CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

Expo Paraíso Perdido
2002

Palabras

Expo Paraíso perdido, en el Centro

El 12 de febrero a las cuatro de la tarde quedó inaugurada en la Sala Majadahonda la muestra fotográfica Paraíso perdido, del artista francés Sluban Klaudij, merecedor en el año 2000 del Premio Nicéphore Niepce.

La exposición, auspiciada por la Alianza Francesa, la Embajada de Francia en La Habana y el Centro Pablo, incluye 53 instantáneas en blanco y negro tomadas en Puerto Rico, Cuba, Haití y República Dominicana entre 1999 y el 2000, y se realiza en el marco de la oncena Feria Internacional del Libro.

Parte de la obra de este artista, que nació el 3 de marzo de 1967 en París y vivió su infancia en la ciudad eslovena de Livold, se encuentra en las colecciones del Fondo Nacional de Arte Contemporáneo de la Biblioteca Nacional de Francia; en la Casa Europea de la Fotografía; en el Museo Geoges Pompidou de París; en el Metroplolitan Museum of Photography de Tokío y en la Villa Medicis en Roma, entre otras importantes instituciones.

Según la crítica especializada de Haití y Santo Domingo, (países en los que ya fue vista la muestra) Paraíso perdido es una suerte de acercamiento diferente a los paisajes, gentes y atmósfera del Caribe.

 

EL CARIBE: APARIENCIAS EN JUEGO

El Caribe es una región controversial por su carácter heterogéneo, sus disparidades y el escondido aumento de sus diferencias. A primera vista, sin embargo, sus islas proyectan una armoniosa familia gracias a sus gentes, su música, su artesanía y esas constantes geográficas a las que el mar convoca con su presencia dominante.

A ello contribuyen también la homogeneidad manifiesta de sus plantaciones de caña y plátanos o el melancólico crepúsculo interrumpido a veces por largas filas de cocoteros.

Pero se trata sólo de apariencias. Todas ellas, y otras, ocultan la polémica existencia de esa entidad casi reconocida mundialmente como un “paraíso”, cuyos orígenes de espada y fuego, y sus posteriores desigualdades económicas, fueron inmediatamente minimizadas por las devoradoras agencias de viajes y su vigorosa industria del turismo para ofrecer al fin, como si fuese un deseo universal, la certeza de que no todo estaba perdido para el hombre en la Tierra, y de que había al menos un lugar donde realizar todos sus sueños.

El Caribe anglófono difiere del francófono y algo más del hispano parlante, sin entrar a considerar las que hablan papiamento, todavía más diferentes. República Dominicana y la Martinica son bien distintas entre sí, ni qué decir de Cuba y Curazao o de Puerto Rico y Aruba, cuyos polos podríamos situar en las antípodas. Sus fuentes y racíces diversas las hicieron crecer durante cinco siglos aunque en sus territorios crecieran frutas similares y vivieran solazadamente infinidad de especies tropicales comunes.

Pero si quisiéramos comprender un tanto la nación haitiana, por ejemplo, los conocimientos religiosos que ello requeriría no nos servirían para acercarnos siquiera a Saint Kitts o Las Islas Vírgenes. No nos basta con leer el Diario de Cristóbal Colón o escuchar hasta el cansancio a Bob Marley para adentrarnos en la pluralidad de culturas de la región, aunque a algunos les resulta mejor continuar alimentando la imagen estereotipada y singular que históricamente ha señalado esta zona del mundo.

Ese juego de apariencias verdaderas y falsas es una de nuestras cualidades fascinantes, lo que ha motivado a tantos creadores nacidos en sus islas y a otros que viven fuera de ellas pero igualmente sorprendidos por esa importante cuota de asombro y encanto, fragilidad y misterio, inocencia y drama que somos también.

Klavdij Sluban ha desentrañado parte de esa complejidad insular nacida en la costa atlántica venezolana y disuelta en los bordes de la península de La Florida (sin tomar en cuenta las otras áreas costeras continentales de la región que van desde la Louisiana a Pernambuco). Visitó la región sin dejarse seducir por cantos y bailes, la piña colada y el daiquirí, o la contundente mulatez de hermosos cuerpos que pueblan esta fragmentada geografía.

Observó con agudeza la confluencia de diversos tiempos históricos registrados en la mayoría de las naciones caribeñas y que conforman una explosiva mezcla de pasado y presente, tal como puede hallarse en otras zonas de Latinoamérica, Africa y Asia. Rechazó el uso del color para evitar complicidades demasiado obvias que solo contribuirían a reforzar el grado de “tipicidad” y exotismo a que nos tienen acostumbrados las revistas de modas, almanaques, afiches y vallas publicitarias, así como cierto cine comercial de baja intensidad reflexiva.

Creo que Sluban analiza en profundidad la vida antes de decidirse a apretar el obturador de la cámara. Esto último es secundario en él, aunque paradójicamente por ello es reconocido en tantos ámbitos de las artes visuales y la fotografía contemporáneas. Sus fotos en Cuba, ahora, son una contribución al debate que nosotros mismos instauramos hace años, cuando descubrimos que éramos otros, que somos otros y no lo que desearían numerosos expertos extranjeros para tranquilidad de sus mentes y corazones.

Al no estar atado a corriente artística alguna o intereses espúreos, sus fotos distan de cualquier complacencia. Su compromiso es con una concepción muy personal de la vida, tramada quizás por su nacionalidad, los contextos políticos en los que se mueve y el contraste económico y social entre los vastísimos espacios por él visitados.

Con estas imágenes nos encontramos con uno de los rostros menos atractivos del mito Caribe pero ejemplar en su irrefutable verdad. Aprendamos de ellas lo suficiente para que no nos sigan haciendo el cuento de siempre. 

Nelson Herrera Ysla

Enero del año 2002

Obras

Biografía del Autor

Klavdij Sluban nació el 3 de marzo de 1967 en París, Francia.  Pasó su infancia en Livold (Eslovenia).  Realizó sus estudios secundarios en Francia. Desde la adolescencia se apasiona con la fotografía. En 1986 obtiene una maestría de literatura anglo-americana (El adolescente en la literatura americana).

En esta misma época realiza un cursillo de tiraje en blanco y negro en el taller de Georges Fèvre.

A su regreso a París imparte clases de inglés y más tarde se instala en el campo en Eslovenia.

En 1992 regresa a Francia y se dedica por completo a la fotografía.

Su obra ha sido expuesta en el Museo Nacional de Arte Moderno George Pompidou; en la Quinta Bienal Internacional de Fotografía organizada por la Fundación Rivetti, Torino; en la Galería Fnac-Montparnasse; en los encuentros de Fotografía de Colombia (Galería do Atrio); en el Metropolitan Museum of Photography de Tokyo y en el Museo Puchkine de Odessa, Ukrania, por solo destacar algunos de estos importantes lugares.

Desde 1995 trabaja en el proyecto del Centro de jóvenes presos de la cárcel de Fleury-Mèrogis, Francia y paralelamente a su investigación fotográfica personal anima un taller de reportaje con los adolescentes, donde importantes fotógrafos como Henri Cartier-Bresson, Marc Riboud y William Klein han colaborado con el proyecto.

Desde 1998 trabaja de forma similar con jóvenes presos de la ex Unión Soviética (Rusia, Georgia, Ucrania y Moldavia).

En el año 1999 fue laureado por la Villa Mèdicis por su proyecto fotográfico Alrededor del Mar Negro.

Recientemente recibió el Premio Nicéphore Niepce 2000, el más importante galardón en la categoría de fotografía.

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