussa es  pintor de mujeres, que lo provocan, con una mirada intensa y gestos fantásticos; cada cuadro suyo es un duelo con la feminidad radiante.

Como legítimo pintor de su obsesión, levanta el telón del enfrentamiento, extiende colores que son tabiques, y la sonrisa de cada una de sus “majas desnussas” abre tajos en el corazón del enamorado que se encuentra del otro lado, cual Tántalo condenado a la distancia. Picasso no se enfrascaba en guerras personales con sus ninfas. Por eso tampoco necesitaba reconciliarse con ellas, era romano, clásico y equidistante de cualquier belleza. Por el contrario, los cubanos son unos ansiosos, insatisfechos con la adversidad del universo. Para Lam el mundo era jungla, jaula densa que lo digiere a uno, y la única salida estaba en hacerse impenetrable como ella, ojos que sepultan, recios palos vacíos. Pero López-Nussa, su hermano y aprendiz de la serenidad de Picasso, es el que halló el claro del bosque encantado.

De ahí nacieron los cuadros de músicos, la colección temática más justa y tensa de su producción, que le corresponde a López-Nussa como una vestidura, una máscara definitiva, el cumplimiento de su destino: él había venido al mundo para representar la musicalidad del pueblo cubano. Recostadas sobre su instrumento, sus majas se amansan, y expresan lo que las hace humanas, ya no solamente fieras eróticas. Cada vez que toca el tema, su lápiz a la escucha dibuja fugas bachianas, sostenidas reiteraciones schubertianas, y difunde tanta plenitud a nuestro oído visual que surge la obligación de pasar al terreno de la comida: dejando a un lado el sexo, músicos y músicas de López-Nussa alimentan, dan la paz y reconcilian, y nos sueltan la lengua. Diríase que toda su música es campesina: equilibrada, fecunda, florida y placentera. Deja que entren la luz y el aire puro, y la delicadeza, en cada cuadro. Es guajira en el sentido de que pertenece al paisaje, y no pretende herir a nadie, sino adaptar a cada cual a su terruño; acompasa al público, serena y aplatana. A este registro exquisito pertenecen “Orquesta de danzones”, “El guayero”, “Orquesta de mujeres”, y las guitarras llameantes, oriflamas y gritería. Música de la tierra, donde canta siempre además una voz íntima, el sujeto lírico, enamorado y reflexivo a la vez, la bruñida sonoridad de la persona mayor, que ha alcanzado su verdad interior, tras una larga controversia consigo misma. Lo manifiestan los ojos, las lenguas, los güijes, que añaden un punto de interrogación a cada frase musical dibujada por el abrazo de cuerpos e instrumentos.

Protegida por su guardia de soneros mayores, nobles y profundos, sabemos que además de introspectiva y galante, la música cubana es una dama con ínfulas, que busca el aplauso y pretende cundir cual peste, apisonar fronteras, invasora de las más duras orejas, allende los mares y las sierras lejanas. Como tal, ya tiene su historiador y novelista, que es Alejo Carpentier. Integrando sus facetas siempre inesperadas, le fue dando otro eco más, en la plástica, el maestro López-Nussa. Aquí tenemos el rostro definitivo de la música cubana; no es casual que este acérrimo dibujante maneje mucho el grabado y la litografía, que casan la piedra, el metal y el punzón del escultor con la fragilidad adventicia y movible del liviano papel. Con sus pequeños formatos predilectos, nuestro pintor ha retratado su presencia esencial: es el que hace cantar la línea, el que acalla las penas, el modesto e insistente guayero. Chaca chaca, remachando una y otra vez lo suyo, ha dado en el clavo, y se vuelve clave. La justeza es una voluntad de ser, dicen los violinistas. Cuando ha encontrado su justeza la subjetividad extrema, singular y aguda, se convierte cada instrumento en tambor, en profunda voz unánime, y voz del bosque echado a andar, Dunsiname de la comunidad en paz con la naturaleza. Nos sumamos a ella, y a él, el terco adorador de la música nativa.

María Poumier

5 de septiembre 2003

Obras

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